Humor Gráfico, José L. Castro Lombilla, Lombilla, Número 46, Opinión
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Carta a Gurb

Por J.L.Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

J. L. Castro Lombilla

Estimado Gurb:

Con respecto a la polémica suscitada por el cubrimiento de algunas obras de arte en Roma, yo creo que si la gente conociera la triste historia del presidente de Irán comprendería que este santo varón tiene razones más que suficientes para no querer ver órganos sexuales ni en pintura. Te la voy a contar para que tú mismo juzgues:

Hasán Rohani nació circunflejo de las dos piernas, y eso quieras que no es algo que se nota muchísimo, por eso los padres para disimular no le pusieron de nombre Antonio, que es lo normal en estos casos, sino Margarita.

Y gracias a esa estrategia nominal Margarita creció feliz… ¡hasta los doce años! Sí, Gurb, porque justo el día en que cumplía sus doce añitos, como si le hubieran echado al pobre niño una maldición, su vida, ay, se truncó para siempre…

Hasta el día en que cumplió doce años, Margarita había pensado que la parte de su cuerpo con la que hacía pipí se llamaba colita, pues siguiendo las enseñanzas del Corán así se lo habían inculcado sus padres. Pero ese malhadado día, uno de los amiguitos que Margarita había invitado a su fiesta de cumpleaños, José Luis Ahmadineyad y Bofarull, le dijo que se había enterado por un ornitorrinco delicuescente que la colita no se llamaba colita sino pilila… ¡Y no te puedes ni imaginar lo que aquella revelación terrible significó para Margarita, Gurb!

N´est pas possible!! —dijo él mesándose los cabellos, rasgándose las vestiduras y cayendo al suelo de rodillas mientras miraba al cielo con sus ojos, los siete, encharcados de lágrimas.

Después de aquella patética lamentación, Margarita decidió cortarse aquella cosa que tan feliz le había hecho cuando jugaba a tocarse con sus amiguitos en el recreo del cole llamándola inocentemente colita, pero que ahora le parecía algo ajeno a él. Así, diciendo amargamente «Doce cascabeles lleva mi caballo por la carretera y un par de claveles al pelo prendío lleva mi romera…», Margarita se cortó la pilila y la enterró en el jardín de su casa creyendo que de esta forma todos sus males se habían acabado. Pero hete ahí, Gurb, que el pobre niño Margarita se equivocaba, pues de igual forma que de los dientes de dragón que enterró el mitológico Cadmo nacieron bravos guerreros, sin que sepamos qué ocultos sortilegios obraron el milagro, la pilila enterrada de Margarita germinó una barbaridad y de ella salió una enorme, resplandeciente y fresca pilila que nada más ver al muchacho le dijo poniendo la voz de Brigitte Bardot: «Je t´aime, moi non plus».

Como no podía ser de otra manera, el amor nació inmediatamente entre Margarita y la enorme pilila y, a pesar de la diferencia de edad, a los pocos días se casaron. La vida volvía pues a sonreírle a Margarita. El niño se buscó entonces un trabajo como rododendro vituperable y con el sueldo que ganaba vivieron felices muchos años él y su esposa la pilila gigante. Hasta que un día, sí Gurb, otro malhadado día como el del cuarto párrafo, el pobre niño Margarita al llegar a su casa se encontró a su esposa la pilila gigante acostada con una vagina espongiforme. «¡No es lo que parece, cariño…! Sólo estamos charlando y escuchando discos de María del Monte…», decía la pilila mientras Margarita, presa de una ira irrefrenable, con los ojos inyectados de sangre les espetó algo que jamás olvidarían las dos amantes: «Hay que ver…, hay que ver».

Después, lógicamente, les juró odio eterno a todos los genitales y se fue a preparar unas oposiciones para presidente de república islámica que es lo que manda el protocolo en estos casos. Y cuando las hubo aprobado, sacando además un notable alto en la prueba práctica de “ejecución asquerosita y sumaria”, como eso de llamarse Margarita siendo presidente de una república islámica no le parecía bien, se cambió el nombre por el que todos le conocemos de Hasan, que desde luego hace mucho más bonito, las cosas como son…

Y esta es, chispa más o menos, Gurb, la historia que demuestra por qué este hombre es más tonto que abundio.

Tuyo afectísimo

José Luis Castro Lombilla

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