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Almudena Grandes: “Esto no ha sido una crisis, ha sido una guerra”

Almudena Grandes, autora de Los besos en el pan. Foto: Itziar Guzmán-Tusquets.

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  Entrevista

Por Adrián Durante. Viernes, 15 de abril de 2016

Almudena Grandes (Madrid, 1960) ha dado una nueva vuelta de tuerca a su forma de contar historias. En Los besos en el pan el protagonista no es un personaje concreto, es el mismo barrio, la gente, la colectividad como organismo vivo, como ser formado por individuos que tratan de sobrevivir en medio de la jungla y de una crisis que ellos no han provocado. Su nuevo libro es casi un homenaje a aquellos escritores americanos como John Dos Passos, que retrataron en toda su crudeza el crack del 29. Ahora vivimos otra especie de crack, y por eso las páginas de Los besos en el pan están llenas de invisibles, parados, pensionistas, desahuciados, mujeres maltratadas, seres castigados por el sistema injusto que se ceba con ellos. “Esta también es una novela de resistentes, como los que resistían en la dictadura. También es una novela de supervivientes”, asegura. Grandes pasó por el Ciclo de la Palabra organizado por el centro Niemeyer de Gijón, donde mantuvo una charla distendida sobre literatura y vida con el escritor asturiano Pablo Texón. La escritora madrileña, racial y beligerante, comprometida y crítica como siempre, cree que “lo que llamamos crisis ha sido una guerra, y la hemos perdido. Una guerra de los poderes de los especuladores financieros contra la soberanía de las democracias, y el botín de esa guerra han sido los derechos que hemos perdido, las libertades que hemos perdido y las que, por desgracia, y con la ayuda del Estado Islámico, seguiremos perdiendo”. Durante la hora y media de entrevista, mientras la indómita lluvia asturiana repicaba con fuerza sobre el techo de la sala, la narradora reivindicó el papel más social y comprometido de la literatura en un tiempo donde los escritores se han deslizado peligrosamente hacia la vacuidad y las esclavitudes del mercado. “Escribir es un acto ideológico, porque es una toma de partido frente a la realidad”, sentencia.

Hay toda una épica de la supervivencia en Los besos en el pan

Para mí sí. Es una épica de gente pequeña y creo que para comprender y retratar una sociedad son más útiles las gentes corrientes que los grandes personajes. Yo no dudé porque para mí esto es un rasgo de estilo y un principio moral casi, pero si hubiera escrito esta novela desde la perspectiva de lo que dice Rajoy o Pablo Iglesias, lo que habría salido tendría muy poco que ver con lo que está pasando la gente en este país. Y a mí me interesaba hablar de los resistentes, de la gente que está resistiendo. Fíjate, cuando empecé a escribir los Episodios de una Guerra Interminable me dije: Si algún día se me ocurre una novela que no tenga que ver con esto la escribiré. Como en aquel momento nadie se creía que yo iba a escribir seis, pues nadie me hizo ni caso. Y de repente he sacado esta y ahora todo el mundo se asusta mucho. Cuando escribí esta novela, cuando se me ocurrió que esto podía ser una novela, me di cuenta de que si se me hubiera ocurrido un libro que no tuviera nada que ver con mi serie, probablemente no lo habría publicado. Hasta ese punto estoy yo centrada y estructurada en la serie. Y pienso que es coherente, no sólo porque los abuelos de Los besos, que son personajes muy importantes, sean los protagonistas juveniles de los Episodios, sino porque esta también es una historia de resistentes, y yo diría que también de posguerra. Porque creo que lo que llamamos crisis ha sido una guerra, y la hemos perdido. Una guerra de los poderes de los especuladores financieros contra la soberanía de las democracias y el botín de esa guerra ha sido los derechos que hemos perdido, las libertades que hemos perdido y las que, por desgracia, y con la ayuda del Estado Islámico, seguiremos perdiendo. Ojalá que no. Pero creo que en algún lugar que no conocemos, unos señores que no conocemos se dieron cuenta de que los europeos vivíamos muy bien y de que si nosotros viviéramos peor, ellos iban a ganar mucho más dinero. Y entonces hubo una planificación sistemática contra la soberanía de las democracias. Aparte pasa una cosa muy cruel también, me parece a mí, y es que los gobiernos, no solo el gobierno de España, se han aliado con el enemigo, contra los intereses de sus ciudadanos, y eso que en el siglo XIX habría sido un delito de lesa traición, ahora lo llaman “sentido de Estado”. O sea, ahora “sentido de Estado” es servir a los especuladores contra el bienestar de los españoles. Desde esa perspectiva en la que yo creo firmemente, esta también es una novela de resistentes, como los que resistían en la dictadura. También es una novela de supervivientes. Yo, en el primer capítulo del libro digo que muchos españoles, más que pobres están atontados, y que hay mucha gente que es como un niño rico que siempre ha tenido muchos juguetes y entonces cuando le roban, uno es incapaz de salir corriendo, de pegarse con el que le ha robado, de gritar que le han robado, y hay muchos españoles que están sentados en el bordillo llorando y esperando que venga alguien a arreglarles esto. Y no va a venir nadie a arreglarles esto. Pero hay otros españoles que se han levantado y se las han arreglado para no olvidarse de cómo se llaman. Y han descubierto que la resistencia comienza con un gesto tan elemental como decir: yo no voy a cambiar de vida, no voy a dejar de ser quién soy ni voy a dejar de aspirar a la felicidad porque no pueda cambiar de coche o no pueda cambiar de cafetera o no pueda irme de vacaciones. Ese es el principio de la resistencia contra lo que nos han hecho y eso es otra cosa que tienen en común los Episodios y esta novela.

