El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 46, Opinión
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Holocausto zombi en el PP

Por José Antequera / Viñeta: El Koko Parrilla

José Antequera

José Antequera

Me lo ha dicho Elpidio Silva, el juez que quiso entrullar al banquero Blesa, tal que hace un momento. “La política se ha convertido en una cosa de muertos vivientes”. Y no puede estar más atinado su señoría en el análisis. La corrupción que ha estallado, ya sea valenciana, madrileña o de Boadilla del Monte, ha aflorado toda una fauna pestilente del inframundo, una galería de monstruos que estaban ahí, subterráneos, ocultos, apestillados como orcos tras las almenas de ayuntamientos y diputaciones provinciales, auténticas fortalezas infestadas de vampiros vividores y chupasangres varios. Los agentes de la Guardia Civil, armados con mandamientos judiciales, estacas y ajos de Cuenca, han emprendido una valiente cruzada con registros incluidos contra estos freaks que no se habían visto antes, unos seres mostrencos feos de cojones que han salido de las cloacas del Estado, de las alcantarillas del partido, de los sumideros de la democracia, de todas partes, y que nos rodean por doquier con su hedor pestilente a dinero putrefacto y sucio. España entera está plagada de muertos vivientes con carné de militante, engendros que antes comían caviar y ahora se comen años de cárcel, bestias inmundas que rugen por su inocencia, que van dejando un rastro de hiel por la calle, con sus almas corrompidas, sus muecas grotescas y sus repugnantes papeles judiciales bajo el sobaco. Ahí está Rus, el monstruo de los dos millones de peles, Superman tramposo del manhattan levantino, con su carcajada paleta y cacique y su señora colgada del brazo como un papagayo rubio, esa chica Almodóvar rural, repintada y a botellazos que acompañaba al draculín en todos sus mítines esperpénticos. Ahí está Marcos Benavent, el yonqui que se quiere dejar el tema, el arrepentido que ha terminado haciéndose jipi para redimirse, siquiera un poco, y purgar sus delitos budistamente.

Vivimos un auténtico apocalipsis zombi, una mala película de terror de serie B, en Valencia todo era en B, como los sobres bajo manga que repartía el partido entre sus honrados ladrones cada domingo de maitines después de misa de doce. Nos han invadido, sin compasión, seres extraños, horteras, horribles, como en el video aquel de Michael Jackson, solo que con Rita moviendo sus carnes falleras al grito de thriller, thriller, entes de otros mundos que se habían hecho fuertes en la Transilvania del Turia levantada con el falso cartón piedra de Calatrava. Ahí estaban Ortiz y Castedo, mantis religiosas que se amaban locamente en fiestas de pijama y orinal, especímenes raros que se devoraban en el abismo de la noche entre comisión frugal y copazo Brugal; ahí estaba Carlos Fabra, bucanero de parche en el ojo que metía el garfio en el cazo de Hacienda, holandés errante que pilotaba el partido como un buque a la deriva. Esto ha sido una verdadera pandemia de criaturas fantásticas, un bestiario de tontos y avariciosos, un sindiós de bichos y muertos vivientes que ni el mejor Poe hubiera podido imaginar para sus geniales relatos góticos. Engendros que “cosecharon los frutos maduros de su perdición”, ya lo dijo el genio de Baltimore, como Urdangarin y la infanta Cristina, príncipes azules que, como en los cuentos de Grimm, cambiaron la vida cómoda de palacio por la prófuga de sapos penitenciarios; como Joda Pujol, marciano enano que hablaba de los paísos cuando pensaba en paraísos mientras se comía el partido a mordidas del tres por ciento; como Rato, roedor de yate cazado por los paparazzi cuando se hacía un calvo de oro; o como Blesa, caníbal de ancianitos y enfermos, Hannibal Lecter de la genocida banca española.

Y para qué seguir, para qué insistir en esta plaga demoniaca que hemos padecido en silencio, como las hemorroides, durante tantos años. No, qué va, lo de España no ha sido un simple problema de corrupción que se ataja con cuatro jueces y algunos policías valientes, lo de España ha sido una epidemia imparable que se ha propagado como el virus del zica, un apocalipsis de infectados, unos seres malignos que se han estado comiendo por los pies al pueblo honrado, sereno, hambriento. En el XIX la gente se moría de tuberculosis, hoy se muere de dulce avaricia. Así que, amigo lector, mucho cuidado cuando salga esta noche de farra, porque todavía quedan muchos engendros de todo tipo merodeando sueltos por ahí: tesoreros chupacabras, concejales robacarteras, alcaldes carnívoros y presidentes sacamantecas. Especies peligrosas todas ellas, gentes de traje y corbata que parecen muy decentes y muy honestas pero que dentro de sí llevan al monstruo atroz, al monstruo que se nos ha comido el dinero, la esperanza, el futuro. Y hasta el alma.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla

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