Alicia García Herrera, Literatura
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Tolkien y la magia de los cuentos de hadas

Los personajes de la saga de ‘El señor de los anillos’ nos hablan de nosotros mismos.

Por Alicia García Herrera. Martes, 5 de enero de 2016

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  Literatura

“Tras la fantasía existen voluntades y poderes reales que no dependen de las mentes e intenciones de los hombres”

J. R. R. Tolkien,  Árbol y hoja y el poema Mitopoeia.

El nombre de John Ronald Reuel Tolkien ha quedado ligado en el acervo cultural popular a una de las mejores sagas que nos ha ofrecido la literatura del siglo XX, The Lord of Rings (El señor de los anillos). Este hecho no supondría un obstáculo si aceptamos que la obra citada es menos una creación fantástica propia de lo que algunos califican como un género menor, la literatura juvenil, que una actualización y revitalización de la epopeya clásica, como se reclama desde la comunidad académica. Por esa razón, si atendemos a los dictados del profesor Eduardo Segura, uno de los mejores especialistas mundiales en la obra de Tolkien, las creaciones tolkienianas no deberían colocarse en el mismo anaquel que otras narrativas propias del género fantástico, como la serie Dragonlance (Weis y Hickman), Terramar (Le Guin) o, más recientemente, la saga protagonizada por el niño brujo diseñado por J.K. Rowling (ver Segura en Tolkien: de la Tierra Media a Hollywood, Fundación UGR-Empresa). Es el mismo error, creemos, en el que se incurre cuando además se añaden a esa misma estantería los Viajes de Gulliver (J. Swift), Alicia en el País de las Maravillas (L. Carroll), Moby Dick (H. Melville), La Isla del Tesoro (R. L. Stevenson) o incluso sorprendentemente Cuento de Navidad (C. Dickens), por citar tan solo unos pocos ejemplos. Pero si llamamos obstáculo a la asociación de Tolkien a The Lord of Rings, a lo que ha contribuido sin duda el cine con la magnífica adaptación de Peter Jackson, es debido a que la importancia de los trabajos del autor en el ámbito de lo fantástico –no sólo The Lord of Rings sino The hobbit, The Silmarillion o The Adventures of Tom Bombadil and Other Verses from the Red Book, etc..– eclipsan su labor como profesor universitario, ensayista y filólogo, labor en absoluto desdeñable. Y no lo es precisamente gracias a trabajos como On fairy-stories (Sobre los cuentos de hadas). Este ensayo fue escrito para una conferencia impartida en 1938 en la University of St Andrews. Años después, en 1964, esta misma obra sería publicada en el volumen Tree and leaf al que también se incorporó Leaf by Neagle, que ejemplifica en forma de cuento las reflexiones contenidas en el ensayo –para muestra un botón–. La lectura de este trabajo resulta imprescindible para todo aquel que se quiera adentrar en los entresijos de la creación literaria y se pregunte, como hacemos nosotros, por qué los fairy tales, los mal llamados cuentos de hadas, han sido injustamente relegados a la habitación de los niños, como ya lamentara Chesterton en su momento, y por qué resulta tan importante llevarlos de nuevo al salón.

Todos tenemos una intuición más o menos clara de lo que es un “cuento de hadas”, intuición deudora en cierto modo de la difusión escrita, desde los últimos años del siglo XVII y durante el siglo XVIII, de los Contes de ma Mère l’Oye de Perrault, los cuentos de Madame Leprince de Beaumont, algo menos conocida, o especialmente las recopilaciones del folklore que hacen los hermanos Grimm durante el siglo XIX. Los cuentos de hadas parecen quedar referidos en el imaginario colectivo a cuentos de príncipes y princesas que a menudo encierran una enseñanza moralizante y tienen un final feliz. No es tarea fácil elaborar un concepto de “cuento de hadas”, expresión que, como se observa, aglutina dos palabras distintas que forman una palabra compuesta con significado propio. Al comienzo de su ensayo Tolkien advierte ya de esta dificultad. De hecho, el Oxford English Dictionary no define propiamente los fairy-tails. El autor refiere una primera cita en el suplemento datada en 1750, que conceptúa el cuento de hadas en su primera acepción como un cuento sobre hadas, lo que reenvía al concepto de hada o fairy, “a small imaginary being of human form that has magical powers, especially a female one”. No obstante, lo que sea un cuento de hadas no depende de que éstas intervengan propiamente en el relato. Es más, siguiendo a Tolkien, en los cuentos de hadas ni siquiera es necesario que aparezcan las hadas.

Entre nosotros, el diccionario de la RAE tampoco aporta definición alguna de lo que sea cuento de hadas. Etimológicamente “cuento” deriva del vocablo latino computum, de modo que su primer sentido sería numérico. Durante el medievo la palabra adquirió también una segunda acepción en el lenguaje popular referida al hecho de contar historias, historias relativas a hechos reales o bien a hechos de ficción que se trasmitían de forma oral. La adición de la expresión “de hadas”, definidas por la RAE como “seres fantásticos que se representaban bajo la forma de mujer, a quienes se atribuye poder mágico y el don de adivinar el futuro” –fijémonos en esta última frase– nos impulsa ineludiblemente al territorio de lo irreal, de lo no veraz o de lo no realizado.

