Alicia García Herrera, Literatura
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Morir por un beso: la leyenda de los amantes de Teruel

El beso se convierte en arquetipo humano en la leyenda de los amantes de Teruel.

Por Alicia García Herrera. Sábado, 12 de marzo de 2016

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  Literatura

“Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella”.

 Julio Cortázar, Rayuela, Capítulo 7

El siguiente libro que el azar (¿azar?) condujo hasta mis manos es El Caballero del Alba, de Sebastián Roa. En este caso el suceso azaroso ha tenido una doble y curiosa manifestación. La primera, no planificada, sino derivada del propio encuentro personal con el autor, que se produjo durante la presentación del libro Star Wars. Memorias de una galaxia muy lejana, del doctor Pau Gómez, orquestada por nuestro amigo común Eduardo Segura. La segunda, la derivada del encargo de la propia obra. A causa de una confusión inexplicable recibí de mi librero “oficial” El Caballero del Alba en lugar de Venganza de sangre, novela que el propio autor me había recomendado durante nuestro breve encuentro como vehículo de acceso a su universo literario. Siguiendo la estela de ese azar orquestado que me va guiando en los últimos tiempos y al que he decidido ya rendirme sin condiciones, decidí aceptar el error y aproximarme a Roa, autor novedoso para mí, a través de El Caballero del Alba.

Al negar el beso Isabel hace algo más que proteger su virtud, protegerse a sí misma del desencanto del beso no soñado

Debo confesar que, salvando a Sir Walter Scott con su magnífico Ivanhoe, mi aproximación a la novela histórica se produce con no pocos recelos. A las dudas intelectuales acerca del matrimonio difícil entre ciencia y arte –se dice que la historia es ciencia y hasta esto mismo es dudoso– se añade un cierto empacho personal de Big Mac literarias, si se me permite la expresión. En este sentido muchos lectores y críticos preferimos “caviar” para nutrir el alma en lugar de esas superproducciones históricas abundantes en páginas que tanto proliferan en los últimos tiempos y en las que la experiencia sagrada, casi religiosa, que supone el acto de la creación se supedita al dato histórico, al dato científico, de modo que las fronteras de la imaginación se diluyen y el resultado se aproxima más a pseudociencia que a creación novelística. Al lector curioso se le niega, además, con intensa cicatería, la oportunidad de efectuar un rastreo de las fuentes, pues lo habitual es que este tipo de novelas prescindan de incorporar una selección bibliográfica –siempre hay alguna excepción honrosa, como la de María Dueñas en El tiempo entre costuras–.

Manifestadas estas primeras inquietudes, tales reticencias quedaron en suspenso tras la lectura de las primeras páginas de El Caballero del Alba. En este trabajo, Roa nos ofrece un bellísimo relato de amor y de guerra que recrea con habilidad y gran maestría la leyenda de los amantes de Teruel. A través de un acertado lenguaje de tono arcaizante que denota un conocimiento preciso de nuestra mejor literatura medieval y de la novela caballeresca, el autor nos propone un viaje en el tiempo y nos propulsa de lleno a la Baja Edad Media, al siglo XIII, un siglo de grandes transformaciones sociales y culturales. Es el siglo de la Reconquista, del esplendor de la Corona de Aragón, del nacimiento del burgo y del amor cortés como primer atisbo del amor libre, sofocado luego brutalmente bajo el peso de la moral cristiana y el apego excesivo a la legalidad –demasiados hijos ilegítimos y un puñado ingente de corazones despechados, como nos muestra Roa a través de los personajes de Roger El Astado o el de sayyida Zulima–. Han tenido que pasar más de siete siglos para que hoy día volvamos a experimentar con el amor libre, lo que nos sitúa en un territorio completamente inexplorado. Toda exploración implica errores como también una buena dosis de sufrimiento, como acreditan las crecientes cifras de separaciones y divorcios que cada año nos proporciona el INE. De hecho, con gran acierto, el autor dedica su obra “a todos aquellos que en algún momento de su vida pensaron que era posible morir de amor”.     

