Artsenal, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 49, Opinión
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Áticus hispánicus

Por Paco Cisterna / Ilustración: Artsenal

Francisco Cisterna

Paco Cisterna

“El Mundo no volverá a ser el mismo”, dicen que dijo el presidente de la Reserva Federal de EE.UU después de la caída de Lehman Brothers –mucho más fácil de pronunciar que PricewaterhouseCoopers, dónde va a parar–. Desde entonces, las premoniciones de Greenspan inclinaron a muchos inversores prudentes hacia la compra o alquiler de modestas buhardillas, esas donde antaño repicaba el cocidito madrileño de Pepe Blanco, hoy transformadas en titánicos áticos a punto de chocar contra el iceberg de la Justicia.

Humildes áticos que dan de sí para jugar con soltura un partido de baloncesto en el salón-très long mientras los espectadores degustan una pizza pepperoni en la chaise longue o celebran, en la terraza, un campeonato de natación sincronizada bajo la atenta mirada de Bertín en bañador. Aticus hispánicus donde los grandes hermanos se solazan entre el titilar de las estrellas y el champán de Armenonville (en este caso de Olivia Valère). Lujosas buhardillas que se alzan victoriosas sobre la testa destronada de la progenie franquista… “Y creo que he bebido más de 40 cervezas hoy… y baja por una tubería… y pasa por debajo de tu casa…”, se escucha cantar en el ático, y alguien llama a los vigilantes de seguridad, y los toreros salen muertos, envueltos en billetes de 500 euros y con un ERE clavado en sus espaldas.

El mar de Alborán ruge en el horizonte africano y los inquilinos del ático surfean a mano sobre tablas de planchar la ropa sucia billete a billete –qué tontería, a quién se le va a ocurrir esa idea peregrina–. Y Santiago –que lleva el santo incorporado en el nombre, y está hasta las conchas de tanto jubileo– cuelga el botafumeiro de la viga mayor del ático para esparcir el pesticida que expulse a las garrapatas del solar patrio. Entonces, el tiraboleiro mayor impulsa el incensario, con tal maña, que destroza la pared derecha de la buhardilla –es lo que tienen los tabiques de Pladur– para después rebotar en la cabeza del vecino, justo cuando se disponía a contar sus billetes con su máquina de contar billetes. Los inquilinos del ático quedan asombrados por la existencia de tal artilugio contador, pero el asombro a penas dura, pues el botafumeiro retorna impelido por la cabeza del malogrado vecino –antiguo coronel de Artillería, que no se desprendía de su casco ni para lavarse la cabeza–.

¡Que viene, que viene!, se oye jalear al unísono, y todos echan el cuerpo a tierra, que no por tierra, sino en mullida moqueta. Algunos se aferran tanto a la lana –virgen o argentina– que casi se atragantan con la pelusa. El botafumeiro regresa victorioso después de noquear al coronel, y pasa por encima de sus cabezas como un tornado –mi  agüita amarilla–, llevándose pelucas y bisoñés, y arrancando bigotes, tarjetas black, discos duros, ideas en diferido y malos pensamientos, para luego empotrarse en la pared opuesta y reventar la oculta caja B, que contiene el abecedario azabache de los apellidos innombrables.

La alarma en B de la caja B comienza a sonar estridente y desesperada. Cientos de papeles, como paracaidistas confeti, revolotean por los aires, y tres gaviotas teñidas de chapapote descienden sobre sus cabezas –mi agüita amarilla– y siembran la impoluta moqueta de rotondas, ITV’s, aeropuertos, urbanizaciones y monumentos al dislate. El ático es un negro parque temático. Monotemático. La Policía Judicial, después de cerrar las puertas giratorias, logra alcanzar la buhardilla con una escalerilla, porque el ascensor no funciona, les han cortado la energía giratoria por impago giratorio de las puertas giratorias.

Una avioneta Cessna ruge en la terraza del ático como el mar de Alborán. Bertín, en bañador, despide el vuelo, con rumbo a Peregil, en compañía de la cabra de la Legión, ataviada, también, con el bañador reglamentario. Las tres gaviotas negras, como tres tristes tigres desahuciados, escoltan a la avioneta en formación delta… Cuando llega la judicial, ya sólo son un diminuto punto, de plumaje blanqueado, en el horizonte de la costa suiza.

Qué razón tenía Greenspan, qué clarividencia privativa la del americano, lo que otrora fuera morada de humildes proletarios es ahora guarida de maulas y de otarios; que cándidos otarios y maulas estafadores siempre han ido de la mano, pues la picaresca de los unos y la candidez de los otros rigen y gobiernan los negocios de este mundo.

Meses después, alguien tuvo la genial idea de cambiar el nombre de la calle Nápoles o Sicilia –no sé, un nombre italiano– por el de Rue del Percebe, en merecido homenaje a Ibáñez. ¡Qué noche la de aquel ático!, recordarán los vecinos para siempre mientras pescan los restos del naufragio allá lejos, muy lejos…, en la costa suiza.

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Artsenal

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