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Johan Cruyff: “Quiero que me recuerden como un buen jugador que aportó algo al fútbol”

Cruyff, en aquel famoso gol de espuela contra el Atlético de Madrid que pasó a la historia.

Por Miguel Vidal. Domingo, 27 de marzo de 2016

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Llevaba ya poco más de cinco años en AS y mi trayectoria de reportero seguía a un buen ritmo. 1973 sería un año pata negra. Pródigo en emociones fuertes. Recuerdo varios hechos puntuales que me dejaron huella: el fichaje de Johan Cruyff por el Barcelona, el fichaje de Netzer por el Real Madrid y el increíble viaje a Atenas para el partido ignominioso de los maletines entre Grecia y Yugoslavia. En cuanto se anunció la reapertura de las fronteras en el fútbol español para los jugadores extranjeros, los rumores, los globosondas y los posibles, presuntos y probables fichajes saltaron a las páginas deportivas de los periódicos como las moscas a la miel. Y el que primero ocupó los puestos de honor, naturalmente, fue Johan Cruyff, la vedette del Ajax de Amsterdam y de la selección nacional holandesa, sobre el que el Real Madrid, por lo visto, tenía cierta prioridad y sobre cuyo fichaje, según se supo luego, el Barcelona tenía anticipado un buen puñado de dólares. La noticia de que el Real Madrid sería el club que iba a fichar a Cruyff se basó en tres hechos concretos que sorprendieron por su proximidad y por la rara coincidencia de que en los tres estuviese metido de por medio Santiago Bernabéu, que fue a ver personalmente la final de la Copa de Europa a Belgrado (donde jugaba Cruyff), que asistió al partido Ajax-Real Madrid en Amsterdam (donde también jugaba Cruyff, naturalmente) y que regresó a la ciudad de los canales cuando la selección española se enfrentó a la holandesa (en la que Cruyff se alineaba). De aquellos tres viajes salió una información concreta: el presidente del Madrid le había ofrecido al del Ajax treinta millones de pesetas por su “estrella”. Los campeones de Europa habían pedido cincuenta. Y el jugador no había dicho aún esta boca es mía. En realidad el jugador empezó a hablar cuando vio que lo de su posible fichaje iba en serio, con posibilidades de realizarse, porque había un club que estaba dispuesto a ficharle costase lo que costase. Y ese club deseoso de rascarse el bolsillo de verdad no era otro que el FC Barcelona. Cruyff quería asegurarse el traspaso y se entrevistó personalmente en Amsterdam con Agustin Montal Costa, presidente del club azulgrana. Al jugador le asesoraba su suegro Cor Coster, al parecer un mago de las finanzas siguiendo la tradición de su ascendencia judía. El Ajax vio el cielo abierto: si tanto interés tenía el jugador en marcharse y el Barcelona en ficharle, el precio podía subir como la espuma y pasar del millón de dólares inicial a dos… o quizá a tres. Cuando el “as” holandés se fue a veranear a Albufeira, una localidad turística del Algarve portugués, se alojó en el mismo hotel que lo hizo su compatriota Rinus Michels antes de fichar por el Barcelona. Y allí, junto a la piscina, me confesó sus cuitas:

Llevo cuatro años intentando ser jugador del Barcelona, pero unas veces porque las fronteras estaban cerradas y otras porque los clubes no se ponían de acuerdo, la cosa no cuaja…

¿Por qué renovó usted su contrato por siete años más con el Ajax, entonces?

Quizá fue una equivocación mía, pero lo hice por dos motivos: uno, porque estaba cansado de esperar la posibilidad de ingresar en el fútbol español, y otro, porque quise asegurar mi porvenir. Los futbolistas estamos expuestos a rompernos una pierna en cualquier momento, y más los delanteros.

¿Sería el Barcelona un nuevo Ajax con usted en sus filas?

Haría todo lo posible.