Estructuralmente el trabajo de Roa  aparece dividido en tres partes diferenciadas: prefacio, el cuerpo de la novela, subdivido a su vez en cinco capítulos, y el epílogo. Esta forma de proceder es muy apropiada cuando el tempus narrativo no es lineal,  como sucede en este caso. En efecto, el autor da voz a Juan Diego Marcilla y parte del presente para volver al pasado, narrando de delante a atrás los sucesos que desembocan en el momento cumbre de la historia: el reencuentro entre los amantes. Este momento, el desenlace, se condensa en el epílogo y, no ya con la voz de la primera persona, sino con la de un tercero que da cuenta de lo sucedido, recogida en acta notarial.  No obstante, sobrepasado el umbral del prefacio, se recupera la continuidad temporal, que sólo se rompe en el epílogo, como ya hemos señalado.

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En el cuerpo de la novela, una vez narrado cómo surge amor entre Isabel y Diego, el autor va enlazando una aventura con otra para ofrecernos no sólo la historia de nuestro caballero sino de forma simultánea la historia de España y de Oriente y Occidente, el choque entre la cultura árabe y la cristiana y al mismo tiempo la convivencia entre ambas. Se seleccionan para ello lugares emblemáticos, como el para nosotros entrañable Señorío de Albarracín, y se recuperan para el lector batallas memorables, Calatrava, las Navas de Tolosa, Muret, las batallas en Tierra Santa, etc…, que tienen la virtud de hacernos comprender cómo España –y, en general, el mundo– ha llegado a ser lo que es en la actualidad.  De especial interés es la referencia a Occitania, y en concreto a la ciudad de Carcasonne, las masacres cátaras de Béziers, como también el periplo de Diego en los escenarios de Barcelona, Tierra Santa, Damasco, Tiro o la Valencia árabe. El  marco histórico, por otro lado, no se construye únicamente a través de los ojos de los personajes, sino que en ocasiones se introducen párrafos explicativos que permiten encuadrar la narración. Esta forma de proceder es apropiada desde nuestro punto de vista y una gran ayuda para el lector lego, una forma didáctica de comprender, más allá de la trama, las razones que sustentan la historia.

La centralidad del amor, sin embargo, queda sacrificada en aras a la aventura del héroe, como ya se nos anticipa a través del título de la obra. No es la historia de Isabel la que nos cuenta el autor sino la de Diego. La imagen de Isabel se desvanece en la niebla una vez que comienza el viaje del héroe. Esta omisión, como también la casi total ausencia de noticias sobre la amada –que se justifica porque Diego no sabe leer ni escribir– es un recurso en sí mismo considerado si se parte de la creencia, como pensamos que hace el autor, de que no existe amor sin fe y que el amor, como Dios, sólo se entrega a su servidor más valiente. De hecho, Roa prescinde incluso de la atribución de prenda alguna al amante que recuerde a la amada. No es posible jamás atrapar el sentimiento en un objeto, ni siquiera en un retrato o en una imagen, porque los instantes mágicos vividos en el amor dejan directamente su impronta en el alma. Provocar el recuerdo a través de una prenda es tanto como vulgarizar lo sublime, algo muy habitual en nuestros tiempos, con el predominio de lo visual. Aun así, el autor intenta remediar la ausencia a través de la evocación. Este recurso se revela insuficiente hacia la mitad del nudo. Una vez más Roa, como buen guerrero de la escritura, resuelve airosamente el trance desviando la atención hacia la pareja Beatriz-Esteban. Los cátaros siempre nos intrigan y su leyenda sigue viva en Occitania setecientos años después, como tuve ocasión de comprobar no hace mucho. La historia de los movimientos heréticos, expresada a través de Beatriz (páginas 210-218, entre otras) es la historia de la crueldad y la injusticia, del aplastamiento brutal de la libertad de pensamiento para imponer mediante la violencia la conveniente versión oficial de la Verdad.

El autor nos proporciona en su obra párrafos de gran belleza, como la escena en que Isabel y Diego niños se encuentran, el momento en que descubren su amor o el instante en que Diego, un segundón sin instrucción ni fortuna, conquista su nombre al ganarse la espada. Qué importante es el nombre para Diego. “Mi nombre es Juan Diego Martínez de Marcilla. Mi nombre es Juan Diego Martínez de Marcilla”, repite. Pero en realidad Diego también es al-Dabarán, el nombre adquirido a golpe de espada. Es el nombre, nuestro nombre, el que nos ofrece un lugar en el mundo, el que constituye un reflejo de nuestra propia identidad.

