Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 48
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Editorial: El mestizaje imposible de Pedro Sánchez

Viñeta: Artsenal. Viernes, 4 de marzo de 2016

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   Editorial

Pedro Sánchez ha dado una de cal (nunca mejor dicho) y otra de arena en el convulso y complejo proceso postelectoral que vive el país tras el 20D. Acertó de pleno cuando hizo suyo el encargo del rey de formar Gobierno, poniendo en evidencia la espantada de Rajoy e invitando a las demás fuerzas políticas a sumarse a un pacto por el cambio. Pero cometió un grave error al firmar un acuerdo a dos bandas con Ciudadanos, vendiéndolo públicamente como si se tratara de los pactos de la Moncloa y sin someterlo al debate con los demás partidos. Ese papel no podía tener otra respuesta de Podemos e Izquierda Unida que levantarse de la silla y abandonar la mesa de negociación, máxime cuando algunos puntos del documento van abiertamente en contra de las cosas que Sánchez prometió en campaña electoral, como derogar la reforma laboral de Rajoy en su integridad y que jamás pactaría con las derechas.

Después de estampar su rúbrica en el papel, Sánchez unió su destino al de Albert Rivera, cerró la puerta a un posible acuerdo de izquierdas y erosionó buena parte del crédito que había obtenido al asumir su responsabilidad como encargado del rey para liderar un Gobierno. Y así llegamos al martes, día del debate crucial en el Congreso. Si Pedro Sánchez sabía de antemano que la presidencia del Gobierno era algo inalcanzable para él, porque no tenía apoyos suficientes, ¿para qué demonios se sometió entonces al Pleno de investidura? Primero para justificarse ante los suyos, para intentar demostrar que al menos lo había intentado y para que los barones y las bases del PSOE ratificaran que su líder había hecho lo correcto sin salirse de la senda trazada, o sea el pacto a la derecha con Ciudadanos. Y en segundo lugar para poner la pelota sobre el tejado de Podemos y emplazar al partido de Iglesias a una segunda fase de la negociación que, tras la alianza con Rivera, se antoja aún más difícil y tortuosa que la primera. Y mucho más complicada desde que Sánchez defiende que cuando Podemos vota en contra de su investidura vota a favor del PP, un argumento muy burdo que no cuela.

Cuando Pedro Sánchez firmó el pacto con Ciudadanos sabía que estaba cerrando el paso a un futuro acuerdo de izquierdas

Durante su discurso ante un hemiciclo abarrotado y tenso, el líder socialista trató de hacer ver que el traje de presidente ya lo tiene bien cortado, cuando lo cierto es que le viene grande por falta de sastres, y además presentó un extraño programa que pretende convencer a todos pero que no convence a nadie, salvo a Rivera. Al final, en un ejercicio de malabarismo político, Sánchez tendió la mano a Pablo Iglesias, cuando Iglesias, tras el pacto PSOE-Ciudadanos, ya solo piensa en clave de nuevas elecciones. Esa invitación a la formación morada para que se sume al pacto podría tener un sentido en temas como la laicidad de la educación pública, la revisión de los acuerdos con la Santa Sede, las leyes de aborto y eutanasia, la memoria histórica o la lucha contra la violencia machista. Sin embargo, cuando toca hablar de los grandes temas de Estado, como son la elección del modelo económico y productivo para los próximos cuatro años, la derogación de la ley laboral y la ley mordaza o el conflicto territorial con Cataluña y el País Vasco, no se aprecian diferencias claras con políticas conservadoras, por lo que el abismo entre ambos partidos se antoja insalvable. Sánchez jugó fuerte al estampar su firma junto a la de Albert Rivera, pero ha perdido en el órdago. No se puede estar en misa, gobernando con la derecha, y al mismo tiempo repicando con la izquierda por mucho que esté acuñando nuevos términos políticos como “mestizaje” y “transversalidad” para justificar su alianza pragmática con la derecha. El mestizaje es una cosa buena para la sociedad, para la literatura y hasta para el rock, pero en política es un fraude porque lo auténtico es la pureza de las ideas.

Mientras la izquierda escenificaba su odio fratricida, Mariano Rajoy asistía, como convidado de piedra, a la sesión de investidura

En su discurso de no investidura Sánchez repitió hasta la saciedad que desde ese mestizaje fraudulento traerá el “cambio de progreso”. En realidad el progresismo es un pragmatismo político que utilizan todas las ideologías políticas. El progreso es la filosofía que apuesta por el desarrollo social y económico de los individuos y no hay ninguna fuerza política que no lo quiera, desde el PP hasta Coalición Canaria pasando por el Partido Animalista. Todos incluyen en sus programas el término progreso, que queda muy bien, pero decir como dice el señor Sánchez que él y su partido son los artífices de un cambio de progreso en España es no decir nada. ¿Un cambio para qué? ¿Qué tipo de cambio? ¿Qué políticas y medidas concretas y reales están detrás del tan manido y sobado concepto de cambio que ha quedado ya como un eslogan, un cliché, un simple latiguillo que todo político suelta en algún momento para ilusionar al personal y captar votos? Se puede apostar por el cambio sin que el cambio lleve a ninguna parte, como sucedió con aquel PSOE de Felipe González, que acuñó el cambio y se quedó en cambiazo al coquetear con la patronal y la banca y prometer 800.000 puestos de trabajo que nunca llegaron. Se pueden cambiar muchas cosas para que todo siga igual, se puede liderar un cambio formal vacío de contenido, como ha sucedido en los últimos años de gobiernos del PP y del PSOE en España. De manera que convendría trazar una línea clara: una cosa es un gobierno de cambio progresista, que no pasaría de ser un chapa y pintura, un parche provisional que daría para ir tirando otros cuatro años de recortes y austeridad de la UE, y otra muy distinta es un gobierno auténticamente de izquierdas con transformaciones profundas en las estructuras caducas del Estado. Y ahí es donde Pedro Sánchez parece fallar, flaquear, no tenerlas todas consigo. El candidato a presidente socialista debería ser claro y conciso, decir de una vez lo que piensa, que no es otra cosa que el PSOE teme un gobierno de coalición con Podemos porque ve a la formación morada como un partido radical, poco fiable, y además es como meter al enemigo en casa, un temor más que justificado y comprensible puesto que a nadie se le escapa que el objetivo último del partido de Pablo Iglesias es comerse al PSOE y ocupar su puesto como referente de la izquierda española.