En este punto tengo que hacerte una pregunta obligada que tiene que ver con el título.

El título, sí. Le puse al libro Los besos en el pan porque a mí me gustaría que esta novela se leyera como un retrato del presente y como una reivindicación de la cultura de la pobreza. Cuando comenzó la crisis, pensé en mi abuelo, yo casi siempre pienso en mi abuelo, Manolo Grandes, que fue el primer hombre de mi vida y una de las personas más importantes para mí. Vivía en el mismo barrio que yo. Pensé, bueno, si yo trajera aquí a mi abuelo y le dijera: fíjate qué crisis tan horrorosa, ¿qué me diría él? Y llegué a la conclusión de que mi abuelo se partiría de risa y me diría: Esto no es una crisis, esto es una tontería. Mi abuelo era mucho más pobre materialmente que yo, no fue a la universidad, no hablaba idiomas, no era cosmopolita, no había viajado por el extranjero, pero yo me di cuenta de que tenía una riqueza. No solo él, todos los abuelos tenían una riqueza, tenían una fortaleza que nosotros hemos perdido. Porque los españoles siempre hemos sido pobres, aunque mucha gente no quiera ni oír hablar de eso, aunque mucha gente no pueda soportar que se lo digan. España siempre ha sido un país de gente pobre. Cuando el rey de España era el hombre más rico del universo, el oro de América se iba derecho a Alemania y a Flandes para pagar las guerras del imperio y los españoles eran pobres. Eran súbditos del hombre más rico del mundo y pobres. En este país la pobreza se heredaba de padres a hijos, pero también se le daba una cultura de la pobreza, una manera de ser pobre con dignidad. Y hasta hace veinte o veinticinco años, la pobreza en España no era vergonzosa, no era humillante ni culpable; la pobreza era la vida, y luchar a brazo partido con la pobreza para que tus hijos vivieran mejor que tú era el sentido de la vida. Pero eso no excluía la ilusión, la esperanza, la alegría. Yo trabajo mucho con imágenes, escribo mucho con imágenes, y cuando empecé a pensar en todo esto, sin saber que iba a escribir un día una novela como ésta, me acordé de una imagen que no me ha abandonado y que ha sido como mi talismán durante toda la escritura del libro, una imagen de cuando yo era pequeña. Nací en 1960 y cuando era niña vivía en la calle paralela a donde vivo ahora. Me ha costado vivir toda una vida para volver al mismo sitio, pero ahora que ya lo he conseguido, ahí estoy. Entonces, cuando era pequeña, las muchachas de servir, en invierno, nunca andaban por la calle. En invierno en Madrid, antes del cambio climático hacía mucho frío, ahora también ha vuelto a hacer mucho frío, pero solo unos pocos días. Pues ellas nunca andaban por la calle en invierno porque no tenían abrigo y salían a la calle con una rebeca muy gruesa que se la cerraban con las dos manos, y en los semáforos se movían para no perder el calor. Casi nunca llevaban medias, salían en zapatillas y con la rebeca gorda. Y yo me acuerdo de aquella imagen, de aquellas muchachas que no andaban, que tenían que correr, pero no recuerdo que fuera una imagen triste, no recuerdo que aquellas muchachas estuvieran tristes, no recuerdo que esa pobreza les impidiera aspirar a la felicidad y creo que en los últimos veinte o veinticinco años esa es la cultura que hemos perdido, porque nos habían dicho que íbamos a ser ricos y que íbamos a ser ricos para siempre, y España se convirtió en un país muy desagradable, muy hortera, muy indiferente, donde solo funcionaba una máxima, un valor que es: felicidad es igual a consumo. Que es curioso, porque eso sí ha hecho muy infeliz a la gente. La pobreza en sí misma, vivida con dignidad, no era una fuente de infelicidad, pero el logaritmo felicidad es igual a consumo sí ha hecho muy infeliz a la gente. Entonces yo, pensando en todo esto, me acordé de cuando a mí me enseñaron a besar el pan. Mis padres no besaban el pan, pero yo tenía tres tías abuelas mancomunadas que vivían juntas, que era la autoridad verdadera de la familia. Eran tremendas, y ellas sí me enseñaron a besar el pan. Había dos variantes en esta tradición. Cuando el pan se te caía al suelo en el parque, había que besarlo y tirarlo, pero si el pan se caía al suelo en la cocina, que estaba como los chorros del oro, el pan se besaba y se volvía a poner en la panera. Yo pensaba que eso era algo folclórico, pero luego, cuando me hice mayor, me di cuenta de que esa costumbre era un reflejo del hambre que habían pasado y un acto de amor también, de respeto por la comida que tenían. Y me pareció un título muy bueno porque los besos se explican solos, no hay que explicarlos, pero el pan, ni siquiera es solo la metáfora del alimento. Yo creo que en la Biblia, cuando Dios le dice a Adán te ganarás el pan con el sudor de tu frente, lo que le está diciendo es: te ganarás el bienestar, las condiciones mínimas para vivir con dignidad. El pan tiene ese sentido.

