Artsenal, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 48, Opinión
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Un pacto por el sentido común

Por Paco Cisterna / Ilustración: Artsenal

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Hay un banco naranja donde todos los partidos con comisiones y condiciones han abierto una cuenta. Cada uno intenta administrarla según su criterio, ideología o posible rédito electoral. Unos la blanquean con Vanish (o sueñan con blanquearla), otros son los dueños del banco (y están la mar de contentos), algunos intentan captar preferentistas para sus fondos de investidura, los menos aspiran a colar la dación autonómica en pago y otros son más partidarios de la banca cívica (o de nacionalizarla). Mientras tanto, el pequeño ahorrador va camino de perder, al menos, 6 meses de réditos.

Este tiempo de descuento sólo beneficia a las políticas del tijeretazo, favorece la resignación social y puede que hasta disipe los vapores del cambio. Ante esta situación de bloqueo, alguien tiene que ceder para que se alcance un acuerdo. Este término, tan sencillo, encierra mucha dinamita, y la metralla puede malograr muchos votos. Por si fuera poco, es muy posible que sobrepasar los límites de la paciencia popular sólo conlleve frustración. Y si las cuentas no salen, es probable que te veas obligado a pactar con el diablo. Ahora bien, primero debes negociar con el santo de tu devoción, salvo que ese primer contacto ahuyente a la parte más contraria pero necesaria para garantizar una investidura y un gobierno duradero que nos ahorre convocar elecciones 18 meses después. Hasta aquí, todo parece de sentido común.

Pero qué es el sentido común, ese sentido tan traído y llevado a los altares por las emergentes fuerzas del cambio y que ya forma parte del lenguaje mariano. Qué es ese sentido que todos poseemos, pero en el que no todos coincidimos. Veamos un ejemplo: es de sentido común ir vestido por la calle, o no pasear por parajes obscuros. Sin embargo, si nos encontramos en una playa nudista lo normal sería ir en cueros (de Loewe o Louis Vuitton, da igual, pero en cueros); también es muy común que los creadores busquen la soledad y la obscuridad de la campiña para reflexionar o componer sus obras (díganme ustedes si es de sentido común que Cela se encerrara entre dos biombos de cara a la pared durante un mes para escribir Oficio de Tinieblas, 5 o que Turner se amarrara, durante una tempestad, a lo alto del palo mayor de una nave para pintar luego su famoso cuadro). Parece, pues, que el sentido común no funciona de la misma manera en todas las situaciones ni con todas las personas. Ni qué decir de aquellos científicos que se convierten en cobayas de sus propios experimentos.

El sentido común, por tanto, es cambiante y obra en función de las diversas circunstancias e inclinaciones. El sentido común sería el sentir generalizado en el obrar de una determinada sociedad o cultura en una época dada. Un código simbólico compartido sobre lo que la mayoría de las personas considera un proceder adecuado o sensato. No se atiene a reglas, sino a lo que puede funcionar, con preferencia de lo razonable. Se supone que el sentido común nos ayuda a comportarnos de la mejor manera posible en cada situación, aunque no siempre coincide con la manera correcta. El sentido común, también, depende de no complicar excesivamente una situación. Si reconocemos que el sentido en cuestión se basa en la sabiduría popular, en el sentir común de un grupo o en lo aconsejable, el refranero sería su biblia.

Una vez definido, o casi, podríamos preguntarnos qué puede aportar el sentido común, tan en boga, a la situación política actual. Pues, seguramente, seguir el viejo refrán de más vale pájaro en mano que pacto volando. Si un náufrago deshidratado va por el desierto, es de sentido común que busque agua sin reparar en la etiqueta de la botella. Lo acuciante en una situación así es aliviar la sed. Atenuar el sufrimiento. Por supuesto que lo ideal sería encontrarte con tu marca de agua favorita pero, por desgracia, la coherencia y el sentido común no van juntos de la mano. La coherencia no alivia la sed, el sentido común sí. Es más, de una forma políticamente incorrecta, me atrevería a decir que la coherencia puede llevarnos a morir de pie antes que alimentarnos de contradicciones. Por eso, poco o nada tiene que ver con el sentido común.

¿De verdad creen los políticos que los españoles son incapaces de comprender que en un pacto –hablo de pacto, no de rendición– todos tienen que ceder? ¿Creen los políticos que los españoles confundirán coherencia con necesidad, o piensan que un exceso de sentido común les restará votos? ¿Es tan difícil de explicar un acuerdo por el bien común aunque dejemos de ser tan metafísicamente coherentes que no nos toquen La Marsellesa a cada paso que demos? La política se hace para mejorar las condiciones de vida de las personas, no para el Olimpo de las Ideas, ni para el Teatro del Mundo. La política es el arte de lo posible en una situación dada. Otra cosa es la ideología.

¿En aras de qué coherencia vamos a prolongar el sufrimiento de los desahuciados que buscan casa, de los parados que buscan empleo, de los niños malnutridos, de los pobres de solemnidad, de las listas de espera, de los hogares sin luz…, o ya se han olvidado que todos ellos eran el arsenal que se arrojaban a la cara en los debates televisivos?

Los partidos nacen y mueren, pero las personas seguirán luchando, con ellos o a pesar de ellos. ¡Qué no tengan tanto miedo! Es de sentido común.

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