La belleza de las imágenes aludidas conduce directamente al reproche hacia el autor. En efecto, si algo se le puede reprochar a Roa es su exceso de contención, su tendencia a ajustarse demasiado al canon y a lo normativo, resultado sin duda de su formación jurídica. Pero a veces el escritor debe soltarse la “melena literaria”, dejarse llevar, desaprender, dejarse seducir más a menudo por esas escenas que brotan inexplicablemente de lo más profundo. Porque cuando Roa cuenta convence pero cuando su mano literaria sueña, conmueve. Ese es el poder del buen escritor, y Roa lo es, conmover desde la soledad de la habitación, arañar el alma del lector, provocar el sentimiento a través de la palabra.

Los personajes protagonistas están, por lo general, bien construidos. Isabel, una mujer adelantada a su tiempo y Diego, un hombre luchador, valiente y apasionado, son personajes que atrapan. Sin embargo, no se renuncia del todo a la influencia de las parejas de dobles (héroe/sombra), recurso demasiado frecuente en la novela contemporánea. Su introducción explica la presencia, no del todo necesaria, de Roger el Astado o del leonés Esteban, fiel compañero de fatigas que actúa como contrapunto y acompaña al héroe en su viaje. La presencia del doble se manifiesta también en el binomio Zulema- Isabel, la perfidia contra la inocencia del amor. Ni siquiera la inocencia puede salvar a Isabel de ser devorada por el fantasma de la duda. La duda acaba con el amor, como bien nos muestra el mito de Cupido y Psique, la expresión más perfecta del amor que sólo subsiste gracias a la compasión de los dioses.

portada-el-caballero-del-albaSemánticamente, El Caballero del Alba es una obra más que correcta, con una gran riqueza en lo que a vocabulario se refiere. Se respetan de forma escrupulosa las prescripciones de la RAE (“olor de multitudes” en lugar de “loor de multitudes”). Se utiliza gran cantidad de términos militares, lo que revela la ingente tarea de investigación que se oculta tras una obra en apariencia sencilla. El dominio del lenguaje se expresa en el uso de una adjetivación rica, con la que se teje con minuciosidad el tapiz sobre el que se deslizan los acontecimientos, con poco margen para la imaginación lectora. En efecto, el autor nos sumerge materialmente en la batalla, evocando la realidad y el horror de la guerra –si bien, todo hay que decirlo, el apasionamiento por el arte de la guerra y lo militar no siempre es compartido por el lector–.  No obstante, hay veces que no se evita caer en los lugares comunes y los textos, por lo general brillantes y pulidos, se oscurecen ante comparaciones a nuestro juicio desafortunadas (“huyeron como conejos”).

La trama de la obra está exenta de complejidades innecesarias y gira en torno al tema esencial del amor (Isabel), como también su cara opuesta, el despecho (la sayyida Zulima). Con el amor como marco, enlazan temáticas secundarias: la lealtad, la hermandad, la amistad y también el infortunio, la injusticia ante la ausencia de reconocimiento del mérito y, cómo no, la venganza. Cabe detenerse, no obstante, sobre dos de los grandes pilares temáticos sobre los que se asienta la trama. El valor de las promesas y el valor simbólico y real que ha otorgarse a un simple beso.

Una promesa es una declaración de intenciones sin valor jurídico vinculante pero a la que se atribuye fuerza moral. Sobre el valor de la promesa ya tuve ocasión de debatir en otra sede –mi oponente no era otro que el escritor y profesor Fernando Delgado–.  Yo sostenía que una promesa no puede ser exigible moralmente cuando atenta contra nuestra propia naturaleza o libertad  (promesa de matrimonio) en tanto que él porfiaba en que las promesas deben ser cumplidas sin excepción. En el caso que nos ocupa la promesa del beso, otorgada bajo plazo y condición,  sí atenta en algún aspecto contra la naturaleza de Isabel y su libre albedrío, puesto que el afecto no puede ser impuesto ni comprado como tampoco condicionarse o limitarse. A lo largo de la historia la promesa, además, ya ha desplegado algún efecto positivo porque es la propia promesa, la expectativa de su cumplimiento, lo que mantiene a Diego con vida. A pesar de cumplirse la condición, volver con fortuna suficiente en un plazo de cinco años, la manipulación de Zulima hace que la promesa decaiga y Diego, que es capaz de sortear las más duras pruebas y renacer una y otra vez de sus cenizas, muere. La historia de Diego es la de la historia de una decepción que sólo se limpia tras la muerte. Renacer para la eternidad implica la muerte terrenal. Sólo así es posible hacer leyenda.

