Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 48, Opinión
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Fronteras

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi 

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

“El emigrante no hace turismo; huye de una larga desesperanza”. Esa era la leyenda que estaba escrita en la pegatina que lucía en una carpeta la joven de pelo cardado que yo era en los ochenta. Tenía otras: por ejemplo, una que me salió en el bolly-cao de la merienda y cuyo texto (“Bosé, qué guapo é”) reservé para la intimidad de mi habitación. De hecho estuvo pegada en mi cama-nido hasta que abandoné la casa del padre, treintañera ya y con todos los gastos pagados. La frase de Bosé me la guardaba para mí, aunque era público y notorio que la voz grave del hijo del torero Dominguín tenía un extraño influjo sobre mi persona. Vamos, que si me lo llego a encontrar en un callejón oscuro le hubiera dicho que sí a todo. Pero no era cosa de ir gritando a los cuatro vientos esos deseos, tan poco convenientes para una niña que cursó la EGB en las monjas.

Sin embargo, la pegatina del emigrante era otra cosa. Apenas acababa de dar el salto de la EGB al BUP, un paso que me pareció gigantesco, y ya sentía la necesidad de diferenciarme de la masa. Llevar en la carpeta ese rectángulo de papel adhesivo, con el dibujo en blanco y negro de un joven flaco como un Fido Dido, con una maleta a sus pies y la filosófica frase, me convertía en un ser singular. En una adolescente que pensaba. Casi en una intelectual.

Porque en aquella época los únicos emigrantes que los que se hablaba eran los que habían tenido que irse a Francia o a Alemania en los años sesenta. Y ninguno de ellos, que yo supiera, tuvo que saltar ninguna verja con espinas ni fue dispersado con gases lacrimógenos para impedir que cruzara la frontera (frontera, qué palabra para definir el principio y fin de tantas cosas) de Macedonia con Grecia. A lo sumo escondían en los paquetes de azúcar que traían en vacaciones la vergüenza de tener que trabajar limpiando la mierda de los franceses o de los alemanes. Nada por lo que arriesgar la vida sino tan solo el orgullo.

Para algunos, la palabra exilio aún estaba revestida de un halo romántico de joven airado e inconformista. Eran los ochenta y Jorge Semprún estaba a punto de ser nombrado ministro de Cultura. En aquellos tiempos exiliado era uno que a su vuelta era premiado con una cartera ministerial, y emigrante, un pobre desgraciado pegado a una maleta de cartón donde cabían todos sus sueños. Nada que ver con los refugiados que se agolpan hoy en la frontera (qué palabra para designar el principio y el fin, sobre todo el fin, de tantas cosas), cuyos rostros no son sino una masa amalgamada sin ninguna singularidad. Son un problema, “el” problema, dicen en la Unión Europea, esa panda de ricos que mira con absoluto terror la invasión de muertos vivientes que pugna por derribar las murallas de la vieja Jericó. Cuántos niños Aylan tienen que morir para que una niña de 3º de la ESO luzca una pegatina con el rostro del pequeño kurdo, Moisés no salvado de las aguas, en su carpeta de Sociales. Esa asignatura en la que, todavía hoy, se enseña a los adolescentes que la desesperanza es la única constante en la Historia. De los pobres.

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