Humor Gráfico, Luis Sánchez, Luis Sánchez, Número 45, Opinión
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Somos lo que somos

Por Luis Sánchez

Luis Sánchez

Luis Sánchez

Sin recurrir a Hegel ni a Marx (ni a posteriores filósofos), tan sólo releyendo un breve fragmento de La busca (1904), la magnífica novela de Pío Baroja, entenderemos a la perfección un concepto tan jugoso e imprescindible como vigente hoy en día: la alienación. Veamos:

“Vivían como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de su vida, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos, ni nada.

Había algunos a los cuales un par de vasos de vino les dejaba borrachos media semana; otros parecían estarlo, sin beber, y reflejaban constantemente en su rostro el abatimiento más absoluto, del cual no salían más que en un momento de ira o de indignación.

El dinero era para ellos, la mayoría de las veces, una desgracia. Comprendiendo instintivamente la debilidad de sus fuerzas y de sus inclinaciones, se preparaban a hacer ánimos yendo a la taberna; allí se exaltaban, gritaban, discutían, olvidaban las penas del momento, se sentían generosos, y cuando, después de soltar baladronadas, se creían dispuestos para algo, se encontraban sin un céntimo y con las energías ficticias del alcohol que se iba disipando”.

Antes de escritor, Baroja fue médico (por poco tiempo) y, también, panadero (heredó el negocio de su tía materna, Juana Nessi y Arrola), por lo que no debe extrañarnos que conociera bien al personal de a pie y llegara a la célebre conclusión de que “el secreto está en la masa”.

En un receso, durante la cena de Nochevieja –¡cómo olvidar la tahona y sus productos artesanos!–, Rafael, un amigo periodista, nos habló de una curiosa encuesta (sobre imagen y posición social) que habían hecho a alumnos universitarios; les preguntaban, claro, y ellos –la gran mayoría– se apuntaban, con sus respuestas, al cómodo perfil de clase media. Pero, ¡ay, regordete querubín de mis mofletes!, cuando llegaron a la tanda de preguntas relacionadas con los ingresos, con el dinero que entra en casa, y vieron, tras consultar con las Tablas de la Ley –que no son más que las tablas salariales–, que ellos, en realidad, no eran de clase media, sino de clase obrera…, ¡hostia puta, el disgusto que pillaron! Bueno, se les vino el mundo abajo, ¿eh? La mente es que, a veces, nos gasta unas jugarretas, oye. Y que conste que esto que comento no es ni mucho menos para denigrar a los más jóvenes, porque si esa misma encuesta se realizara, pongamos por caso, a, no sé, a trabajadores adultos de unos grandes almacenes, habría igual o más sorpresas. Veamos: te duchas, te acicalas, te echas unas gotitas de ese perfume tan seductor, te miras al espejo, sonríes interiormente con picardía y sales a la calle pisando fuerte, sintiéndote un potentado. Pero noooo, ¡hombre de Dios!, eres el que eres: un currito. O lo que es peor: un prolepijo, o sea, un proletario con ínfulas; también llamado burguetario, es decir, un desclasado social (hamburguesas engullidas, aparte). Te aci-calas, ya lo creo; sin embargo, en el monedero llevas las calas justas para el almuerzo.

Y también están los emprendedores: esas personas que no encuentran empleo (un bien, cada día más escaso); aunque, henchidas de ilusión, reúnen unos ahorrillos y se lanzan a la conquista: autónomos, en un país de autonomías. Cuidan la imagen y muchos incluso se sienten empresarios, hasta que empiezan a torcerse las cosas y se ven con el agua al cuello. Hombre, no todos pueden llegar a Presidente; como mucho, llegan a presidente de la finca. Además, ya sabemos que éste es un país de amiguitos, amiguetes y amigotes, y los méritos y la honradez quedan en segundo plano. ¡Mas no importa, ahí vamos!: peleando por llegar a final de mes; y si no llegamos, al menos, nos consolamos con aparentar lo que no somos. Que una cosa es “ser” y otra, “parecer”, de acuerdo, pero los dos son copulativos, ¿o no?

En fin, que en un santiamén (de los que concede el cardenal Cañizares) hemos pasado de la ignorancia más absoluta (el fragmento de La busca) al descarado autoengaño (encuesta a los alumnos universitarios, y otros). ¡Pura mantequilla! Y eso, para que luego digan –¡lenguas viperinas!– que no aprendemos, que no evolucionamos, ¡ooooys!

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