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A Cruyff le quedaban por jugar en el Ajax cinco temporadas aún, a razón de cuatro millones de pesetas de sueldo por temporada. Total: veinte millones de pesetas. Si el Ajax recibía del Barcelona, tal como se rumoreaba, cien millones, no sólo ganaba ochenta, sino que podía fichar un buen sustituto de Johan. El gran jugador holandés se acercaba cada vez más al Camp Nou. El 19 de agosto Van Praag, presidente del Ajax, firmaba el traspaso de Johan Cruyff al Barcelona. Cuatro días más tarde el delantero tenía un multitudinario recibimiento por parte de la afición azulgrana en el aeropuerto de El Prat. El 5 de septiembre se efectuaba su presentación como jugador azulgrana en un amistoso frente al Círculo de Brujas en un rebosante Camp Nou. El resultado: un apoteósico: 6-0. Esta misma temporada 1973-74 el Barcelona liderado por Cruyff, que debutó con dos goles en la octava jornada frente al Granada, se proclamaba campeón de Liga tras catorce años sin conocer la conquista del campeonato. En abril de 1978, con su victoria ante el Las Palmas, Cruyff se proclama campeón de la Copa de España. Al mes siguiente recibe el partido de homenaje que le ofrece el Barcelona en el Camp Nou frente al Ajax y marcha a Estados Unidos. Josep Lluís Núñez accede a la presidencia este año de 1978 y no le renueva. La razón yo creo saberla, porque presencié el hecho: cuando Núñez hacía campaña como candidato a la presidencia, Cruyff no quiso darle la mano para que no los fotografiaran juntos. Ocurrió en la ciudad holandesa de Alkmaar, al final de un partido de Copa de la UEFA entre el Az’67 y el Barcelona. Cruyff se inclinaba por la continuidad en el sillón presidencial de quien le había traído al Camp Nou: Agustin Montal. Ninguneaba por lo tanto al otro candidato, ¡y menudo es Núñez para dejarse ningunear! En cuanto tuvo oportunidad, le fulminó de la plantilla.

Tras deambular por varios equipos norteamericanos, Cosmos de Nueva York, Los Ángeles Aztecs y Washington Diplomats, Cruyff vuelve a España y juega en el Levante, en Segunda División. Cobra un porcentaje de la taquilla. El día de su debut en el Nou Estadi acuden pocos aficionados más de los habituales. En el Levante no hay negocio para Johan, que marcha después para Italia para disputar el Mundialito de clubes con el Milán. Tras su experiencia italiana vuelve a su país y se enrola en las filas del Feyenoord, con el consiguiente enfado de los hinchas del Ajax, que sin embargo lo aceptan encantados como técnico al colgar las botas. Consigue la Copa de Holanda y posteriormente la Recopa de Europa, para volver como entrenador del Barcelona en setiembre de 1988. Bajo su dirección técnica el Barcelona ha conquistado una Copa de Europa, una Recopa, cuatro titulos consecutivos de Liga, una Copa del Rey, una Supercopa de Europa y tres Supercopas de España. Pero ni siquiera los títulos lograron que entre Cruyff y Josep LLuís Núñez hubiera buenas vibraciones. Perduraba el recuerdo de Alkmaar, a pesar de los años transcurridos. De las muchas entrevistas que a lo largo de sus años de jugador y entrenador le he hecho a Cruyff, desde que vino por primera vez a Madrid a jugar con el Ajax la final de la Copa de Europa frente al Milán, me quedo con la que tuvo por escenario el aeropuerto de Barajas, ya casi al final de su carrera de futbolista en activo. Le sorprendí jugando una partida de dados con sus modestos nuevos compañeros del Levante, pero, lejos de enfadarse, me dijo escuetamente: “Ahora mismo estoy contigo”. De repente Cruyff se había quitado los ropajes de figura y se volvía accesible como si fuera un jugador que pugnara por abrirse camino. Cuando en realidad era alguien que ya estaba de vuelta de todo. Incluso de vuelta de la propia gloria. De cualquier incienso. El caso es que dejó la partida de dados que estaba disputando y aceptó el reto de volver sobre sus pasos, sus vivencias, sus sueños y su peculiar forma, entre romántica y mercantilista, de entender el fútbol. Visto de cerca, revestido de sinceridad, la dimensión del “tulipán de oro” adquiere otra realidad, una nueva consideración para quien le ha conocido distante y hasta despótico en su papel de “estrella”. Johan Cruyff se sabía al final del largo camino y por eso enfocó el diálogo desde la perspectiva de “vieja gloria”, que es el modo más agradecido de hacer recuento, de atrapar en unas pocas cuartillas una trayectoria que se quiere dejar como ejemplo:

¿Cómo fueron los inicios?

