Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 47, Opinión
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Mi hermana Alicia

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

De pronto en una emisora de radio empieza a sonar Your song de Elton John y me veo en casa de la abuela Lola y está ese feo radiocasete encima del alto aparador alto, con su gran espejo, donde la madre de mi padre colocaba las fotos de todos nosotros, su familia: las de los vivos, muy pocos, pero también de los muertos, una larga hilera de niños fallecidos a los que no llegué a conocer, muertos mucho antes de que yo naciera, antes de que naciera ella, mi hermana, a la que le pusieron un nombre con sonido “z” que mis abuelos nunca supieron pronunciar: Alicia. En ese radiocasete de mi tío José Manuel (tan moderno, el tío, para la época) recuerdo haber escuchado por primera vez una canción en un idioma que no era en el que Estrellita Castro decía las coplas y preguntarle al padrino de quién era aquello cuya letra no entendía pero cuya melodía me había atrapado de tal manera que juraría que el hombre estaba cantando sólo para mí.

Conduzco y los ojos se me llenan de lágrimas y empiezo a llorar de una manera compulsiva y tengo miedo de tener un accidente y me paro en una gasolinera e intento calmarme. Y recuerdo aquella foto que nos hicieron delante de un aparador en otro comedor, el de la casa de la calle Pedro Alcázar. Mi madre se empeñó en comprarnos un vestido igual y nos plantó delante de la mesa con una tarta y una vela porque era o fue el cumpleaños de mi hermana (jamás hemos sabido organizar esas celebraciones). Ella, tan pequeña, apoya los brazos en la mesa. Si no fuera por los pendientes y el vestido, parecería un niño, con su oscuro pelo corto y su carita morena. Yo bajo la vista, demasiado insegura, como siempre, para mirar directamente al objetivo. Escucho a Elton John y se me representa nítidamente esa imagen: mi hermana y yo, sonriendo a la vida, como si nada malo pudiera pasar jamás. “Qué maravillosa es la vida mientras estás en el mundo”.

Ahora que tengo edad para poder ser la madre de esa niña de pelo negro de la fotografía; ahora que, de hecho, soy madre de una niña morena y de otros hijos que han heredado los ojos grandes y profundos de la tía que nunca conocieron; ahora, que me despierto sobresaltada en mitad de la noche sabiendo que a ellos tampoco podré protegerlos (guárdales, Señor, de todo mal); ahora, que han pasado treinta y cinco años y a pesar de haber puesto tanto empeño en drogarme, en destruirme, en herirme, en procurarme un castigo, cualquier castigo, todos los castigos. Ahora, que me he asomado al vacío y he estado a punto de caer, tampoco encuentro alivio. Ahora, después de tantos años arrastrando esta pesada carga, esta piedra en el corazón, igual que un escarabajo hace rodar su bola de mierda; ahora sé que ese dolor y esa culpa siempre van a estar ahí, como un pájaro negro permanentemente picoteando mi cerebro y alimentándose de mis pensamientos, una sombra pegada a mis pasos. Ni siquiera la falta de pudor que demuestro al escribir esto mitiga este dolor que es como una herida abierta en mitad del pecho: un cuchillo clavándose en la carne blanca y cortando tendones y órganos vitales a su paso, alcanzando lo más profundo del corazón.

Pienso en mis hijos y me aterroriza no poder librarlos tampoco a ellos de la pena de esta vida. Sólo espero que esa verdad no les sea revelada violentamente, como le ocurrió a aquella niña de 13 años que era yo una noche demasiado cálida de septiembre. Sé que el mío es un dolor vulgar e inútil, que no me ha hecho mejor ni tampoco me ha abierto las puertas del conocimiento. Soy igual que millones de personas que han pasado por el trance de perder a un ser querido, sean cuales sean las circunstancias. ¿Qué derecho tengo a escribir con esta impudicia?

Pero su vida está congelada en un retrato que yo venero, como mi abuela veneraba a sus sobrinos muertos, sus rostros expuestos tras un cristal. Para no olvidar. Porque hubo una vida antes de su ausencia y fue muy corta.

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