Artsenal, Humor Gráfico, Javier Montón, Número 46, Opinión
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Se vende moto. Razón: Alberto Fabra

Por Javier Montón. Ilustración: Artsenal

Javier Montón

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Tan reacio a dar explicaciones a los ciudadanos y a los partidos de la oposición, que viene a ser lo mismo, es paradójica la repentina pasión charlatana del ex presidente de la Generalitat Valenciana, embarcado en una gira informativa que le ha llevado de plató en plató y de emisora en emisora para repetir con sus maneras de galán apolillado con novia nueva su canción favorita. Las líneas rojas se llama, un corte de la cara B, una suerte de chachachá abolerado que habla de un aparejador metido a político que sin comerlo ni beberlo, ni ganarlo en elección alguna, llegó a la presidencia del Consell en una etapa en la que el olor a podrido de la corrupción empezaba a inundar los escaños de las Corts. Con mano de hierro en guante de seda, el otro Fabra, el que de momento no duerme en Aranjuez sino que da cabezaditas en un mullido sillón de cuero del Senado, puso firme a su grupo parlamentario y obligó a marcharse a casa a todo aquel que estuviera implicado en casos de corrupción. Había alguno que otro. De hecho, llegaron a coincidir hasta 15 diputados con las manos en la masa, es decir, el 20 por ciento de la bancada popular. Casi todos prebostes con mando en plaza, políticos de primera línea, gentes con altas responsabilidades en el partido y en el Gobierno autonómico. Desde Ricardo Costa a David Serra, ahora de rrrrrabiosa aztualidad debido a su segunda imputación, Imelsa después de Gürtel y seguimos para bingo. De Milagrosa Martínez –nunca mejor puesto el nombre, enhorabuena a los papás– a Yolanda García. De dos ex conselleras jacarandosas como Angélica Such y Alicia de Miguel al trío de alcaldes de las comarcas del sur: Pedro Hernández Mateo, Luis Díaz Alperi y Sonia Castedo. No faltaban tampoco en el paquete Vicente Rambla, todo un ex vicepresidente primero, el mejor peinado que nadie haya lucido en el hemiciclo, raya a un lado que parece surco, ni Rafael Blasco, ex todo y para todo (fue titular de siete carteras; lo suyo siempre fueron las carteras, cuanto más llenas mejor), dispuesto también a todo como lo demuestra que haya sido el primero en obtener el sello de calidad de la condena en firme. Ocho añitos de nada por encabezar una red que, fiel a uno de los principios sagrados de la economía, se afanaba en redistribuir la riqueza: en concreto, canalizaba el dinero destinado a proyectos de cooperación en Nicaragua a sus propios bolsillos, o a los de sus compinches. O algo así dijo el juez.

Como aquellos que llegan a creerse sus propias ensoñaciones hasta hacerlas propias y jurar que las han vivido, Alberto Fabra, pobre hombre rico, está convencido de que él fue inflexible con la corrupción, cuando la realidad señala que los imputados se fueron levantando del sillón uno a uno y en orden, en un vergonzoso goteo que obedecía a los intereses procesales de los afectados y a las instrucciones de sus abogados más que a las órdenes del president. Quien no haya estado atento podría creer que él, presidente del partido en la Comunitat, despidió a su homólogo de Valencia, Alfonso Rus, sospechoso habitual, o que el escándalo del caso Ciegsa –las hemerotecas hablan de razonables sospechas de negocios oscuros desde hace muchos años– no ocurrió en una de sus consejerías. Que para subir al altar de los políticos sin mácula bastaba con apartar de sus cargos a los infectados pero no era necesario pedir perdón a los ciudadanos. Nunca explicó Fabra por qué la cacareada mano dura en las Corts perdía contundencia cuando se trataba de relevar a las mismas personas de sus responsabilidades en el partido. Es el mismo Alberto Fabra que un día se puso estupendo y se pasó una sentencia por el forro para cerrar RTVV con nocturnidad e incompetencia, desoyendo además los consejos, informes en mano, de alguno de sus asesores, sin darse cuenta, oh estadista de altos vuelos, de que esa decisión no era sino otro empujón que iba a ayudar a expulsarlo del palacio de Benicarló. El mismo ex presidente que luego defendió la cacicada esgrimiendo una disyuntiva perversa y falaz: o televisión, o colegios y hospitales.

Alberto Fabra pone la música pero la letra se la escribe la realidad, por mucho que en Madrid algunos “periodistasdereconocidoprestigio” que lo saben todo de la capital y sus contubernios pero absolutamente nada cien kilómetros más allá, confundan su sonrisa bovina con bondad de corazón y le compren la moto: “yo ya lo avisé”, “yo puse las líneas rojas”, “fui inflexible con la corrupción”. Y que se crean la imposible pirueta de proclamar que él, un president tan incapaz que le bastó con cuatro años para demostrarlo, no pone la mano en el fuego por nadie. Eso se piensa antes, que decía mi abuela.

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