Yo vivía a dos minutos del campo del Ajax. Todo el mundo me conocía allí y los jugadores del equipo me dejaban entrenar con ellos. Era la época en que todavía no había ningún profesional “full time”: Piet Keizer y yo seríamos los primeros. Como tenía condiciones para el fútbol, me ficharon: cuarenta florines a la semana (unas mil pesetas al cambio) fue mi primer contrato. A los dieciséis años jugué un partido amistoso frente al Kaiselautern y al año siguiente ya era titular junto a los Keizer, Nuninga, Swart y Grott. El debut con el Ajax, al igual que con la selección holandesa, fue un sueño, pero recuerdo un partido contra el Liverpool, en 1967, al que ganamos por cinco goles a uno, que supuso el despegue internacional del fútbol holandés.

Captura

Vidal con Cruyff en un hotel del Algarve. Verano del 73 (Foto: A. Vega)

¿Cuándo empezó Cruyff a ser el “crack”?

Casi desde el principio. Puede decirse que nací líder, ya que a partir de los diecinueve años mi carrera fue meteórica. Además hay que reconocer que fue mi generación de jugadores los que hicimos del Ajax uno de los clubes más potentes del mundo, cuando antes de 1965 no contaba siquiera en Holanda. A partir de este año y hasta mi marcha al Barcelona en 1973, y lo digo con orgullo, no con vanidad, el Ajax ganó siete titulos de Liga, cinco de Copa, dos Copas de Europa, una Copa Intercontinental y multitud de torneos.

Habla de “su” generación de jugadores, así, con propiedad…

Es que yo era el portavoz de esta generación. Había que cambiar la mentalidad de muchas cosas en el fútbol holandés, quedaban muchas reivindicaciones por hacer, tales como contratos dignos, seguridad para el futbolista frente al despotismo de los clubes, y yo era el indicado para llevarlas adelante. Conmigo no se atrevían y tanto yo como el resto de los jugadores nos aprovechábamos de la situación. Pero también tuve problemas, en especial con la Federación, ya que si sólo he sido 49 veces internacional absoluto con la selección fue debido a muchas razones… políticas.

El despegue internacional del fútbol holandés se debe, pues, en gran parte a usted…

No soy tan engreído como para creerme esto. El despegue se debió a muchas cosas juntas, aunque a mi me asignaran el papel de estandarte de la nueva situación. Entre lo que influyó hay que contar una generación de figuras, un importante cambio de mentalidad de los dirigentes y la llegada del profesionalismo. Con la espalda cubierta el jugador rinde más.

La nueva generación de futbolistas holandeses –Jongbloed, Van Hanegem, Suurbier, Krol, Neeskens, Swart, Muhren, Hulshoff, Rep, Haan, etcétera– comandados por Johan Cruyff, que tenía un poco de la finura de Boniperti, las pinceladas de genialidad de Faas Wilkes, un atisbo del regate en largo de Di Stéfano, casi la precisión de Puskas, un parecido al dribling corto de Kopa y la seriedad de Bozsik, sorprenderían al mundo llegando a la final del Mundial de 1974. Holanda hasta entonces había sido una potencia muy modesta en fútbol, con una sola y desafortunada intervención en la fase final del campeonato del mundo de 1934, con derrota ante Suiza. Cuarenta años después, la historia había cambiado por completo y Cruyff sacó tajada de ello: llegó a la cumbre y dejó plantada a “la naranja mecánica”, que era el apodo que recibió el equipo nacional holandés por su fútbol total, implacable.

El Mundial de Alemania…

Fuimos sin grandes pretensiones. Faltaba unidad entre los componentes y solo cuando conseguimos esta unidad empezamos a tener aspiraciones, porque la máquina, el equipo, estaba. Pero nos faltó mentalidad de campeones, por eso perdimos la final, como acabaría perdiéndose la final cuatro años más tarde en Argentina, ya sin mí. Un Mundial no consiste en jugar bien tan sólo, es también un doscientos por cien de mentalidad de victoria.

Llega al mundial siendo jugador del Barcelona…

Una época fabulosa para mí, de las mejores de mi vida. Me sentía muy a gusto en el Barcelona.