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“A los españoles no nos sentó nada bien ser ricos”, dice Almudena Grandes. Foto: Pep Avila-Tusquets.

Tu visión de la crisis no es autocomplaciente, tiene una dosis de crítica hacia esa gente que se creyó con un nivel superior al que tenía, algo así como “hastiado de la abundancia”, que ya no la valoras. De alguna manera también hay un poso crítico en tu visión, nuestros abuelos lo pasaron mucho peor…

Mucho peor, y además sabían cómo manejar esa situación. Nosotros lo hemos pasado mucho menos mal pero no nos sabemos manejar, hemos perdido esa destreza. Yo, claro que soy crítica, tenemos que ser críticos con lo que nos ha pasado, y extraer sobre todo consecuencias para el futuro. Lo que no puede ser es que en la situación en que estamos haya gente que esté deseando que esto se arregle para volver a consumir como locos. Se supone que debemos haber aprendido algo ¿no? Que nuestros abuelos nos enseñaron a besar el pan, que las cosas debemos usarlas hasta que se rompen, que debemos reparar las cosas, para que volviéramos a tener aprecio por el paisaje material que nos rodea. Es verdad, además, que solo se puede engañar a las buenas personas; a las malas personas no las engaña nadie. También es verdad que los que nos han dicho que habíamos vivido por encima de nuestras posibilidades mienten, porque aquí todos hemos vivido según las posibilidades que nos otorgaba el director de la sucursal bancaria donde ibas a pagar la luz y salías con una hipoteca porque si no tenías una hipoteca no eras nadie. Y tú pedías para una hipoteca y te decían: y te doy veinte mil más para la piscina y veinte mil más para los muebles, y veinte mil más… De eso ya no se acuerda nadie, y eso pasó. Pero sí es verdad que a los españoles no nos sentó nada bien ser ricos, yo creo. No nos ha favorecido nada. Éramos, aparte de más horteras, más tontos, más insensibles, más arrogantes… Claro que hay que ser crítico, pero eso no quiere decir que compremos el argumento supremo de los malos de esta historia. Lo más jodido de esta crisis es que encima, desde el poder, esto se vende como algo inevitable, como si fuera un designio divino, como si el dedo de Dios hubiera asomado del cielo y hubiera dicho: empobreceos. Lo que intentan es que la gente se sienta culpable, que piensen: a lo mejor me han despedido porque no he sido suficientemente competitivo, porque no quería trabajar los domingos, y hubo otro que sí. No puede ser, esa culpa hay que perderla porque es falsa y perversa. Pero tenemos que ser conscientes de dónde hemos metido la pata. Hay un personaje en la novela que se llama Begoña, que no le gusta a nadie. Le cae mal a todo el mundo, pero a mí me gusta y la metí ahí porque hay muchas Begoñas en nuestras vidas. Es una mujer que saca dinero del cajero sin parar, aunque sabe que a su marido le han echado del trabajo, aunque le ve con una calculadora en la mesa del salón haciendo números, hasta que un día le hace un corralito su marido y le dice: no puedes sacar más de cincuenta euros y ella le responde que cómo se atreve. Ha habido muchas Begoñas, y la sociedad española ha sido muy Begoña también. Pero Begoña al final acaba currando, porque es lo que hay.