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El psicoanálisis se ha interesado a su vez por los fairy-tales y ha ofrecido sus propias definiciones. En Érase una vez (1970) Mª Louise Von Franz afirma que los cuentos de hadas reflejan con claridad las estructuras psíquicas fundamentales y las experiencias que nos llevan hasta el núcleo más profundo de la psique, lo que Jung llamó el Sí-mismo, esto es, la totalidad psíquica del individuo que se articula simultáneamente como el centro regulador del inconsciente colectivo. Clarissa Pimkola Estés ha ido aún más lejos y en su libro, Mujeres que corren con los lobos (1998) ha interpretado los cuentos de hadas tradicionales poniéndolos en conexión con el arquetipo de la mujer salvaje. Entender los cuentos desde esta perspectiva es seductor pero nos aboca a un reduccionismo evidente y un afán de simplificación que nos aleja de la verdadera esencia de los cuentos de hadas.

Tan difícil como definir el cuento de hadas resulta situar sus orígenes. Un breve vistazo a la historia escrita de los cuentos de hadas nos remite ya al Antiguo Egipto, donde se han hallado en estelas y papiros datados hace tres mil años –el más conocido es el cuento de Los dos hermanos, Anup (Anubis) y Bata–. En la antigua Grecia las ancianas contaban historias simbólicas a los niños (mythoi), como se deduce de los escritos de Platón. En el siglo II después de Cristo Apuleyo introdujo en su novela Asinus aureus (El asno de oro) la historia de Amor y Psique, que sigue la estructura de los cuentos tradicionales. Pero el cuento de hadas en tanto que es reflejo de una tradición oral es probablemente tan antiguo como la vida en sociedad. De ahí que la búsqueda del origen de los cuentos se pueda calificar como empeño propio de folkloristas y antropólogos, una búsqueda en cierto modo vana que sólo sirve a sus propios intereses.

Para Tolkien, rastrear la arqueología de los cuentos de hadas es mucho menos interesante que considerar lo que son en realidad los cuentos, de modo que en On fairy tales el autor parafrasea a Dasent (Popular Tales from the Norse) afirmando con modestia que “hemos de contentarnos con la sopa que se nos pone delante, sin desear ver los huesos del buey con que se ha hecho”, equiparando “sopa” al cuento, tal como viene presentado hoy día, y “huesos” a las fuentes o el material. Más relevante es preguntarse, en cambio, por la relación entre el cuento de hadas y el mundo de la fantasía, lo que obliga a su vez a delimitar en la medida de lo posible las borrosas fronteras de la fantasía. Pese a su proximidad etimológica el autor diferencia la fantasía de lo fantástico, de lo fantasioso, como también distingue la fantasía de la imaginación, es decir, la capacidad de evocar imágenes no presentes en el mundo primario. Pero fantasía e imaginación no son conceptos coincidentes para Tolkien por cuanto penetrar en el mundo de fantasía permite no sólo evocar imágenes que no existen en el mundo primario, imágenes que “no son reales”, sino también crear mundos secundarios o, en palabras de Tolkien, sub-crear. El arte sub-creativo, del que derivan la capacidad de sorpresa y asombro, es cualidad esencial en el verdadero cuento de hadas. La sub-creación se erige así para Tolkien en la manifestación más elevada del arte, la más pura y, en consecuencia, la más poderosa. Es lo que nos permite hacer literatura y sentir la auténtica magia del cuento de hadas.

Tolkien advierte que en el mundo del cuento de hadas la palabra “magia” debe ser tomada muy en serio. El poder de la magia de fantasía, afirma,“reside en sus manifestaciones; y entre ellas se cuenta el cumplimiento de algunos deseos humanos primordiales, uno de los cuales es recorrer las honduras del tiempo y del espacio; otro es (como se verá) el de mantener la comunión con otros seres vivientes”. La magia, el prodigio, que en el universo del cuento de hadas es real –de ahí que muy a menudo el cuento se presente como verdadero– es lo que permite diferenciar en esencia estas narraciones de otras figuras con las que el cuento de hadas puede aparecer estrechamente relacionado, como la fábula de animales, la gesta, la leyenda, el mito o incluso los cuentos o los relatos que hunden sus raíces en el mundo de los sueños (ver la Alicia de Carrol). Pero del mismo modo que los cuentos de hadas no deben ser reducidos a arquetipos tampoco han de ser entendidos como ensoñaciones, error en el que han incurrido algunos investigadores decimonónicos o de principios del siglo XX (L. Laistner o el etnólogo K. von der Steinen).

