Antonio Jorge Meroño, Número 48, Opinión
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Días de café y ansiedad en París

Pío Baroja, autor de Los últimos románticos.

Por Antonio Jorge Meroño

Cansado de leer tanto libro de Historia, y sin novedades literarias a mano, me dirijo a la estantería. A ojo, veo Los últimos románticos, de Baroja. Hace más de veinte años que no leo al escritor vasco que, me temo, fuera de la adolescencia se ve un poco de aquella manera.

Abro el libro y me encuentro con la siguiente firma: BCampillo, Linares, 1966. Así que la sombra me va a acompañar durante algunas horas, me va a ver desde mi mesilla de noche cuando deposite allí el ejemplar.

Lo cierto es que su sombra, desde aquel fatídico verano del 88, nunca ha dejado de acompañarme. ¡Echo tanto de menos aquellas charlas sobre la República, la guerra, sus años difíciles en Marruecos, su regreso a España, su última moderación, cuando votaba al PSOE de Felipe González!

¡Me quedan tan buenos recuerdos, momentos tan entrañables! De él me viene esa afición a leer libros sobre la República y la Guerra Civil. Sus dos años en el Frente de Teruel, al mando de un batallón de artillería. Aseguraba que creía no haber matado nunca a nadie con esos cañonazos. Le quedó sordera casi total en un oído y metralla en el cuerpo, sus cicatrices.

Linares, 1966. Puede que yo ya estuviera en el vientre de mi madre. Baroja va a ser un mudo testigo de todo esto. Comienzo a leer. La prosa de don Pío es deslavazada, su sintaxis abigarrada, como nos avisaba María Luisa en COU. Pero es entretenido: las peripecias de don Fausto en París, donde se topa pronto con españoles y bohemios franceses, muchos republicanos, otros, legitimistas.

Unas semanas después de tu muerte voy por primera vez a París. No hablo todavía francés, me entiendo en inglés. Me alojo en un hostal de la Rue Rennes. Recorro bulevares, la rive gauche, voy al café de Floire. Me parece que en cualquier momento se me va a aparecer Albert Camus.

Camino por las noches con ansiedad: tu recuerdo está muy presente. Hace 50 años estabas en medio de una espantosa guerra, a la que fuiste un poco por lealtad, un poco obligado.

Ahora yo me muevo torpemente por una ciudad grandiosa: hace calor, tomo bocadillos de queso y jamón york, bebo café. Todo es muy caro.

Rue Rennes abajo, de madrugada, siento otra punzada de ansiedad en el costado. Negrín no sabe qué hacer, las tropas “nacionales”, como ellos las llaman, se van apoderando de forma inexorable de todo el país. Azaña está muy abatido, escribe todas las noches su diario en esos cuadernos que guarda celosamente. Y tú aguantas, al mando de las baterías. El libro de Baroja debe estar en casa de la abuela, o quizá mamá ya lo ha llevado a su casa. Ahora lo tengo yo, con tu letra, BCampillo, Linares, 1966.

Han pasado 22 años: yo tengo ahora 21 y todavía no sé nada de las andanzas de don Fausto por París. He hablado contigo largamente de Ortega, Baroja, Unamuno. Te encantaban esos autores, me contagiaste tu amor por ellos. Ahora he leído Los últimos románticos y me ha gustado.

¡Han pasado tantas cosas! He vuelto a estar en París, ahora me defiendo en francés, y es raro que pase un día sin que piense en ti. El país vuelve a estar en una situación difícil: una crisis económica galopante nos golpea a todos, y un partido de derecha acérrima, en el gobierno, no hace sino empeorar las cosas.

Baroja, la guerra, París, una República que agoniza, el inexorable paso del tiempo. Evoco recuerdos con un bolígrafo negro. He vuelto a dejar el libro en la estantería. Tu firma aparece en otros ejemplares, de Valle, de Ortega. Se aproximan las Navidades. Ella te sobrevivirá once años, once años que nos regaló con su presencia.

Ahora la muerte se cernirá, tarde o temprano, sobre todos los que quedamos, como esos copos de nieve que caen al final de Dublineses, la película de Huston, pero jamás olvidaré esos días de cafés y ansiedad en París.

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