Alaminos, Editoriales, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 50
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Editorial: La serpiente anida en Europa

Ilustración: Jorge Alaminos / El Koko Parrilla. Viernes, 1 de abril de 2016

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   Editorial

La oleada de refugiados que llegan a Europa huyendo de la guerra en Siria y los últimos atentados terroristas en Bruselas y París han reavivado el fantasma del fascismo y la xenofobia en el viejo continente. Sin duda, deben preocuparnos, no ya los buenos resultados electorales que partidos de extrema derecha están logrando en países como Francia, Holanda, Polonia, Suecia o Grecia, donde incluso gobiernan en algunas ciudades y municipios, sino las violentas movilizaciones como la registrada el pasado domingo en Bruselas, donde más de trescientos radicales de ultraderecha, algunos de ellos armados, trataron de dispersar a miles de ciudadanos que intentaban manifestarse pacíficamente contra el bárbaro doble atentado del Daesh que costó la vida a 32 personas en el aeropuerto de Zaventem y en una estación de metro.

El ascenso de los movimientos xenófobos se alimenta de la crisis económica, de la debilidad de la UE y del problema de los refugiados

Sería un error considerar a los nuevos movimientos fascistas europeos exclusivamente como una reedición de los viejos totalitarismos que llevaron al mundo al apocalipsis de la Segunda Guerra Mundial durante la primera mitad del siglo XX. Si bien es cierto que los actuales partidos de extrema derecha mantienen los mitos y parafernalias que proyectaron en su día dictadores como Mussolini, Hitler o Franco, no lo es menos que obedecen a nuevos contextos políticos, sociales y económicos relacionados, entre otros factores, con la crisis económica, la globalización, la inmigración procedente del tercer mundo y las severas políticas de ajuste y austeridad de la Unión Europea, que se han revelado inútiles para resolver los problemas reales de los ciudadanos.  No hay más que echar un vistazo al mapa electoral de los estados miembros de la UE para darnos cuenta de la auténtica dimensión del problema al que nos enfrentamos. El partido Alternativa para Alemania (AfD) ha subido como la espuma hasta situarse tercero en las encuestas. Su líder, Frauke Petry, casada con un pastor evangélico, ha llegado a instar a la Policía a que dispare contra todos aquellos inmigrantes que intenten entrar de forma ilegal en el país. En los países escandinavos, hasta hace poco modelos de la próspera y civilizada cultura occidental, los movimientos radicales de la derecha también han aprovechado el tirón de los tiempos convulsos que nos ha tocado vivir. En Dinamarca, cobra fuerza el xenófobo Partido Popular Danés (DF); en Suecia el partido racista Demócratas Suecos entró por primera vez en el Parlamento en el año 2010, y en las legislativas de 2014 se convirtió en la tercera fuerza más votada. Incluso suena ya en las encuestas como primer partido del país, con el 25,2% de los votos. La lista de movimientos ultras europeos es tan larga como estremecedora. En Austria, los ultraderechistas del FPÖ le han comido el terreno a los socialdemócratas; en Holanda el líder del Partido de la Libertad distribuyó hace unas semanas falsos botes de gas lacrimógeno entre las mujeres, invitándolas a hacer uso de ellos para defenderse de “las bombas de testosterona islámicas”; y en Finlandia es frecuente encontrar patrullas de jóvenes vestidos con chaquetas negras, las famosas bombers, y la bandera finlandesa pintada en el rostro. Se hacen llamar llamar los ‘Soldados de Odín’ y dicen que tratan de proteger a los finlandeses de los “invasores musulmanes”. Todo esto por no hablar de los países de la Europa del Este, como Polonia o Hungría, que parecen querer sustituir su pasado comunista por el fascismo de extrema derecha, o de Amanecer Dorado en Grecia, el movimiento que más semejanzas guarda con el viejo fascismo hitleriano. Este partido aglutina el odio y el irracionalismo de cientos de miles de griegos pertenecientes a las clases sociales más bajas, las que han sido duramente vapuleadas por las políticas de ajuste de la troika, las que sufren con mayor crudeza los efectos del paro galopante y la falta de futuro.

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Parece claro que los nuevos partidos ultras se nutren de varias corrientes o familias: los nostálgicos neofascistas como Amanecer Dorado que añoran un regreso a los totalitarismos de antaño; la derecha radical-conservadora de las elites económicas y financieras, que preconiza  una vuelta al conservadurismo moral y religioso; y los movimientos que podríamos llamar “nacional-populistas xenófobos”, como el Frente Nacional de Francia, que reaccionan contra la inmigración, a la que consideran culpable de todos los males económicos del país. Todas estas tendencias han confluido, en diferentes modalidades y estilos, en una serie de partidos que cuestionan Europa como unidad política, que apuestan por fortalecer los sentimientos nacionales y que apelan a la exaltación de los nacionalismos patrióticos. Quizá podría decirse que a menos Europa, más nacionalismo y más xenofobia.