¿Vino por dinero?

No. Mi marcha del Ajax se debió a problemas de envidia. Se imponía un cambio de aires y el fútbol español me interesaba como experiencia personal.

Hasta que de repente deja la selección holandesa y el Barcelona…

No estaba más a gusto con el fútbol en su vertiente profesional y lo dije. Me retiré un año, que fue algo muy positivo, ya que me devolvió el placer de jugar por jugar y no con la tensión de tener que ganar. Por eso marché a Estados Unidos, donde además de disfrutar jugando, tenía un programa semanal de televisión en que explicaba a los niños lo que era el fútbol.

Dejar la selección holandesa de fútbol con el Mundial de Argentina en puertas, ¿fue un nuevo pulso con la Federación?

Sí. A mi juicio se hacían muchas cosas rematadamente mal y lo denuncié. Puse como condición para mi vuelta al equipo que se cambiaran, en especial la enseñanza a los jóvenes futbolistas y la preparación de los futuros entrenadores, pero no me hicieron caso.

¿Quizá porque Cruyff había dejado de ser el portavoz de una generación?

Sí, claro. El resultado es que han desaprovechado mis consejos. El fútbol holandés está planificado como si fuera el trabajo en una oficina, falta libertad para el seleccionador, que incluso en ocasiones no puede llamar a ciertos jugadores por tener contrato con una marca comercial distinta a la que patrocima a la Federación. Una cosa de locos.

Y ya que tenemos tantas veces en la boca la palabra Mundial, o mundo, ¿ha sido Cruyff el mejor del mundo en una época?

No pienso en estas cosas, porque si lo hago es para enfadarme conmigo mismo, ya que esta fama ha sido una carga enorme para mí. He tenido que demostrar que era el mejor en cada partido, y eso no hay humano que lo aguante.

¿Tenía algún ídolo de niño?

Sí, sí… Alfredo Di Stéfano. Ha sido un futbolista completo.

¿Y algún defensa al que odiara?

Odiar es una palabra demasiado fuerte para el caso, pero sí dos que me hacían temblar cada vez que tenía que enfrentarme a ellos, y ambos veteranísimos ya entonces: el checo Masopust y el brasileño Djalma Santos.

¿Cómo desea que le recuerde el aficionado?

Quiero que me recuerde como un buen jugador que ha aportado algo al fútbol, y no como un “pesetero”, que es una falsa leyenda que circula por ahí, sin fundamento alguno. Lo que ocurre es que siempre me ha tocado ser portavoz de los problemas de los compañeros y esto desvirtúa las cosas propias. En España, por ejemplo, nunca he tenido sueldos mensuales ni primas por partido ganado o empatado, y sin embargo defendía a capa y espada las mejoras de estos derechos para los compañeros. Por eso la gente, seguro, debía pensar: “Ya está otra vez el pesetero de Cruyff pidiendo aumentos de sueldo”. Y lo comprendo. Pero quiero que quede una cosa clara: mis contratos eran siempre por una cantidad global.

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¿Y este triste final en el Levante, Johan… ?

Para mí no es un triste final. Nunca he ido a un sitio por obligación o por necesidad, y al Levante lo elegí porque me gustaba.

¿Por tener colores azulgrana como el Barcelona, quizá… ?

Por eso y por ser de una ciudad española tan importante como Valencia. Me gusta España, sus gentes, el sol, el mar, abrir la ventana y ver el cielo azul, estas cosas que hacen la vida más agradable y que quien las tiene a veces no sabe aprovechar.

La aventura española del Levante, poco clara al margen de sol y colores, acabó pronto para Cruyff, que volvió a sus orígenes con un conato de vuelta como jugador del Feyenoord de Rotterdam y finalmente como manager del Ajax. La desgracia es que en Holanda la nueva generación de futbolistas no tiene un líder, un portavoz del carisma, la popularidad y la estima que tuvo en su día Johan Cruyff, que en fútbol lo ha sido todo, pero especialmente cocinero antes que fraile. Sabiendo labrar, eso sí, desde aquellos míticos cuarenta florines semanales de sus inicios, florín a florín, una fortuna. Y un trono en el altar del fútbol mundial.

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Miguel Vidal

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