Artsenal, Humor Gráfico, Número 47, Opinión, Xavier Latorre
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Monumento al corrupto

Por Xavier Latorre / Ilustración: Artsenal

Xavier Latorre

Xavier Latorre

Lo suyo sería erigir un monumento al corrupto desconocido. El político que se ha llenado los bolsillos mediante sobornos, comisiones, tráfico de influencias y favores diversos y que no ha sido pillado con las manos en la masa se ha librado de una buena. El robo a manos llenas con total impunidad tiene su mérito. Ese político, al que nunca conoceremos, tan aficionado a inaugurar obras, logrará que en el futuro lo nombren hijo predilecto de su pueblo y que rotulen en su honor una nueva calle de la población. Mientras, nosotros admiraremos, como corresponde, a ese ilustre personaje.

Ningún chivatazo, ninguna investigación policial, lo ha puesto, por suerte para él, en la órbita de ningún telediario. Se ha salvado de milagro. Sus hijos, y los hijos de sus hijos, vivirán como reyes, gracias a que ese señor, con nuestros votos, se ha puesto las botas. Su descendencia, eternamente agradecida, constituirá una fundación a su nombre para ayudar a estudiantes sin recursos económicos. Paradójicamente, ese prócer con su comportamiento mafioso se había fundido previamente, por la cara, el dinero de las becas universitarias y de muchas otras ayudas sociales.

El monumento al corrupto anónimo se le podría encargar al arquitecto valenciano Santiago Calatrava. Habría que erigirlo en suelo recalificado y con sobrecostes superiores al 30 por ciento como mínimo. El obelisco helicoidal o lo que sea podría emplazarse en Valencia o en Madrid, ¡qué menos! El diseño definitivo del monumento podría someterse al dictamen de varios jueces valientes que han hecho aflorar, ¡menos mal!, muchos delitos antes de que prescribieran. Los tipejos que se irán de rositas han demostrado, sin duda, ser los más listos de la clase con diferencia. La posteridad será toda suya, nunca de los inocentes a los que desplumó. ¡Vaya prohombres!

Cuentos chinos

Venía del quiosco. Llevaba un periódico de papel bajo del brazo y algunos peatones con los que me crucé me miraron de forma extraña. Ellos lo leían en el bar o en la peluquería; en casa utilizaban la tablet. Debían pensar que era un derrochador, un friki como los que todavía van al cine o que, quizá, no tendría ADSL en mi casa.

Al llegar a casa desplegué el periódico de papel, con el temor a que hubiera nuevo gobierno y que no estuviera reflejada la noticia en la portada debido a la diferencia horaria entre la rotativa y mi casa. Me muero de ganas por saber quién va a perder esta partida de póquer… Leer la prensa crea dependencia. Mi adicción a la letra impresa no la he podido curar ni siquiera con terapias alternativas.

Tras las páginas dedicadas a la actualidad política, leí preocupado que ha bajado un 70 por ciento la demanda de hostias en los conventos de religiosas españolas. De inmediato pensé que era porque pecábamos más y nos daba pereza confesarnos. El nuevo Papa, reflexioné, no se merecía esa masiva deserción de feligreses. Parecía como si nuestra materialista sociedad hiciera que algunos creyentes sintieran más devoción por los centros comerciales que por la parroquia, como si las compras fueran prioritarias a escuchar misa los domingos. Al leer la noticia con más detalle descubrí que todo se reducía a un problema económico: resulta que las hostias chinas han acaparado el mercado de las obleas. Las fabrican más baratas que nuestras monjitas. No respetan ni lo más sagrado. Su economía se ha vuelto omnipresente. ¡La industria china es la hostia!

Mañana al comprar el periódico lo envolveré en papel de aluminio, para que la gente deje de mirarme como un bicho raro; lo llevaré camuflado entre el pan y la verdura, viajará conmigo de incógnito. Y como cada día, mi quiosquero chino de cabecera volverá a preguntarme “cosas” de un tal “Maliano Rajol”. Señor mío, ¡qué cruz!

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