Luis Sánchez, Relatos cortos
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Fieras

Un relato de Luis Sánchez

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u apellido –eso lo supe bastante después de conocerlo– era Mochales; sin embargo, todos, en el pueblo, le llamaban Mocho, incluso don Adrián, el maestro, aunque por allí, por las aulas, aparecía poco. Era larguirucho, con flequillo grasiento de brillantina y los mocos, resoplando por aquella narizota violácea, que le encendía los carrillos cuando golpeaba el frío pelón.

“El padre todavía es buen mozo; pero El Mocho es un haragán que, además de vestir de cualquier manera, le falta el oremus”, decía mi madre levantando la mano al cielo.

–¿Y tú cómo sabes que es él? -me preguntó Juanito.
–Me lo ha confesado.
–¡Mentiroso!
–Entonces, si no ha sido él, ¿quién ha sido?, ¿eh? –le respondí, enfurecido por su inesperada desconfianza.

El último gato martirizado había aparecido pocos días atrás, en el andén de la abandonada estación, y con los mismos signos de sufrimiento que los dos anteriores: media cáscara de nuez pegada con cola rápida en las almohadillas de cada pie.

–Mañana, al salir del colegio, iremos a buscarlo.
–¿Para qué?
–Hemos de saber lo que planea.
–¿Y si El Mocho nos descubre?
–Iremos con cuidado, para espiar lo que hace.

Y Juanito asintió resignado, sabedor del tremendo peligro que encerraba aquella hazaña.

Durante una semana, los dos amigos, armados de valor y con sendos tirachinas, anduvieron al acecho. Llegaban hasta la masía del Corcal, donde vivía El Mocho con su padre, y permanecían ocultos entre la maleza hasta que lo veían asomarse… Y, entonces, una manada de ocho o diez gatos asilvestrados, de todos los colores habidos y por haber, salía a su encuentro. El Mocho les ponía una zafa verde con restos de comida y otra azul, con agua limpia.

–¿Para qué quiere tantos gatos, eh?
–¡Y yo qué sé!
–Pues ya lo sabes para qué –le dije a Juanito con voz temblorosa, pero justiciera.

Un día, tras la rutinaria faena de atender a aquellas fieras, se encaminó hacia la Frontera, un pequeño acueducto romano medio en ruinas que servía de puente entre dos mundos: los dominios de la masía y el abrupto monte.

–¡Vamos, no podemos perderle de vista!
–No, ve tú.
–¿Qué pasa, te cagas de miedo?
–¿Por qué tenemos que hacer siempre lo que tú digas?
–Soy el mayor, ¿no?
–Y entonces…, ¿yo qué?
–Como prefieras: lo echaremos a suertes –y una moneda de 2’50, entre la uña del pulgar y la yema del índice, quedó lista para decantar la balanza–. Si sale cara, gana el Señor y si sale cruz, gana Jesús.

Y la pieza de cobre subió al cielo mientras le quedaron fuerzas; pero, al poco, cayó con rabia para sentenciar el fracaso.

–¡Cruz!… Hemos de seguirlo; vamos, Juanito.
–Has hecho trampa.
–¿Te vas a rajar ahora, marica de mierda? ¿Eh?, ¡contesta!
–No.
–Pues arreando.

Cuando El Mocho cruzaba por aquel elevado pasadizo, con remate a dos aguas, una piedra salió disparada del mejor tirachinas y a punto estuvo de darle en la pierna izquierda. El chasquido de piedra contra piedra dejó un eco de amarga amenaza. El Mocho casi perdió el pie; sin embargo, confundido por el desafortunado ruido, no vio nada sospechoso al girarse, excepto el vacío que le llamaba desde el hueco de su sombra.

Juanito, consciente de que tentar la suerte más de una vez empieza por quebrar todos los sentidos, se negó a continuar con aquella aventura. Así que me quedé solo, en mis cavilaciones y pesquisas.

Todavía apareció otro animal más en la estación, torturado por ese descastado sin alma, que se relamía al oír el taconeo de un gato con botas, en un baile imposible. Y El Mocho desapareció durante varios días.

“Ya volverá”, soltó el padre, acostumbrado a las idas y venidas de su vástago. Pero la dilatada espera se fue convirtiendo en una búsqueda angustiosa.

–Esta mañana, bien temprano, la Guardia Civil lo ha encontrado sin vida. Llevaban perros y todo, no creas –me dijo mi madre mientras me servía el caldo del potaje.
–¿Y dónde estaba?
–En la Frontera. Allí, tirado, en la condena del barranco, como un cristo sin cruz. Debió de caerse…, o lo que fuera que le dio.
–¿Quién te lo ha contado?
–Rufino, su padre.

El día del entierro, Juanito no quiso sentarse en el mismo banco. Yo le miraba de reojo, con insistencia; pero él volvía la cara. En mis pupilas brillaba el claro reproche del abandono.

Al salir de misa, apretó el paso para zafarse de mí, pero fui tras él y lo seguí, lo seguí durante unos minutos… hasta que, al fin, lo agarré por el cuello del abrigo, en un recodo de la calle Larga, junto a la verja del convento.

–¿Qué pasa, Juanito?
–Nada –respondió con sequedad.
–¿Por qué te escapas?
–Déjame.
–Somos amigos, ¿no, Juanito?

Pero Juanito continuaba sin atreverse a levantar la vista. Respiré hondo, tragué saliva y le dije a media voz:

–Mira, Juanito, tú no sabes nada, ¿eh? ¿Me oyes? Tú no sabes nada, nada, ¿te enteras? ¡No sabes nada!

El sonido de las campanas retumbó en los oídos del convento. Y Juanito aprovechó la ocasión para salir disparado. Me quedé inmóvil, viendo cómo huía aquel renacuajo. Pero de repente se detuvo, se giró hacia mí y me gritó:

–¡Yo no sé nada! ¡Yo no sé nada! ¡Y tampoco sé que Rufino se veía con tu madre!

Y Juanito siguió corriendo hasta perderse por la angosta calle, lágrimas abajo.

*****

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Luis Sánchez

Luis Sánchez

 

1 Kommentare

  1. Paco Rozalén dicen

    Magistral prosa de un escritor maduro y poliédrico.

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