La novela empieza: Estamos en un barrio del centro de Madrid…

Ésta es una novela que pretende contar una experiencia, una historia común a mucha, mucha gente, y que usa un barrio del centro de una ciudad, que en mi caso es Madrid, que además es el barrio donde yo vivo, pero que se podría identificar con muchos otros barrios, de muchas otras ciudades, ni siquiera solo españolas. Probablemente en otros países de Europa también podrían entender lo mismo, y ése es el protagonista del libro, por primera vez yo no tengo un protagonista personaje, el protagonista no es una persona cuya trayectoria trace un eje a través del cual se va ordenando la historia y va cruzándose con la vida de otras personas, sino que el protagonista de Los besos en el pan es un personaje colectivo, es la gente que vive en el barrio, y yo diría que es el mismo barrio. Ésa es la perspectiva que utilizo para intentar contar lo que nos está pasando ahora mismo, y cómo nos está pasando. Este libro no es una historia sobre el pasado sino sobre un presente que no ha concluido, “estamos” es un buen verbo para comenzar el libro porque realmente estamos en esa realidad, estamos ahora mismo inmersos en un proceso que todavía no ha terminado.

Buscaba un ejemplo muy cercano a nosotros, igual que los críticos dicen que en La Regenta el protagonista es Vetusta, podemos decir que en tu novela el protagonista es el propio barrio, aunque no deja de ser un trasunto de sociedades que hay en todo el mundo occidental, ¿no?

Sí, hombre esta novela no es tan buena como La Regenta ni de coña, ya me gustaría a mí, de todas formas es más coral, porque en La Regenta hay dos personajes, hay más, pero hay dos que funcionan como protagonistas: una es Ana Ozores y otro es Fermín de Pas, pero fíjate que es curioso… Claro, como yo no vivo en Asturias no me acordé de La Regenta en ese momento. Esta novela que cuenta el presente más rabioso, o más actual, proviene de Las tres bodas de Manolita, que es el tercer episodio de la serie que yo publiqué en 2014, y proviene de Las tres bodas de Manolita porque cuando yo planifiqué la serie entera en 2008, los españoles éramos muy ricos, todos cambiábamos de coche muy a menudo y todos los niños tenían un iphone de último modelo. En aquel momento yo ya sabía que Las tres bodas de Manolita iba a ser una novela sobre la década de los cuarenta, lo que seguimos llamando en España los años del hambre, pero lo que no me podía imaginar era que cuando apareciera la novela en 2014 iba a ser tan sobrecogedora la coincidencia entre los titulares de los periódicos y lo que contaba yo, en un país completamente distinto, con un nivel de vida completamente distinto. Pero nuevamente el argumento de Las tres bodas de Manolita era el paro, a la protagonista la desahuciaban, se metía a vivir en una casa ocupada, familias en las que un niño enfermara era una tragedia, donde no estaba garantizada la educación, en fin, en una España muy diferente, ¿no? Entonces yo empecé a pensar si había sido capaz de contar lo que no había vivido, la pobreza que no había vivido; quiero decir que yo no me sentía injusta ni me sentía mal por contar el pasado y no contar el presente, porque yo siempre he sostenido y sostendré que la memoria no es un ejercicio nostálgico del pasado. La memoria no tiene que ver con el pasado, yo creo que la memoria es una clave imprescindible para fabricar el presente, sobre todo es una pieza clave para proyectar el futuro, y en ese sentido creo que mi serie es útil. No es que yo de repente dijera: Ah, que no está el horno para bollos para estar contando historias del pasado con lo que está pasando. No, no es eso. Yo creo que es útil contar el pasado sobre todo cuando, por desgracia, el presente se parece cada vez más al pasado. No, fue como un ejercicio, casi como un experimento personal, lo cual es una tontería porque todos los libros son experimentos personales. Pero bueno, me dije: Yo que he contado lo que no he vivido, ¿seré capaz de contar lo que estoy viviendo? Y entonces me di cuenta de que las grandes novelas corales que yo recuerdo, que a mí me afectaron en mi adolescencia tanto, que han sido un poco como referentes imborrables para mí, novelas como  Berlín Alexanderplatz o como Manhattan Transfer, son novelas que cuentan una crisis. Entonces indagué un poco más y me di cuenta de que hay una gran vinculación entre las situaciones de crisis y las novelas corales.  Y yo creo que Clarín también definiría La Regenta como una novela de crisis.

Como bien dices es una novela coral, polifónica, y también tiene cierta estructura de puzle o de collage ¿qué pretendías?

