Lidón Barberá, Número 52, Opinión
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Una hora menos en el Senado

Por Lidón Barberá

Lidón Barberá

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Cuando dentro de un tiempo a alguien le dé por mirar atrás y tratar de recordar para qué sirvió esta legislatura express y más bien sonrojante, tal vez recuerde que fue el momento en que se puso sobre la mesa el famoso tema de la racionalización de horarios y la posibilidad de cambiar y ser un poco más europeos y un poco menos… nosotros.

 Casi al mismo tiempo que estaban a punto de desalojarles de sus asientos, los senadores aprobaron una iniciativa del PP para pedir al Gobierno que regule la jornada de trabajo y que todos terminen a las 18 horas, como en muchos países vecinos. Más de uno pensará que es cosa de los senadores efímeros que, viendo que se acaba la legislatura, quieren seguir con la buena vida en la empresa privada.

 Con esto recuperamos el viejo debate que mezcla la peculiar historia de nuestro huso horario con nuestra cultura y nuestra forma de ser, con tasas de productividad por los suelos y con una cultura empresarial que durante décadas ha tenido el calentamiento de silla como uno de sus principales valores. Nos planteamos racionalizar horarios para conciliar y nos liamos tanto en el debate que lo iniciamos cuando se termina la legislatura. Qué complicado es todo en este país.

 Hay quien apuesta por recuperar el huso horario que debería corresponderle a España, el de Canarias (los canarios también se han quejado porque eso supondría mucha menos publicidad gratuita por aquello de “una hora menos en Canarias”), Portugal o Reino Unido y por tener una jornada laboral que termine a las 18 para vivir –dicen– mejor, de forma más acorde con las horas de sol y en cierta armonía con el resto de europeos.

 Y hay también quien cree que hacer eso sería renunciar a una forma de vida propia y arraigada en la que un prime time televisivo que acaba de madrugada y jornadas laborales partidas durante al menos un par de horas son casi patrimonio cultural. Quizá sean los mismos que lo tendrían mucho más difícil para justificar las malas caras a los trabajadores que, en lugar de quedarse calentando silla como manda la tradición española, terminan su trabajo y se van a casa a intentar conciliar, porque de conciliar iba todo esto, ¿no?

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