Aitana Castaño, Número 46, Opinión
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La clase de las Comadres

Por Aitana Castaño 

AITANA CASTAÑO

Aitana Castaño

Hartas de andar de casa en casa y creyendo que tenían ante ellas la oportunidad del siglo, alquilaron un piso enorme, casi señorial y céntrico muy cerca de la Plaza de los Chorizos. No les costó dar con él y lo que fue aún mejor, ni siquiera les costó negociar un alquiler barato. El propietario, el hijo de un fallecido y reconocido industrial dueño de minas y fincas, tenía poco interés en su vida y mucho en deshacerse de la carga de la vivienda así que ni siquiera les pidió explicaciones. “El alquiler son 30 pesetas. Alguien vendrá a cobrarlas el día 8 de cada mes”. Fue lo primero y último que les dijo antes de entregarles las llaves y esfumarse. Nunca firmaron un contrato… A las 9 de la mañana, cada 8 de mes, un chiquillo acudía puntual y educado a la academia. Traía una cartera que abría ante ellas. Allí le metían las 30 pesetas. Volvía a cerrar el macuto y se iba con un gracias en los labios. Nunca supieron su nombre.

Los comienzos fueron caprichosos. Porque un capricho fue que doña Catalina, la elegante señora del Tercero, quisiera cambiar los muebles del comedor casi el mismo día que ellas abrieron su academia en el edificio:

–Dígales a las chicas de abajo que si quieren las sillas y la mesa. A mí ya no me sirven.

–¡Pero señora! ¿A esas dos mujeres que están solas le va a dar estos muebles tan bonitos y con esta madera?

–También estoy sola yo, Herminia, y no veo que a ti te disguste tanto. ¡Dígaselo!.

Capricho también fue que la primera en pasar por delante de la academia fuera fuera Julia la mujer de Pechón el electricista.

–Os digo yo que os lo hace gratis, reinas. Vamos que si os lo hace gratis.

En cuanto se corrió la voz de que abrían sus clases, empezaron a recibir matrículas. Y también alguna amenaza. “Dos mujeres solas. Debería daros vergüenza”. “Y a vuestros maridos más”, oían continuamente en la calle a su paso. No les importaba lo más mínimo. Y a sus maridos menos.

Ofrecían buenos precios y un horario flexible. Lo primero les llenó los turnos de mañana y tarde de hijos de familias mineras que necesitaban un empuje para llegar a la tan ansiada formación profesional, también –por supuesto– la universidad. Lo segundo, el hecho de que la academia abriera casi a cualquier hora, completó el turno de la noche con mujeres de todas las edades. Era una clase de 12 de la noche a 3 de la mañana. Tres horas al día durante el tiempo que fuera necesario hasta conseguir el graduado escolar.

Era “la clase de las Comadres”, como empezaron a llamarlo en el pueblo a las primeras de cambio.

¡Feliz Día, Comadres!

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