Pues describir una realidad que yo creo que no podía contar con un solo personaje o con dos personajes, la crisis, lo que nosotros llamamos crisis, que yo creo que es otra cosa, porque esto que nosotros llamamos crisis creo que no se parece a las crisis típicas del capitalismo. Las crisis típicas del capitalismo siempre las han pagado los mismos, las clases bajas, o sea.  En todas las crisis que se han ido sucediendo hasta ahora, las clases medias-bajas se convertían en bajas, las clases bajas se convertían en pobres y los pobres se iban por el desagüe de la miseria definitivamente, pero había una clase media, había un estamento de profesionales liberales que paraban el golpe. No es que ellos no se vieran afectados por la crisis, pero paraban un poco el golpe. Por primera vez, esta zona de confort, digamos, ha desaparecido, quitando un dos o tres por ciento de población a la que nosotros no conocemos y que desde antes ya tenían más dineros que todos nosotros juntos. Esta crisis ha afectado, de arriba abajo, a arquitectos, ingenieros, médicos, abogados, que jamás pensaron que podían compartir el destino de los obreros industriales, funcionarios, gente que jamás pensó en verse en esta situación porque quien había hecho una oposición pensaba que era un trabajo para toda la vida. Bueno pues se acabó esa zona de confort. Toda esa gente ahora ha perdido sus casas, le han recortado el sueldo brutalmente, se han enfrentado a una situación muy complicada… Entonces, a mí me parecía que contar algo tan complejo como lo que estamos viviendo, que afecta a toda la sociedad, había que hacerlo desde las asistentas que limpian casas hasta los dueños de las casas que las asistentas limpiaban y que tuvieron que decirles: oye, no vengas más que no tenemos dinero para seguir pagándote. Pues yo, para dar una idea cabal de lo que sucedía, me parecía mucho mejor hacer una novela fragmentaria. Este formato que es casi impresionista en el sentido literal. Porque el relato está formado por sucesivas impresiones, son como imágenes…

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Foto: Itziar Guzmán-Tusquets Editores

Como escenas, ¿no?

Como cuentos que se acaban entrelazando entre sí porque los vecinos de un barrio acaban compartiendo el mismo destino, porque comparten las mismas amenazas, porque se encuentran en lugares como la defensa del centro de salud del barrio, porque sus hijos son amigos entre sí. De alguna forma eso hace que se vinculen unos a otros ¿no? Y a mí me parecía que era la mejor manera de contar esto. Claro, cuando yo escribo sobre el pasado, tengo un guardaespaldas, que es la verdad histórica, aunque este país es tan anormal que siempre hay gente que dice que mi verdad histórica no es la verdad histórica, pero realmente es una verdad porque los historiadores han trabajado sobre ello, porque hay documentos que lo atestiguan… Digamos que hay una verdad que a mí me guarda las espaldas. Pero escribir esta novela ha sido un poco como subirme a un trapecio sin red, porque si yo me la pegaba me la iba a pegar, no había ninguna red que me sostuviera. Tenía la sensación de que para contar esto, para que los lectores contemporáneos se pudieran identificar con lo que yo contaba, era fundamental que hubiera esta estructura. Nunca había escrito una novela fragmentaria, nunca había escrito en presente de indicativo, nunca había escrito una novela sin protagonista. Como mínimo, le deberé siempre a Los besos en el pan que a mi edad, que ya es considerable, me haya enseñado tanto. He aprendido mucho escribiendo esta novela y creo que eso es una suerte.

El hecho de escribir sobre algo contemporáneo ¿te hace sentirte más expuesta? ¿tiene un vértigo mayor?

Sí, sin duda, claro. Es otra cosa, sobre todo porque yo para escribir esta novela he renunciado a la perspectiva literaria clásica. La literatura produce versiones de la realidad más sutiles y más profundas que el cine, por ejemplo, pero el cine siempre tiene la virtud de la instantaneidad, es capaz de captar la realidad a medida que pasa. Cuando ves una película, que puede ser buena o mala, eso no tiene que ver. El argumento, aparte de lo que el director te quiera contar, cómo van vestidos los personajes, cómo se relacionan entre sí, cuánto cuesta un café, cómo piden un café en un bar, cómo se liga… Eso lo ves aunque el director no quiera enseñártelo porque el cine tiene esa capacidad de captar instantáneamente la realidad. La literatura, tradicionalmente lo que hace es elaborar versiones más sutiles, más complejas, más profundas sobre realidades que ya han cristalizado, que ya han arrojado certezas compartidas, que no se pueden poner en duda. Yo he renunciado a esa ventaja para hacer un libro que de alguna forma es como una sucesión de imágenes. Eso es muy arriesgado.