De manera que Sánchez no ha podido hacer otra cosa durante estos meses que ganar tiempo, jugar a la ruleta de la fortuna por si sonaba la flauta e Iglesias picaba el anzuelo. Pero Iglesias no ha picado. Iglesias podrá ser un líder por momentos duro, demasiado vehemente y hasta arrogante, pero tiene claro su programa para España. Sánchez no ha hecho otra cosa que dar bandazos, inventarse términos como transversalidad y mestizaje para convencer a unos y a otros de que se puede gobernar con todos en un Gobierno en el que esté Podemos y Ciudadanos, lo cual no solo es imposible, sino un engendro político. Pretender sumar a dos fuerzas tan radicalmente distintas como la morada y la naranja en un pacto a tres con el PSOE, como quiere hacer Sánchez, no solo es un pacto contra natura, sino que es algo tan surrealista como pretender formar un Gobierno de centro-izquierda-derecha. El señor Sánchez dice que a él le gustaría llegar a un pacto de izquierdas, pero que es imposible porque las cuentas no salen, lo cual no es cierto: hasta donde sabemos de matemáticas 161 suma bastante más que 130 y con las debidas abstenciones podría dar la llave, si no de Gobierno sí para relanzar las reformas que necesita el país. Sánchez lo ha intentado y eso está muy bien, pero intentarlo no es suficiente. Como estrategia de cara a unas nuevas elecciones puede que le dé un apaño, pero podríamos habernos ahorrado la función porque Sánchez es consciente de que salvo carambola con este programa no va a ser presidente. El líder socialista tendrá que aclararse de una vez por todas y apostar por una política económica liberal, que es la que ha firmado con Ciudadanos, o marcadamente de izquierdas, que es la que le propone Podemos. Sánchez tendrá que decidir entre dos cosas fundamentales: o hacer valer las siglas de su histórico partido, obrero y socialista, o renunciar a ellas para siempre.

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2 Kommentare

  1. Claudio dicen

    Cada vez Ciudadanos asoman más la patita, ahora a los chicos no les importa pactar con PP porque claro, la culpa de toda la corrupción de ese partido está personificada en el hombre de paja Mariano Rajoy. A Pedro Sánchez le han salido mal los números por mucho que tenga a todos los medios apoyando su descontrolado y errático pacto a costa de lo que sea. El PSOE ha traicionado sus siglas una vez más, la llegada de nuevos partidos (y no me refiero precisamente a Ciudadanos, que llevan diez años apoyando las políticas reaccionarias del Partido Popular en Cataluña) ha puesto en evidencia lo poco de izquierda que tiene ese partido, y el concepto centro como cajón desastre y sinónimo de equilibrio y equidad no cuela, centro es un eufemismo usado con vileza demasiadas veces.
    Por otro lado he perdido parte de mi tiempo leyendo el comentario de otro lector y no puedo más que aceptar precisamente eso, que he perdido mi tiempo. Quien considera que todo está perfecto como está y no hay que cambiar nada es que es ciego o participa de la corrupción, en cualquiera de los casos no puedo ni debo perder energías en ningún intercambio de pareceres.

  2. parvez dicen

    Pienso que el artículo está bien construido y razonado.
    Quizá deja poco claro que lo que Iglesias pretende es la RUPTURA, no el progreso ni el cambio.
    Tal como define el progreso, no todos lo entienden así, sin duda es un bien deseable.
    En cuanto al cambio ¿es algo beneficioso en sí? ¿Alguien cambia en su casa el frigorífico que le funciona perfectamente? Si: los muy ricos y los muy caprichosos. El cambio es beneficioso en aquello que no funciona y nefasto cuando se hace en lo que funciona.
    En España podemos considerar que tenemos los bloques clásicos “izquierdas” y “derechas” (y algún otro matiz), pero en este momento lo que realmente tenemos es dos bloques que van más allá de la ideología: “rupturistas” (Iglesias y afines y el “nuevo” partido Comunista, por mimetismo, ¿incluimos aquí a los independentistas?) y los demócratas constitucionalistas (algunos con pretensiones de retoques a la Constitución, pero no mucho mas) En este segundo bloque, claramente mayoritario, el problema es el odio cerval de Sánchez hacia el PP en la cabeza de su jefe de filas, alimentado por parte del PSOE.
    Para mí la clave está en elegir entre la Ruptura (más o menos controlada) ya que Iglesias nunca se resignará a no convertir España en “su paraíso” (¿venezolano?) o tragarse un poco la ideología y los sapos del odio y pegar el empujón que España necesita en este preciso momento (presida quien presida) con reformas en lo que lo necesite y continuidad en lo que funciona bien (social y económicamente), pues lo importante de la Nación son sus gentes y urge continuar saliendo de la crisis, ….. y cuando pase un tiempo (según los resultados de las elecciones) veremos si es el momento de la ideología. Pues, siendo muy importante la ideología, lo es mas el bienestar real de las personas.

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