Antonio J. Gras, Número 48, Opinión
Deje un comentario

Teoría de la limpieza de cristales

Por Antonio J. Gras

ANTONIO J. GRAS-buena

Antonio J. Gras

Vivimos en una apartamento grande, cerca de 70 metros, con un gran salón cocina, con un par de sofás que son utilizados de camas cuando vienen nuestras familias y amigos a vernos, un cuarto de baño espacioso con bañera demasiado alta, y una habitación donde nos refugiamos para combatir el cansancio y a veces, amarnos hasta convertir la isla de soledad en la que vivimos en este pueblo a seis kilómetros de la frontera en un cálido Mar Menor que nos hace recordar parte de nuestra infancia murciana, pese a que mi mujer es madrileña y yo canario.

Le digo a veces a los pocos que me escuchan aquí que uno de los motivos por los que no he salido corriendo ya es por la vista que tenemos desde el salón. Cuatro cristales hacen de frontal, que nos permiten divisar no solo las montañas que tenemos cerca, sino el paso de enormes pájaros que suben y bajan el valle dependiendo de la hora y la temporada. También disfruto con el transformarse de las nubes cabalgando sobre las cumbres cercanas. La nieve que a veces nos visita, la lluvia, y un frío saludablemente seco, hace que algunas veces me atreva a abrir los cristales y dejar que se inunde la casa de un frío que me pone una sonrisa en la cara como un muñeco bobalicón y gordo que desde su escaparate ve sucederse los días.

Una de las tareas dominicales a las que a veces nos tenemos que enfrentar es la limpieza de esos casi doce metros cuadrados de cristal. Y hoy me vino a la cabeza, casi a punto de concluir la tarea, esta teoría que les cuento sin pudor y con el solo ánimo de hacerles sonreír unos minutos. El Estado debería ser como el cristal, siempre transparente, no solo para ver lo que hay detrás, sino para que deje entrar la necesaria luz y el cálido sol del sol.

Para que el cristal se mantuviera siempre transparente deberíamos obligarlo a limpiarlo todos los días, cosa que por desgracia supone un esfuerzo adicional, más cuando sabemos que en las casas hay pocos habitantes y suelen repartir su tiempo entre el trabajo, si es que tienen la fortuna de mantenerlo, y preparar la vida cotidiana –lavadoras, barridos de suelo, el orden general de la casa y la cocina–, para la subsistencia diaria y también el disfrute.

Así que el cristal, que es el que nos permite ver con claridad el mundo, el que muestra en su aparente transparencia que todo sigue marchando como debería, día a día va cubriéndose de manchas ocasionadas por la contaminación de coches, por el polvo que arrastra la lluvia o por la suciedad que decide pararse en los vidrios.

Un día nos damos cuenta de que el cristal está muy sucio, y nos extraña que no nos hubiéramos dado cuenta antes, y tal vez por nuestra relajación y dejadez el caso es que hasta que nos ponemos manos a la obra pueden haber pasado un buen par de semanas más, que en el caso de una casa no es que sea excesivo, pero en el caso de un Estado, que debería ser siempre un ejemplo de transparencia y de brillantez, resulta preocupante, porque se va cargando con pequeñas o grandes manchas, más si el tiempo no viene a ser el adecuado, y no es el momento de la limpieza, porque hasta para la limpieza hay una hora determinada. Nunca limpiar el cristal cuando le da el sol.

Así que llega el día, pensamos muy bien la hora que vamos a elegir y esperamos que no haya inclemencias meteorológicas que nos impidan ponernos mano a la obra. Limpiamos, y he de confesar que al principio podía utilizar elementos poco profesionales para la limpieza, es decir, apenas una bayeta, productos recomendados por la televisión, papel de periódico, pero pasado un tiempo decidimos buscar las mejores “borregas”, un tejido lanoso blanco que se humedece y con el que se le da el primer pase al cristal y desechar la rasqueta para secarlo que habíamos comprado en un centro comercial. Pasamos a comprar, junto a la borrega, una larga ragleta, ese aparato que nos ayuda a secar el cristal y que solíamos ver en las gasolineras cuando antes alguien limpiaba nuestro espejo moteado de insectos.