De hecho, tu proceso de documentación fue leer los periódicos, escuchar la radio, vivir directamente…

No, no hay proceso de documentación. Vivir, el proceso de documentación es vivir. Hay que pensar también que yo escribo dos columnas a la semana. Entonces, yo, como todos los columnistas, estoy obligada a interpretar la realidad. El hecho de escribir columnas nos obliga a tener nuestra propia teoría de las cosas, dicho teoría entre comillas y coloquialmente. Pero es verdad que tenemos que analizar constantemente lo que pasa y eso hace que guardemos una memoria de los sucesos vertiginosos, de situaciones como la de ahora mismo, mayor que los ciudadanos normales, porque los columnistas hemos tenido que opinar. Hemos visto si hemos acertado, si nos hemos equivocado, de manera que también en este libro la documentación ha sido esto, todo el trabajo de años de mirar la crisis, de escribir sobre la crisis, de llegar a conclusiones mías de mi experiencia personal de la crisis. Claro, soy escritora, pero también soy ciudadana, creo que en España no hay nadie, quitando el dos por ciento a que aludía antes, que no tenga una historia que contar sobre esta crisis, nadie que no haya vivido esta historia en carne propia o en carne cercana, de un hermano, de un amigo, nadie que no pueda decir: yo no me he enterado, a mí no me han recortado el sueldo…

Como en el 11-S, todos recordábamos dónde estábamos…

Pues eso. Yo tengo mi propia experiencia, voy a una peluquería cuya peluquera (lo incorporé en el libro porque es una genialidad) define la crisis diciendo: antes las señoras venían a peinarse, ahora sólo vienen a teñirse. Es una buena definición de la crisis. Tengo una hermana listísima, buenísima, es mi hermana pequeña, qué voy a decir yo, que es publicista, que trabajaba en una agencia, que era el no va más, que la echaron, y que ahora está trabajando como freelance. Y ella me dice: ahora trabajo el doble para ganar la mitad. Es otra definición de la crisis; creo que todos nosotros tenemos un montón de experiencias alrededor. Además tenía historias que la gente me contaba, porque la gente me cuenta cosas para que yo las cuente. Todo eso ha sido la documentación del libro, mi experiencia personal, y también mi idea de lo que es la crisis. Todas mis teorías y las historias que yo he vivido y también las que me han contado. Y es curioso, porque en Los besos en el pan me ha pasado lo mismo que en los Episodios, porque este país es tan raro que los episodios verdaderamente truculentos del libro, los que parecen más panfletarios, más radicales, son verdad, y lo demás me lo he inventado yo. Me acuerdo que cuando presenté el libro. Llegó un periodista de Barcelona y me dijo: hombre, claro, se nota la ficción en lo de los fondos buitre. Y le dije: ¡no, lo de los fondos buitre no es ficción, lo de los fondos buitre es real! En Madrid había centenares de vecinos que tenían una vivienda de alquiler social, muchos de ellos porque tenían una vivienda en propiedad y la M-30 había pasado por encima. O sea que ni siquiera lo habían pedido por caridad, sino porque la carretera pasaba por encima de su casa. Pues les habían dado una vivienda de alquiler social y de repente reciben una carta el año 2013 diciendo que se tienen que ir porque el derecho del Ayuntamiento a la propiedad es superior a su derecho al alquiler social. Les dicen que se lo han vendido a unos fondos y que se vayan. Bueno, pues eso que parece truculento y terrible, eso es verdad, pese a que algunos digan: hay que ver esta mujer cómo es, con tal de ir contra el Gobierno…

Lo que sí mantienes son unos héroes de andar por casa con todo lo positivo que pueda eso implicar…

Sí, esa es mi perspectiva siempre. En los Episodios de una Guerra Interminable adopté la norma sagrada de Benito Pérez Galdós que cuenta la Historia de España y los reyes hacen cameos. O sea, los protagonistas son un calderero, una puta, un soldado de fortuna, y luego de vez en cuando entra Churruca y se va, entra Fernando VII y se va, Mendizábal hace un guiño y se va, y así hacen cameos, son como los secundarios… Los protagonistas son, pues eso, la gente corriente. A mí esa es la historia que me interesa. Siempre he dicho que mis personajes favoritos, de todas las categorías de personajes, son el héroe, el villano, el borracho solitario, el maldito vengador… A mí los personajes que me gustan son los supervivientes. Creo que no hay una hazaña tan admirable, tan esencialmente humana, como sobrevivir.

La novela tiene formalmente tres partes: antes, ahora y después, aunque yo creo que en realidad la novela en sí es la parte de ahora, y además ejerces un poco tu voz de ensayista…

Es un poco lo que te decía antes. La documentación del libro, el espíritu del libro, está en esa teoría mía entre comillas de lo que es la crisis, y al principio también es verdad que cuando comencé a escribir este libro no sabía cómo iba a ser… Bueno, cuando empecé a escribirlo no, cuando comencé a pensarlo. Podía ser igual un libro de cuentos… Miré mis artículos sobre la crisis de El País Semanal y ahí es cuando se me encendió la chispa y me dije: esto está muy desaprovechado, aquí hay mucho más que sacar. El primer capítulo sí funciona como mi visión, como un prólogo, un preámbulo para que el lector entienda desde qué óptica está escrita la novela y para que comprenda que esta es una historia de víctimas. Hay gente que me dice: es que en tu novela no hay malos. Hay víctimas que son más simpáticas y otras menos, y algunas antipáticas, pero no hay malos, porque claro, los malos no viven en mi barrio, los malos no sabemos quiénes son, es que luchamos contra sombras, contra fantasmas. Esta es una historia de víctimas y a mí me interesaba fijar estas cosas desde el principio.

