Antonio J. Gras, Gastronomía
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Desde la frontera: De Tenerife a Andorra, dos maneras distintas de encarar el futuro turístico

Andorra, un destino que ha ido perdiendo fortaleza gastronómica por la pésima gestión.

Por Antonio J. Gras. Viernes, 26 de febrero de 2016

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Gastronomía

¿Qué es lo que hace que destinos turísticos se consoliden, no sólo como meta de viajes, de placer y ocio, sino además que lleguen a alcanzar el valor de destino gastronómico? La respuesta me parece sencilla, a la vez que compleja y engañosa. Pero la formación es una de las bases fundamentales para poder querer estar en ese espacio donde sobreviven los elegidos.

La formación como estrategia de futuro parece un método que ha tenido éxito en aquellas zonas que lo han practicado en la última década: Valencia, Asturias, Galicia o Andalucía son un buen ejemplo. En el último decenio, España ha pasado de creer que iba a habitar por siempre la cúpula gastronómica mundial a tener que lidiar con una muy seria competencia que además de venir de un pasado de glorias gastronómicas (Francia, Italia o Alemania) han sabido adaptarse y mejorar sus ofertas para estar a la altura de eso que siempre quiere el público, pese a que resulta cambiante por las tendencias y las modas que también la gastronomía sufre y tratan de imprimirle.

Si el deseo del viajero es llegar a conocer y poder atrapar durante su visita el espíritu de la geografía a la que se ha viajado, la gastronomía y el turismo hacen que esos viajes tengan más ópticas desde las que ser vistos, además de ser disfrutados y conservados en una memoria selectiva por la cantidad de referencias que día a día son puestas en el escaparate de los deseos como nuevos objetos y que, con una avidez sólo propia de estos tiempos inseguros y cambiantes, deben ser integrados en las colecciones de recuerdos y emociones que todos debemos mostrar como únicos.

Tenerife era uno de esos destinos que durante muchos años el turismo de viajes de novios y de vacaciones ocupaba. Pero la visión de haber comprendido que la gastronomía no sólo iba a atraer más clientes y de un nivel adquisitivo más alto, ha hecho que exista una preocupación por mejorar la formación de sus profesionales del sector, y además ir entrando dentro de un panorama cada vez más amplio.

No sólo por su riqueza enológica, recordemos que Tenerife isla (no hablo de la provincia, donde se ampliaría el número) no solo disfruta de la extraña fortuna de contar en sus tierras con cinco denominaciones de origen –Abona, Tacoronte Alentejo, Valle de Güimar, Valle de la Orotava e Ycoden-Daute-Isora–, sino de la peculiaridad de su ubicación, donde el rico océano que la rodea y una agricultura muy concreta sirven de base y alacena para una culinaria que, fijándose más en lo interior que en la despensa exterior, está consolidando una realidad que ya se abre paso en guías gastronómicas mediante restaurantes y cocineros abanderados de un decidido paso hacia la evidencia de que, también gastronómicamente, Tenerife tiene mucho que decir.

La guía Michelin o la guía Repsol, entre otros receptores de realidades gastronómicas, evidencian que hay un presente al que hay que prestar atención, Y que se ha conseguido gracias al interés por parte de los gobiernos autonómicos en, primero formar para que el sector turístico tenga la atención que merece, y posteriormente que vayan destacándose por su propios méritos aquellos locales que consiguen traspasar las fronteras locales.

Concurso y muestra que ha ido moviendo a figuras de la gastronomía nacional, para que expongan sus técnicas y sus conocimientos para todos aquellos que quieran hacer oído a las enseñanzas, y luego ir poniéndolas en práctica en sus espacios de trabajo y creación.

Pero frente a esta ideología de apoyo a las bases para que fortalezcan el futuro y puedan crear una sólida defensa de un sector verdaderamente preparado y actual podemos encontrar una opción, la de Andorra, que ha ido perdiendo fortaleza gastronómica, muy penada por la pésima gestión empresarial que no ha querido reinvertir en sus establecimientos, convirtiendo los trabajos de hostelería y restauración en un pastel que se ha ido desmoronando poco a poco.

Este sueño de los justos que vive Andorra, donde ninguno de sus establecimientos brilla en ninguna guía como referencia para poder organizar viajes gastronómicos, se ve sustentada por un equipamiento técnico que sigue a años luz de lo que debería ser para un país que quiere hacer del turismo, ya sea el de nieve, el de deporte alpino, o sencillamente el de ocio y de compras, un verdadero motivo y excusa para acercarse hasta él.

Si en los últimos años la crisis turística ha hecho mella en la sociedad andorrana, no ha habido una reflexión adecuada para tratar de relativizar y sofocar, con formaciones adecuadas, las problemáticas que el sector necesita en el principado.

Desde sueldos bajos, pasando por horarios desmedidos o una calidad muy decadente del producto que se ofrece, han ido empobreciendo una hostelería que debería ser capaz de no sacar los colores a un turismo dispuesto a gastar dinero y disfrutar.

Del trinomio que ha sustentado al país en los últimos tiempos –banca, compras y turismo–, las dos primeras están en clara recesión y el turismo no sabe adaptarse a las necesidades que los tiempos, cada vez más competitivos, están exigiendo. Dos ejemplos que nos pueden hacer reflexionar sobre un sector que siempre tiene que tender a renovarse en calidad e imaginación, en técnicas y sostenibilidad, porque ello es lo que piden las personas que viajan. No encontrar el más de los mismo, sino hallar la particularidad que hace diferente y único el lugar que visitamos.

Si la moda enológica ha hecho que aparezcan cuatro firmas que en estos momentos ofrecen pequeñas bodegas que ofrecen viñedos donde la producción presume de ser una de las que se realizan a mayor altura de Europa, el resultado son vinos de precio muy alto y que les resulta difícil competir con otras denominaciones, españoles, francesas o portuguesas, que por su calidad y línea de precio, van haciéndose con el mercado, quedando esos vinos, de una calidad singular, más como objetos de regalo que de referencia.

Hay en estos momentos en Andorra la necesidad, y el proyecto, de instalar escuelas de cocina y de dirección hotelera, que ayuden a reducir este déficit. Pero los tiempos se alargan, las promesas no se cumplen y el defecto se mantiene. Consiguiendo que la crisis, de calidad y económica, se ahonde día a día.

Si una sociedad no tiene la sana precaución de fomentar la formación y el estudio dentro de los más diversos sectores que sirven para articular una correcta puesta en escena social, no podremos tener futuros que amplíen los que hemos vivido y sólo nos comeremos los recursos que han ido generado, pero que no se han llegado a renovar lo suficiente como para abrir visiones y caminos diversos, novedosos y alejados de tics y males que constriñen los crecimientos sociales.

Tenerife y Andorra se convierten, así, en dos ejemplos perfectos para visualizar cuáles son los caminos que sí y no se deben de practicar. Los resultados nunca se hacen esperar.

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Antonio J. Gras

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