Humor Gráfico, Luis Sánchez, Número 47, Opinión
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Valencidio

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

Luis Sánchez

Este mundo no es perfecto. España no es un país normal. Y Valencia… “es la tierra de las flores, de la luz y del amor”, ¡chim-pom! Ahí vamos: para saldar las cuentas de la Generalitat –en quiebra técnica–, cada valenciano habría de apoquinar alrededor de 8.000 euros. Levante feliz, tócate la nariz.

Si a Miguel de Unamuno le dolía España, a Joan Fuster le escocía el País Valenciano. En cualquier caso, cuando ruge la tierra es porque está enferma. Y toda enfermedad debe tratarse.

El Partido Popular –un partido presidencialista y muy familiar, Mamma mia!– gobernó la ciudad de Valencia durante 24 años (seis legislaturas) y la Comunidad Valenciana durante 20 (cinco legislaturas). Y cuanta más corrupción salía a la luz, más besos y flores recogía el partido. Sí, señor. ¡Arriba la perversión social, la mayoría absoluta y los boniatos asados!, porque así lo pregona el caciquismo popular: “Quien no tiene padrinos, no se bautiza” y “Ande yo caliente, ríase la gente”.

Atención, caballero del alto plumero. Valencidio: suicidio de Valencia del Cid.

Todavía, a día de hoy, hay personas que, hipócritamente, se echan las manos a la cabeza y se preguntan cómo hemos llegado hasta aquí. Pues mire usted, mi osado chafandín, por un lado  está el partido que ha gobernado (el PPCV); luego están los que votaron a dicho partido y, por último, está el principal partido de la oposición (el PSPV-PSOE) que actuaba tarde, con tibieza y sin demasiado convencimiento (sus intereses tendría, ¿no?). Total, entre estos, esos y aquellos, la casa por barrer. Y cuando, al final, deciden barrer, pues barren para casa; al principio, con disimulo y después ya, con absoluto descaro.

Hasta hace bien poquito, los valencianos teníamos merecida fama de fiesteros, chismosos, derrochadores, ruidosos, barrocos, despreocupados, incendiarios (¡las Fallas!)… Pero, ahora, nos conocen en el mundo entero por la magra corrupción que, como la carcoma, todo lo destruye, mezclando caspa y serrín (desapareció el poder financiero valenciano, la RTVV y hasta el Valencia CF pasó a un inversor asiático: ¡no han respetado nada!). No se adoptaron las medidas oportunas cuando tocaba; y el asunto viene de lejos, ¿eh? (la borrachera de sangría y cemento, el desmán y la bicoca empezaron con Eduardo Zaplana y Terra Mítica). Claro, mientras corre el dinero, nadie pregunta de dónde sale (la compra de voluntades, obvio, es un fenómeno transversal, como los vasos comunicantes, que por algo estamos en la era de la comunicación); además, la megalomanía casa a la perfección con el espíritu barroco. Por cierto, el barroquismo no es más que simple y llana decadencia (exceso, para compensar la pérdida).

Echemos la vista atrás y leamos Bufar en caldo gelat (1869), el sainete de Eduardo Escalante, y después, Arroz y tartana (1894), la novela de Blasco Ibáñez, y pillaremos al alma valenciana desprovista de sus defensas: la pretenciosidad, la fachada, el escaparate, la impostura, la pose, el quiero y no puedo, el cagar por medio culo… En efecto, una sociedad –como la valenciana– que hace de la apariencia un valor, es más vulnerable a dejarse atrapar por los grandes eventos, las obras faraónicas, los cantos de sirena, los cantos rodados y el rodapié de los adosados. Y, ahora que andamos metidos en libros –¡necesitamos lectores inteligentes!–, no nos olvidemos de tres ensayos que son fundacionales: La llengua dels valencians (1933), de Manuel Sanchis Guarner; Nosaltres, els valencians (1962), de Joan Fuster, y Conflicte lingüístic valencià (1978), de Rafael Lluís Ninyoles. No tienen desperdicio y nos ayudarán a comprender, de verdad, quiénes somos y de dónde venimos, es decir, por qué somos como somos y nos pasan las cosas que nos pasan, pues da la penosa impresión de que la corrupción ha sido el único elemento eficaz que ha vertebrado al País Valenciano. Aquí, lamentablemente, el ocio (cervecita y playa, el modelo promocionado) acaba seduciendo a la cultura con demasiada facilidad (la carne es débil y el pescado, también). Responsabilidad y decencia: es la consigna. Sin catarsis, no hay regeneración social posible. Y menos mal que el resultado electoral del 24 de mayo trajo buenos aires.

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