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Foto: Daniel-Mordzinski-Tusquets Editores.

Bueno, del final no voy a hacer spoiler

No se puede hacer spoiler, no.

El final, como no puede ser de otra manera, es un final muy abierto, si es que se puede llamar final, y de alguna manera refleja tu espíritu al escribir este libro, a la manera de la novela conductista de poner una cámara que capta los días de vida de una persona. Cuando dejas de observar, cuando apartas tu cámara, la vida sigue. Esos personajes siguen y tú has captado un año de su vida, pero evidentemente el final no está escrito.

Claro, esta novela, otra de las novedades respecto a las anteriores, es que no tiene un argumento claro. Yo es verdad que me voy mucho por las ramas, mis lectores lo saben, que escribo novelas con más de un eje y muy complejas, normalmente no digo “es una novela sobre la guerrilla”, porque es una novela sobre más cosas, pero esta novela no tiene argumento, tiene un principio arbitrario y un final arbitrario. Empieza en septiembre y termina en septiembre porque, a pesar de que soy muy mayor, para mí los años comienzan como el curso escolar, en septiembre, y terminan en septiembre. A mí siempre me han gustado los finales abiertos, cosa que me recriminan mis lectores a menudo, que no los cierro bien, que siempre dejo cosas al azar. Por eso, porque es lo que tú dices, cuando termino de escribir una novela, de alguna forma esos personajes siguen viviendo sin mí, y tienen una vida al margen de la novela y de mi voluntad porque anidan en los lectores y cada lector da un aspecto distinto y les asigna un futuro distinto, antes de que existieran los tarados estos de internet, con perdón, que se dedican a cerrar los finales de las novelas, que me parece fatal porque es muy contraproducente y muy mentiroso, pues a mí ya me gustaban los finales abiertos. Claro, en esta novela todo es tan abierto, no hay protagonista, no hay argumento, me dije, bueno, estaría muy bien ver qué va a pasar con ellos, asignar un sentido a los esfuerzos que ha conocido el lector. Y pensé: esto es una novela, no un catálogo de casos de la crisis, tiene que ser una novela y una novela es un espejo de la vida, y en la vida, por muy en crisis que esté la gente, en crisis te enamoras, te desenamoras, te compras un perro, te enganchas a un videojuego, te enfadas con tu mujer, te diagnostican una enfermedad, te suicidas… yo que sé. En la vida pasan muchas cosas y yo procuré que la novela tuviera un poco de todo, una imagen de la vida. Al final decidí contar el saldo de todos estos esfuerzos, no solo los que tienen que ver con la crisis sino también qué historias de amor sobreviven, qué historias de amor se acaban, cómo van evolucionando los personajes. A mí me gustó mucho porque cuando me di cuenta de que iba a escribir una novela social pues me fui a los años cincuenta. Entonces el tono de la novela tiene mucho que ver con el cine neorrealista italiano y con las películas de Berlanga, y un poco con Steinbeck, que es uno de los escritores favoritos de mi corazón aunque él no escribió novelas como estas formalmente, pero sí en el espíritu. Pues volví a esos orígenes para escribir una novela social después de tantos años. A mí esos rescates y esas piruetas me parecen interesantes y adopté un poco también ese punto de vista.

Así como Las porras de la ira

Jajaja sí, Las porras de la ira está muy bien.

Formas parte de la fecunda cantera del realismo español, no sé si te gusta el término…

Sí, no me molesta.

Ese hilo que une El lazarillo con Almudena Grandes pasando por Galdós, por Arturo Barea, por decir algunos nombres, esa manera de afrontar la realidad y la escritura, ¿es para ti tanto una estética como una ética, una manera de hacer literatura y de afrontar la vida?