Tolkien aún añade algo más para que podamos dilucidar cuándo nos encontramos ante un auténtico cuento de hadas. Un cuento de hadas nos ofrece renovación, es decir, nos permite contemplar lo cotidiano de un modo diferente; nos permite un cierto grado de evasión, ayudándonos a escapar no sólo de lo anodino sino de las penalidades de la vida y del anhelo de la inmortalidad –la inmortalidad es una carga pesada para muchos de los pobladores de los cuentos de hadas–; el cuento nos regala, por último, el consuelo del final feliz, lo que Tolkien llama eucatástrofe, que para él es el verdadero objetivo del cuento: “lo que caracteriza a un buen cuento de hadas, a los mejores y más completos, es que por muy insensato que sea el argumento, por muy fantásticas y terribles que sean sus aventuras, en el momento del clímax puede hacerle contener la respiración al lector, niño o adulto, puede acelerar y encoger el corazón o colocarlo casi, o sin casi, al borde de las lágrimas, como lo haría en cualquier otra forma de arte literario, pero manteniendo siempre sus cualidades específicas (…) Al cuento que en alguna medida logre eso nunca podremos considerarlo un fracaso total, cualesquiera que sean sus efectos o la mezcolanza o confusión de sus propósitos (…)”. Un cuento de hadas puede ser entonces el faro que ilumine nuestra noche oscura del alma y nos recuerde, incluso cuando estamos a punto de hacernos pedazos contra las rocas del desaliento, que jamás debemos perder la fe y la esperanza. Los cuentos de hadas no son pues “cosa de niños”. De hecho, en Europa, hasta los siglos XVII y XVIII –incluso hoy día en algunas poblaciones rurales aisladas– eran la principal y casi única distracción de adultos y de niños durante las largas tardes invernales.

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Eduardo Segura, especialista en la obra de Tolkien.

Llegados a este punto queda una última cuestión por resolver. Si como venimos advirtiendo los cuentos de hadas no son para niños o al menos no son sólo para niños, ¿cuál es el verdadero motivo de semejante asociación? Tolkien responde a esta importante pregunta en su ensayo calificándola como un “accidente de nuestra historia doméstica” y, desde luego, como un craso error. El autor advierte, además, que los cuentos de hadas no suelen figurar entre las preferencias infantiles –menos aún en la era de las pantallas–, si bien es cierto que introducir los cuentos de hadas durante la infancia puede estimular un interés posterior, durante la etapa adulta. Para Tolkien, las causas de esta asociación radican en que los cuentos son connaturales a la sensibilidad del ser humano –y el niño evidentemente lo es–, a lo que se añade su marginación en el campo de la literatura a causa de la preponderancia de la razón sobre la fantasía, como si ambas fueran incompatibles.

No obstante, debería añadirse algo más a las reflexiones de Tolkien y es la perversión del propio concepto de “niño”, perversión que ha generado en los dos últimos siglos, y especialmente en el actual, un cuerpo de literatura “infantilizada” en el mal sentido de la palabra, esto es, almibarada y noña. Hemos de recordar que la separación del niño y del joven del adulto es relativamente reciente. Desde una perspectiva jurídica incluso el niño es en cierto modo marginado y sólo se le contempla como sujeto de derechos humanos desde las primeras décadas del siglo XX, hasta culminar en la Declaración de Derechos del Niño de 1959. Por ese motivo, no podemos desaprovechar la ocasión para recordar las palabras de la escritora Ana María Matute. En su discurso de ingreso en la RAL (1998), En el bosque, la Matute nos brinda varias reflexiones en torno a los cuentos de hadas y en torno a los niños. Estas reflexiones coinciden en buena medida con las de Tolkien –a pesar de que doña Ana mete en un mismo saco como un totum revolutum fantasía e imaginación– y hemos de considerarlas plenamente vigentes en estos tiempos en los que la revolución digital ha transformado también la forma de acercarse a la literatura: “los llamados cuentos de hadas no son, por supuesto, lo que la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que, por lo general, se tiene de ellos: historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas a través de podas y podas políticamente correctas, porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos. Los cuentos de hadas no son en rigor otra cosa que la expresión del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia. De padres a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas. Pero en esas leyendas, en aquellos cuentos para niños –que, por otra parte, fueron recogidos por escritores de la talla de Andersen, Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo– se mostraban sin hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana. Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano”.

Cualquier ser humano puede penetrar entonces en el territorio del cuento de hadas, en los dominios de la fantasía en busca, como dice Tolkien, de renovación, evasión, consuelo. Hacerlo exige, sin embargo, recuperar la mirada limpia de los primeros años, la humildad, la inocencia y la esperanza que aún se alberga en nuestro corazón de niño. Pero si nos atrevemos a abrir esa puerta y traspasar el umbral quizás podamos descubrir que el mundo de los cuentos de hadas reconduce a la Verdad a través del sentimiento. Esa es y no otra la auténtica magia de los cuentos de hadas.

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ALICIA GARCIA HERRERA

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