Junto a la promesa y ligada a ella, aparece el beso. Un beso como expresión de afecto amoroso parece una caricia inocente, al menos a primera vista. Tal es así que se dice que la Virgen María nace de un beso –o abrazo– entre sus padres, San Joaquín y Santa Ana (Inmaculada Concepción). Desde este punto de vista podría deducirse que el beso es considerado caricia casta y en su consecuencia, aceptable, de acuerdo con los parámetros de la Iglesia católica.  ¿Por qué negar entonces algo tan inocuo?

Es difícil escapar del largo brazo del destino sin pagar las consecuencias como difícil es sustraerse al poder de un simple beso

Porque en realidad el beso no es una caricia de la que salgamos inmunes. El cine, la literatura y, en general, el arte han exaltado el valor del beso y nos han ofrecido grandes historias de amor que despojan de toda inocencia al acto de besar y de ser besado. Hace tiempo que en nuestra mente lectora quedó fijada para siempre la elocuente descripción que Cortázar hace del beso (Rayuela), insuperable, como también la desesperada petición que Rhett Butler, protagonista masculino de Gone with the Wind (Margaret Mitchell), dirige a la soberbia Scarlett O’Hara (“envías a un soldado a la muerte con un bello recuerdo. Scarlett, bésame. Bésame una vez”). En la pintura, ningún pintor ha reflejado mejor la esencia de un beso,  la fusión entre lo masculino y lo femenino, como Gustav Klimt. El erotismo, la tensión entre el deseo y la entrega entre los amantes han conmovido a varias generaciones.

Si nos atenemos a otro punto de vista, al de la ciencia frente al arte, se constata que la percepción del beso difiere en hombres y mujeres. Para el hombre, el beso es un acto de tanteo y, de hecho, un beso excitante suele preceder a un intercambio afectivo mucho más profundo; un mal beso, por el contrario, puede dar al traste con una relación y desestimarla para siempre. Siguiendo con lo que dice la ciencia, para una mujer el beso es también algo más, la expresión de un afecto sincero y de un sentimiento profundo. Pero el sentimiento, creemos, sólo puede construirse a base proximidad. Porque el amor es deseo, es pasión, seducción pero sobre todo, es conocimiento y cercanía. De otro modo el amor se convierte en una mera ilusión de los sentidos con la que puede acabar el propio beso.

Sólo así, despojando de inocencia al beso, se comprende la negativa de Isabel respecto a la exigencia de aquella antigua promesa juvenil, negativa que, según nos dice Roa, se funda en la virtud y honestidad que debe acompañar a toda mujer casada. Es la misma versión, castidad, el preservarse de todo atisbo de deseo, la que nos ofrece la versión oficial de leyenda de los amantes de Teruel.

Pero esta explicación no resulta convincente, máxime cuando la separación entre matrimonio y amor en el contexto histórico en que se desarrolla la novela no impide que las partes se reserven una cierta libertad –como ejemplo, el de Roger el Astado–. Al negar el beso Isabel  hace algo más que proteger su virtud, protegerse a sí misma del desencanto del beso no soñado. O, por el contrario, protegerse del inconveniente de una relación que prohíbe no tanto la moral social imperante en el siglo XIII como los imperativos de la propia moral. Isabel sólo otorga el regalo del beso cuando ya no es posible el compromiso. Pero ¿qué la impulsa a hacerlo? ¿El amor, la caridad o la culpa? Es una duda que Roa no resuelve, como tampoco lo hace la leyenda oficial de modo que sólo nos podemos atenernos al hecho. Porque una vez que Isabel deposita su beso en los labios sin vida  del caballero que era su verdadero destino ella misma muere fulminada. Es difícil escapar del largo brazo del destino sin pagar las consecuencias como difícil es sustraerse al poder de un simple beso. Es el beso de la princesa el que transforma al sapo en hombre,  el beso de Bella el que transforma a Bestia, el beso de Felipe el que saca a la durmiente de su letargo. Es un simple beso de amor puro el que devuelve a Blancanieves el don de la vida o el que salva a la princesa cisne. El amor, expresado a través del beso, es el único antídoto posible contra la muerte, como también contra la muerte en vida de la bella Aurora. Si tenemos que morir, que sea con los labios gastados, jamás por causa de los besos que no dimos.

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ALICIA GARCIA HERRERA

Alicia García Herrera

 

 

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