Fíjate, ahora los marxistas están muy pasados de moda, pero George Lucas decía una cosa que, para mí, con moda o sin moda sigue siendo el evangelio, y es que un escritor puede decidir si escribe un libro político o no, pero que la literatura inevitablemente tiene que ver con la ideología, porque escribir es un acto ideológico, porque es una toma de partido frente a la realidad. Escribir es mirar al mundo y contar lo que uno ve, la literatura es tan vasta y tan variada… Aunque los estructuralistas rusos dijeran que solo había diecisiete temas, porque cada uno ve el mundo filtrando lo que ve por sus propios gustos, sus emociones, lo que opina, qué es bueno o malo, justo o injusto, por eso la literatura siempre es un producto ideológico. Y cuando un escritor pretende eludir radicalmente la realidad, también toma partido frente a ella, también hace un producto ideológico aunque no se lo crea. Fíjate hasta qué punto los autores de ciencia ficción son conscientes de esto. La ciencia ficción es probablemente el género más político que hay. ¿El realismo es una perspectiva que encaja mejor que otras con esto que he dicho? No necesariamente, pero a mí sí me sirve para hacer algo. Yo en realidad siempre he escrito sobre España en el siglo XX, siempre he escrito la misma historia, lo que pasa es que al principio escribí la segunda parte y ahora estoy escribiendo la primera, pero si tú coges mi obra y la doblas por Los aires difíciles, que es la bisagra, Episodios terminan donde empiezan lo que yo llamo “las chicas de la movida”, mis primeras novelas. O sea que en realidad yo siempre he escrito sobre lo mismo. Para contar eso, a mí me parece que no podía encontrar un vehículo mejor ni más adecuado que la literatura realista, pero no menosprecio a otras literaturas, no soy una militante sectaria porque disfruto mucho leyendo libros que no se parecen nada a los míos y a veces me aburro soberanamente con libros que sí se parecen. Me estaba acordando de Luis Mateo Díez y los realistas de los setenta, ellos lo pasaron mucho peor que nosotros porque en aquel momento lo que molaba era la vanguardia y ellos sí que estaban todo el tiempo teniendo que justificar porqué eran realistas. Luis contaba que una vez vio claro su vocación realista. Había hecho un bolo en Logroño, en Soria, en Huelva, y después de dar la conferencia fue a un bar. Tras tomarse una caña fue al baño, cerró la puerta y vio una pintada en la puerta que decía “sé realista, llámame” y un número de teléfono. Le encantó porque esa pintada resumía cuál era su vocación.

¿Cómo es esa cotidianidad del escritor en tu caso, ese día a día…? Imaginamos que alejado de ese glamour que de manera estereotipada se vende.

Yo desde luego vivo en general alejada del glamour. Cuando digo que la escritura es un oficio lo digo en el mejor sentido, en el más noble y más digno. Cuando decimos eso parece que estamos menospreciando nuestro trabajo. Todos tenemos que apreciar nuestro trabajo al máximo. Cuando digo que la literatura es un oficio significa que no es un carisma, la inspiración no existe, aunque la gente se decepciona mucho cuando lo oye, pero no existe, lo que existe es la disciplina, la voluntad de escribir y sentarse a picar piedra todas las mañanas delante del ordenador cuando hace bueno, cuando hace malo, cuando tienes ganas y cuando no, que yo siempre tengo ganas porque he asumido que mi trabajo es ese y ya está. Hay muchas frases felices sobre esto.

Hay mucha literatura sobre la literatura…

Hay mucha literatura sí, muchas frases felices a propósito de esto. García Márquez decía: “Yo escribo con el culo” porque realmente es la parte del cuerpo que más se cansa, decía él, es el culo por la cantidad de horas que estoy sentado. Yo escribo todos los días por las mañanas porque soy más lista por las mañanas que por la tarde. Por la noche puedo ser muy brillante tomando copas o me duermo, pero para trabajar no valgo. Normalmente escribo desde el primer momento libre del día, que puede variar, pero soy madrugadora, puedo estar desde las ocho y media de la mañana, o incluso antes, hasta la hora de comer, cinco o seis horas. Eso no quiere decir que esté cinco horas o seis horas delante del ordenador sin parar, porque no podría, pero como también soy cocinera y hago la comida en mi casa, pues me viene muy bien porque me levanto. Soy partidaria de los guisos de cocción lenta porque me vienen muy bien, porque me dan muchas excusas para levantarme para ver cómo va el estofado o las lentejas. Y escribo todos los días, los sábados, los domingos, el día de mi cumpleaños, porque una novela es como otra vida, y cuando estoy escribiendo una novela vivo en dos vidas a la vez, vivo la mía y vivo también en la vida de la novela. De alguna manera, cuando enciendo el ordenador, me deslizo en un plano de la realidad que es distinto, y estoy allí. Y no puedo interrumpir con facilidad esa mecánica… No puedo decir me voy de aquí.

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3 Kommentare

  1. morlamora dicen

    Gracias por ser la voz de todos los que han perdido la zona de confort. Todos conocemos a alguién que ha perdido su casa, su trabajo o ámbos mientras los ricos evaden impuestos y se hacen más ricos.

  2. marta casquero ansareo dicen

    Comparto su definición de esta realidad, y su descripción de la pobreza en la España de cualquier época. Leeré su nuevo libro

  3. Excelente la entrevista, comparto las ideas de la escritora y sin vivir en ESpaña, creo que ha descrito la realidad de estos decadentes años, no he leído ninguno de sus libros pero estará en mis lecturas próximas. Gracias por compartir.

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