Para detener el auge de los movimientos ultras hay que avanzar en la unidad política europea y sacar a los musulmanes de los guetos en que viven

Los factores que han contribuido a alimentar el rebrote de estos movimientos ultraderechistas no están del todo claros y serán objeto de estudio por parte de los historiadores en los próximos años. En todo caso, parece que influyen varios condicionantes. Por un lado el económico. Lo primero que conviene tener claro es que no es del todo cierto, como se cree erróneamente, que a más crisis económica más fascismo. Si así fuera en países como España, Portugal, Irlanda o Chipre hubieran resurgido también estos movimientos y no ha sido así. Por contra, en nuestro país han brotado fuerzas como Podemos, claramente de izquierdas. De esta manera, la ecuación más ajustada debería ser que a mayor crisis en los países más pobres de la UE, más “populismo de izquierdas”; mientras que a mayor crisis en los países ricos, auge de la extrema derecha. O dicho de otro modo: un alemán o un holandés de clase media, cuya renta per cápita es cuatro o cinco veces superior a la media europea y que vota por opciones ultraderechistas, probablemente considerará que a él le va peor teniendo que pagar la factura de los países del sur menos desarrollados, mientras que un español que apoya a Podemos pensará que su situación ha empeorado por culpa de las políticas ultracapitalistas que impone Alemania.

Un segundo factor que alimentaría a los ultras sería el rechazo de un sector de la población hacia los partidos políticos tradicionales, a los que se considera refugio de una casta corrupta. La corrupción ha llegado hasta los altos despachos de Bruselas, lo que ha fomentado el euroescepticismo y la desafección hacia las instituciones de la UE de buena parte de la población. Además, millones de europeos se sienten muy distantes del proyecto común, demasiado lejano y etéreo, y abrazan los nacionalismos locales, con los que se muestran más identificados.

Y en tercer lugar estaría la alergia hacia toda clase de inmigración exterior, a la que los partidos de extrema derecha consideran una amenaza para las raíces culturales y nacionales de cada país. “Primero el francés y luego el extranjero”, sería el mensaje que transmite el Frente Nacional, que sigue acusando a los inmigrantes de robarle el trabajo a los franceses. El eslogan de que solo los partidos ultras defienden a los obreros frente a una Europa que los ha abandonado a su suerte termina calando en la sociedad, y muchos que antes votaban a partidos socialistas o comunistas ahora lo hacen a la ultraderecha, lo que demuestra que algo está fallando en la izquierda. Buena parte del proletariado europeo acaba sintiéndose mejor acogido y representado por partidos xenófobos, que parecen escucharlos y entender sus problemas. Cuando a un obrero se le dice que el puesto de trabajo debe ser para él antes que para un africano o un asiático, se está sembrando la semilla de la xenofobia. Esta forma de pensar condena al extranjero al gueto, donde se convierte en carne de cañón para los imames radicales que controlan las mezquitas y para las células durmientes que buscan adeptos a la yihad. Y aquí surge la palabra maldita: islamofobia. Los últimos atentados en París y Bruselas han sido obra de musulmanes de segunda generación, es decir, jóvenes que ya no eran inmigrantes propiamente dichos, sino europeos de pleno derecho, pero que se sentían marginados por un sistema que consideraban injusto y que los discriminaba por su raza y religión. La reacción inmediata de los partidos de extrema derecha tras los atentados ha sido criminalizar a todos los musulmanes, potenciando así la idea de que cualquiera que practica esta religión es un terrorista potencial. El miedo a los atentados que se ha instalado entre los europeos hace el resto y completa el proceso de rechazo hacia el extranjero. Por eso urgen medidas de choque para detener el ascenso del fascismo en toda Europa, avanzando hacia una Europa de los ciudadanos, no del capital financiero, una Europa cohesionada políticamente donde los estados miembros cedan parte de su soberanía en pos del bien común; integrando a las comunidades musulmanas en las sociedades europeas y ofreciéndoles las mismas oportunidades de riqueza y prosperidad que a los demás ciudadanos; y persiguiendo e ilegalizando a todos aquellos partidos de ultraderecha cuyas ideologías atenten contra los valores de la democracia y los derechos humanos. La historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa, decía Marx. Estamos en el momento de la farsa. No caigamos de nuevo en la tragedia.

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Jorge Alaminos

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla

 

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