Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 50, Opinión
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Bárbaros del Norte y bárbaros del Sur

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi 

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

A veces llevamos una pequeña herida en la yema de un dedo, que no sabemos ni cómo ni dónde nos la hemos hecho, ni siquiera somos conscientes de su existencia hasta que al aliñar una ensalada y meter los dedos en la sal, o al lavarnos las manos con agua excesivamente caliente o simplemente con un roce mínimo e imprevisto (somos frágiles y estamos expuestos), el corte se hace dolorosamente evidente. Y cada vez que eso ocurre pienso en cómo dolerán los cortes y las llagas de esos hijos de refugiados (qué eufemismo insoportable, esa hambre y esa sed) o de los niños heridos en el último atentado que, lamentablemente, nunca es el último. Tanta tragedia me anestesia.

Estos días de Pascua he compartido con amigos largas sobremesas en una tierra generosa de cielos y mares azules, y rodeada de naranjos fragantes. Hay una quietud en el aire de primavera, hay una pereza de levantarse de la silla, una indolencia, una galbana. Y, sin embargo, negros presagios se ciernen sobre la distendida reunión: siento que estoy en el baile de Lo que el viento se llevó y que, precisamente cuando Ashley Wilkes está a punto de besar a Scarlett O’Hara, las peores noticias llegarán y ese difícil equilibrio de vivir en un mundo seguro y alejado de las bombas se vendrá abajo. Estaremos otra vez en 1861 y el norte volverá a luchar contra el sur.

Apenas sabemos nada y no conseguimos alejar de nosotros el horror con ese poco que sabemos, una barrera tan pequeña para una amenaza tan grande. Horror como el que provocó el atentado de Bruselas (qué maldito sonsonete el de “terror en el corazón de Europa”, “atacan el modo de vida occidental”, “atentado contra la democracia” y otros).  Hace un par de años Rosa Montero escribió un artículo titulado Los bárbaros. Argumentaba allí, como punto de partida, que los terroristas que habían asaltado el Parlamento de Ottawa y habían atacado a unos policías en Nueva York eran tipos marginales, sin ninguna esperanza en el futuro: presas fáciles para ese radicalismo religioso con el que los analistas pretenden dar una explicación a lo inexplicable. Pero resulta que estos asesinos de Zaventem y Maelbeek son belgas, jóvenes criados en la democracia: su futuro podría ser tan negro o tan azul como el de cualquiera de nuestros hijos. El artículo de Montero, al menos en su planteamiento inicial,  cada vez tiene menos vigencia porque en estos atentados (Bélgica, Francia) se constata que el fin último es el mal por el mal. El horror por el horror.

Pero, como digo, apenas sabemos nada. Supongo que porque durante años, décadas e incluso siglos hemos vivido de espaldas a nuestros vecinos. Hemos ayudado a construir un mundo basado en el odio y en el rédito económico: la venta de armas de Occidente a Oriente, del Norte al Sur, así lo demuestra.

Solo consigo atisbar que hay una guerra de pobres contra ricos, una batalla más de la gran guerra que mantiene la Humanidad desde tiempos inmemoriales. Será porque yo no sé nada. Apenas tengo un negro presagio y ninguna certeza, poco más que una pequeña herida en la yema del dedo que me mantiene alerta. No sabemos nada y, lo que es peor, no hemos entendido una higa.

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