Todos esos conocimientos los he ido aprendiendo en diversos profesionales de la limpieza de cristales que dejan sus enseñanzas en esa nueva enciclopedia virtual que es Youtoube. Y así he podido dejar de lado los productos altamente recomendados por la televisión y optar por un poco de amoniaco y el jabón líquido que usamos para limpiar nuestra cacharrería de cocina, platos, vasos (como no tenemos lavavajillas, lo seguimos haciendo a mano).

Aquí viene la primera instrucción de esta teoría. Para limpiar no hace falta elementos sofisticados, sino sencillamente los de siempre. No necesitamos diseños o colores que atraen nuestro consciente de cenicientas ocasionales. El cristal, el Estado, para estar limpio debe aplicar los métodos que siempre se han usado. Si es que se han usado. Claro.

Una vez dada la primera pasada nos damos cuenta de varias cosas. La construcción del edificio por parte del arquitecto, no ha realizado una tarea eficaz a la hora de tener en cuenta la limpieza de los cristales. Unos se superponen a otros, con lo que resulta casi imposible poder llegar a determinadas zonas, la estrechez del balcón hace arriesgado y difícil mover el largo palo que nos ayuda a llegar a determinados ángulos del cristal, con lo que nos encontramos dos obstáculos: por una parte la construcción y posición de los cristales, por otra haber llevado hasta el extremo la colocación del muro de defensa, lo cual hace excesivamente dificultoso que podamos alcanzar toda la planicie transparente.

Pero nuestra primera tarea está acabada. Al alejarnos para contemplar nuestro trabajo pensamos: “Qué bárbaro, cómo entra ahora la luz”, con lo que irremediablemente concluimos: “cómo nos hemos acostumbrado a vivir con poca luz, porque la luz que nos llegaba no era toda la que tenía que llegarnos”. Al alejarnos un par de metros, para comprobar el resultado, nuestra nueva posición nos demuestra que hay muchos puntos que siguen sin estar limpios, y eso que creíamos que todo estaba perfecto. Motas, rayados, jabón que se secó antes de efectuar la segunda pasada. Entre toda la nueva limpieza ahora destaca con mayor visibilidad las partes sucias. Y es el momento de un más minucioso ataque al cristal. Quizá es en ese momento cuando más nos acordamos de la familia del arquitecto, porque al superponer un cristal sobre otro hay zonas absolutamente imposibles de acceder.

¿Resulta imposible poder tener limpio todo el cristal, dejar que la transparencia sea absoluta y podamos disfrutar al máximo de la luz que nos ofrece el mundo exterior? La experiencia me dice que hay que volver más de una vez al ejercicio de la limpieza, para ir centrándonos en partes concretas.

Así que lo que parecía un sencillo ejercicio de puesta a punto y limpieza se convierte en una reflexión sobre un Estado que se deja manchar, por la parte exterior, pero también por su parte interior. Caemos en la cuenta de que su arquitectura y construcción ayuda a que su aseo sea más o menos complicado, más o menos habitual, más o menos efectivo.

Puedo pensar que lo más saludable sería tener siempre los cristales puestos a punto de claridad. Pero también pienso en que conforme se van produciendo cambios y agrandamientos de las necesidades de los habitantes de la casa estos también tienen que favorecer la limpieza y nitidez del cristal. Hay muchos tipos de suciedad que pueden afectar al Estado/cristal. Pero sólo con un efectivo ejercicio de limpieza podemos disfrutar lo que ese cristal puede darnos. Y conseguir así que la luz entre en casa como si el cristal no existiera. Agradezco que el cristal exista cuando llegan los vientos fríos, cuando la lluvia quiere mojarnos, o cuando la nieve quiere dejarnos indefensos ante su helor. Pero no me gusta verlo sucio, convertido en una barrera que impide que el mundo pueda mostrarte tal como lo veo. Cambiante.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *