Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 52, Opinión
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El asunto de la anorexia y la bulimia

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

¿Cuánto tiempo hace que no tienen noticias de ningún perro que haya mordido a ningún niño? Es un fenómeno curioso éste de las rutinas periodísticas que igual que traen a la portada un asunto (el que sea) una y otra vez, llega un momento en que el asunto deja de suceder, desaparece, se esfuma como por arte de magia. Pero estoy segura de que los perros, lamentablemente, siguen atacando a los niños, tanto como de que este asunto ya no interesa.

En la facultad de periodismo oí hablar por primera vez de la “agenda”, de la “rutina periodística” y empecé a asimilar el significado de estos conceptos. Porque hasta entonces –ingenua de mí– estaba convencida de que era la realidad la que marcaba la agenda y no al revés. Ahora sé que las noticias se “fabrican” y que los periodistas se limitan a escribir, con más o menos habilidad, que hay perros que atacan a niños indefensos.

Otro de los “asuntos” que ha desaparecido de las agendas, de las rutinas y de los telediarios son los trastornos relacionados con la alimentación, es decir, la anorexia, la bulimia y otros. ¿Recuerdan cuando incluso un ministerio, el de Sanidad, lanzó una campaña para desterrar las tallas tradicionales de ropa y agruparlas bajo denominaciones tan poéticas como “cilindro”, “diábolo” y “campana”? No sirvió de mucho, es cierto, pero al menos durante algún tiempo la bulimia y la anorexia estuvieron en “la agenda”.

Probablemente, alguno de ustedes crea que este es un “asunto” menor, una cuestión relacionada con la estética y no con la salud física y mental. Incluso que es un asunto que afecta mayoritariamente a las mujeres y por tanto no hay de qué preocuparse. A no ser que esa mujer enferma sea su hija, claro.

Verán: yo veraneaba en un pueblecito del interior de Castellón, el pueblo de mi abuela materna. Un pueblo con su monte, sus columpios y su bar con teléfono. También, con una piscina donde pasábamos los días y en la que no nos podíamos bañar hasta dos horas después de haber comido. La mayoría de bañistas eran los hijos y los nietos de los emigrantes que habían salido de Ayódar para Barcelona y que en verano, en plena década de los 70, regresaban a la tierra de sus padres. Una de esas nietas era una preciosa adolescente, de 15 o 16 años (yo tendría ocho o nueve), con su pelo rubio, sus ojos azules, su falda de vuelo y sus zuecos. A pesar del calor, nunca la vi bañarse. Y aunque le asomaban los tirantes del bikini bajo el vestido bordado con “nido de abeja”, jamás la vi en traje de baño. Se quedaba sentada en el extremo de uno de los bancos de piedra al borde de la piscina con su mascota, un gato, siempre en brazos. Al verano siguiente, esa adolescente de rostro redondo era una sombra de sí misma. No sé calcular cuántos kilos había adelgazado pero su cara parecía la de un perro enflaquecido, sus brazos eran como dos alambres y sus piernas, del diámetro que antes tenían sus brazos. Lo único que comía eran dos chupa-chups al día. ¡Dos chupa-chups! Cada vez que me cruzo con alguna mujer sola, flaca, demacrada, que se esconde tras una animalito de compañía me la imagino a ella, a aquella sombra, comiendo la comida de su mascota. Comida de gato.

Años después de aquel verano leí la novela de Ángeles Caso Elizabeth, emperatriz de Austria-Hungría y supe que la anorexia y la bulimia son males que han existido desde siempre y que no responden sino al dolor de vivir, a la consciencia por el profundo malestar de la existencia. En el libro, la idolatrada Sissí de las películas resume todo ello diciendo: “Toda mi vida ha sido una lucha por alcanzar un pequeño trozo del Paraíso, y he tenido que enfrentarme al mundo entero en esa cruel batalla que me ha dejado marcada de imborrables cicatrices”. Puedo imaginar a Sissí devorando comida de gato –si hubiera existido en esa época– y vomitándola después. Para una mente enferma, la necesidad de infligirse un daño y de purgar una culpa es muy grande. Y a veces utiliza lo que tiene más a mano: su propio cuerpo.

Precisamente, estos días leíamos en la prensa que la sanidad pública necesita 1.800 profesionales de salud mental: es la cifra que recomienda la Sociedad Española de Psiquiatría AEN para atender convenientemente a la población. También, que se cumplen 30 años desde que se cerraron esos terribles manicomios de los que ya sólo tenemos noticias por series de televisión como la de El Caso.

No tengo tiempo ni ganas de escribir sobre la responsabilidad que tienen la publicidad y los medios con los que convive en esta silenciosa enfermedad que va mermando la vida de quienes la padecen y aniquilando anímicamente a las familias. No tengo ganas ni tiempo para hablar de esas mujeres imposibles que vemos en las revistas que no tienen culo, ni tetas, ni pecas, ni granos, ni estrías; que cuelgan fotos en Instagram embarazadas de cinco meses (Bar Refaeli) y, como es comprobable a simple vista, tienen menos barriga que cualquiera de las que no lo estamos; ni de esas que acaban de parir y son capaces de embutirse en una talla 36 a las pocas semanas, incluso días. Y me perdonarán que polarice mi desgana en las mujeres, aunque sé que también los hombres padecen esta tiranía del cuerpo, esta enfermedad del alma. Ni siquiera es una enfermedad de la adolescencia: cada vez más hay mujeres de cuarenta y cincuenta años ingresadas en el hospital por causa de la anorexia y la bulimia.

Creo que estos trastornos no son sino la manifestación de un sufrimiento interior tan doloroso que puede acabar abocando a la muerte a quien lo padece. Ahora, que estamos en primavera, que vamos quitándonos las pesadas ropas de abrigo y van quedando al descubierto nuestros kilos de más o menos, me parece un momento adecuado para lanzar una reflexión sobre estas enfermedades. Si observan que algo pasa, busquen ayuda. No conviertan ese inmenso grito de auxilio en una cuestión de estética ni en un proceso parejo a la adolescencia, al divorcio o a la pérdida de un ser querido. Creo firmemente que es un dolor por la vida. Y tenemos la obligación de no frivolizar con él sino  de convencer a quien lo sufre de que lo amamos y de que su existencia merece la pena. De que este pequeñísimo destello entre dos inmensas oscuridades que es la vida merece la pena.

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L'Avi

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