El Koko Parrilla, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 50, Opinión
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Adiós racismo, hola xenofobia

Por Paco Cisterna / Ilustración: El Koko Parrilla                                

Francisco Cisterna

Paco Cisterna

Tengo la terrible sensación de que las formaciones xenófobas y los grupos filorracistas hacen el trabajo sucio a otros grupos hipócritas, pero políticamente correctos. Estos últimos delegan en los primeros la salvaguarda y custodia de ciertos credos que no pueden materializar en sus programas, pero que conforman, tácitamente en silencio, los flecos de su ideario. Son, en román futbolero, una especie de defensa central leñero que el entrenador utiliza en su provecho para intimidar al adversario o convertir el terreno de juego en un campo de batalla. En pocas palabras, son una bala furtiva en la recámara de los cazadores federados.

La xenofobia, como tantas otras cosas en este mundo, no tiene razón de ser. Y, sin embargo, es una causa latente que se potencia día a día, igual que un terco y furibundo goteo presto a colmar el vaso de los odios irracionales al menor descuido. Mucho se ha escrito de su arraigo en la naturaleza humana y de sus efectos ante ciertos estímulos recurrentes de la Historia: novelas, ensayos, cine y todo tipo de artes se han ocupado y preocupado por las fatales consecuencias. Pero no precisamos leer mucho ni viajar muy lejos para encontrarnos con ella, pues no falta quien la riega hasta en su puerta.

Lo más asombroso de este vergonzoso asunto es la versatilidad de la condición humana, que trataré de ilustrar con algunos hechos de los que he sido testigo: Sepan ustedes que tengo un tendero aficionado a despotricar, en petit comité, contra ciertos colectivos de inmigrantes; por supuesto que yo me enfrento a él en acaloradas discusiones que han ido enfriando nuestra relación comercial. Sin embargo, cierto día que un inmigrante entró en la tienda buscando socorro de pan, le faltó el mundo para auxiliarle con dos barras de su mejor género. Yo no dije ni media palabra, y me marché con la impresión de que el tendero es un xenófobo “samaritano”, que, aunque no les desea nada malo, prefiere no tenerlos por vecinos. Esta modalidad de xenofobia “solidaria” está muy extendida. Es la cara amable del placebo que consuela las conciencias insatisfechas.

En el lado opuesto se encuentra cierto conocido mío, valedor a ultranza de la integración racial, que no dudó nunca en defender los derechos de los inmigrantes hasta que un día decidió alquilale  a una pareja de emigrados cierto pisito adquirido durante el boom del ladrillo…, cuando se lo devolvieron destrozado, y con seis meses de alquiler sin pagar, cambió totalmente su discurso. Y es que no hay nada mejor que la adversidad para poner a prueba nuestras convicciones. De todo esto hace ya varios años, y sé que este conocido mío se esfuerza por recuperar sus antiguas creencias, pero todavía, de vez en cuando, padece algún desvarío. Poco a poco.

Los ejemplos anteriores airean las contradicciones súbitas de la condición que nos atañe, la volubilidad de las conductas, la fragilidad de las convicciones y las diferencias abismales entre el pensar y el obrar. En este sentido, toda educación es poca y muy necesaria. Siempre hay que contar con el imprescindible concurso de la inestimable Educación, porque la Ley, aun siendo punitiva, es insuficiente.

La xenofobia, ese racismo edulcorado, está a la vuelta de la esquina, larvada, cultivando la indiferencia o el desprecio hierático, en tono menor, a la espera de que alguien o algo abra la espita para fluir a sus anchas. Los últimos brotes xenófobos ocurridos en Europa así lo demuestran, y pueden servir de caladero a esos partidos políticamente correctos que cobijan en secreto, bajo sus alas, a las bandadas de aguiluchos esvásticos. La xenofobia que sacude el corazón de la vieja Europa amenaza con devenir en sarampión y ahondar más la crisis de una Unión –ya de por si maltrecha– que vive uno de sus peores momentos económicos y sociales. Urge tomar medidas, antes de que nos vayamos al garete, para que no vuelvan a fraguar los cimientos insolidarios de la intolerancia.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla

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