Francisco Ortiz, Viajes
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Noches blancas en Cabo Verde

El encanto de Cabo Verde está en sus montañas y playas volcánicas. Foto: Isa Z.

Por Francisco Ortiz / Fotografía: Isa Z. Viernes, 8 de enero de 2016

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¿Se te han pasado las navidades y todavía no has decidido tu escapada? El duro año 2015 es mejor dejarlo atrás en la memoria cuanto antes, y salir al mundo. Merece la pena buscar la alegría de las gentes del Sur. Mi propuesta es que nos olvidemos de la vieja Europa y saltemos a Cabo Verde. Vamos a desconectar del estrés y a conectar con África, nuestra madre Tierra.

Situadas al Sur del Trópico de Cáncer, a 1.500 kilómetros al Sur de las Canarias y frente a las costas de Dakar, están las islas de Cabo Verde. Son diez islas volcánicas y cinco isletas, que se dividen en dos grupos según su posición sobre el viento: Barlovento y Sotavento. De ellas, las que se suelen visitar son San Vicente, San Antonio y Sal. El encanto de Cabo Verde está en su naturaleza, con senderos escondidos en áridas montañas, playas de terrible belleza volcánica y plantaciones de caña de azúcar, café y mandioca. Y sin duda hay un encanto especial en los caboverdianos, con sus músicos y la alegría de vivir de sus pueblos.

Cesária Evora, alma de Mindelo

Nada más aterrizar en la capital caboverdiana, Praia, uno siente el mal de África. Hay una conexión instintiva, telúrica, entre el viajero y el mundo africano, que lo atrapa y seduce para siempre. La cosa no tiene remedio y tampoco vacuna, aviso. Las casas de Praia, de estilo colonial, dan un aire de olvido a la ciudad. Es sin duda la más africana de Cabo Verde y, aunque tiene buenos restaurantes en la zona antigua del Plateau, con un día de visita es suficiente. Lo más recomendable, en mi opinión, es pasar a la isla de San Vicente y conocer Mindelo, la capital cultural caboverdiana.

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Una gran experiencia pasear entre las casas coloniales de Mindelo. Foto: Isa Z.

En Mindelo la música está por todas partes. Aquí uno se siente vivir en una especie de Nueva Orleans, abigarrada y canalla. La población es una mezcla deliciosa de influencias portuguesas, africanas, latinas y mediterráneas, cuyo resultado es una etnia criolla caboverdiana. Esta tierra ha parido una población que es mestiza, descendiente de los esclavos que trajeron los portugueses para repoblar las desiertas islas, en el siglo xv. Los músicos de aquí, hijos de esa mezcla cultural, no se interesan mucho en los ritmos africanos sino más bien en los sonidos de Portugal. La “morna” es hija del fado.

Aquí se han criado músicos de la calle y de la vida como Cesária Evora, como Bau, Vasco Martins, Tito Paris, Bana, Chico Serra. Ellos cantan sus sufrimientos, angustias y rebeldías, sus sueños y esperanzas. De ellos, Cesária Evora, llamada “la diva descalza” es una de las grandes voces de Cabo Verde. Tiene un timbre que eleva la morna a unas alturas sublimes. Sus temas, preñados de nostalgia, son invocaciones a los emigrantes, a las almas expatriadas de la tierra caliente.

De chica, en su barrio, Cesária era conocida como Cize, y con apenas diecisiete años ya cantaba en los bares y tabernas de Mindelo. Después de muchos años actuando para sus paisanos, en 1993 se le invitó a cantar en el escenario del Olympia de París, con un conjunto acústico de cinco músicos. Con el enorme éxito obtenido en Europa, Cize, ahora llamada “la Reina de la Morna”, volvió a París en abril de 1995 para cantar en la Sala Bataclán…

Por las calles empedradas van y vienen niños y adolescentes, con miradas alegres y con la curiosidad en las caras al ver a este blanquito flaco y sin afeitar. De una ventana brota con fuerza un tema de Michael Jackson, y los vellos se ponen de punta. Dos chicas mulatas me rozan al pasar, haciéndome un guiño con sus ojos de antílope. Aquí en Mindelo la vida va en serio.

Pero San Vicente no se agota en su capital, hay que moverse y contemplar la maravilla de la Bahía das Gatas. Aquí las playas despliegan una belleza caribeña, opulenta. Los acantilados, volcánicos, ofrecen toda una gama de colores y formas, resultando una serie de ominosos parajes. Bañarse en la playa es un riesgo debido a los corales, las corrientes y los monstruos marinos que de seguro merodean tras la bahía. Pocas veces he sentido miedo en una playa, pero aquí el calificativo de playa salvaje es justificado.

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Acantilados de Santo Antao, un placer para la vista. Foto: Isa Z.

Santo Antao, paraíso para caminantes

De vuelta a Mindelo decido pasar a la acción y tomar un ferry a la isla de San Antonio o Santo Antao. Aunque la compañía canaria Armas hace el trayecto con un buen barco, me embarco en la carraca del Ribeira de Paul, nave más barata y peligrosa. Realmente esta isla es el paraíso de los senderistas, el reclamo para cualquiera que busque confines, finisterres. Arida y desolada, montañosa y poco poblada, Santo Antao tiene cultivos tropicales en su zona Norte, en Ribeira Grande y Paul. Pero la aventura está al Este de la isla, en Ponta do Sol.

Después de arribar con el ferry a Porto Novo lo mejor es abordar un “aluguer” que en dos horas nos lleve a Ponta do Sol. Este medio de transporte popular es una van con capacidad para diez o doce pasajeros, y hace las veces de taxi y bus. Por el camino sube y baja un paisanaje isleño muy variado, y cuando llega uno a destino ya está mascando caña de azúcar o tomando un zumo de mango en buena compaña.

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El ferry transporta al viajero al siglo XIX. Foto: Isa Z.

El pueblo pesquero de Ponta do Sol dispone de pensiones y pequeños hoteles. Un par de agencias de excursiones y algunas lanchas para el turista senderista es todo lo que hay. Una pequeña colonia europea atiende a los mochileros, mientras las casas de comida ofrecen la gastronomía local, a base de pescado y marisco.

La isla cuenta con una tupida red de más de 50 senderos espectaculares. Ojo que la mayoría de las rutas son duras debido a las pendientes y al calor húmedo. Al despistado senderista le esperan grandes desniveles, cultivos en terrazas a media ladera, aldeas perdidas y acantilados imponentes sobre el océano.

Aunque sirve de buena base de partida el pueblo de Ribeira Grande para explorar su valle y sus plantaciones de caña, alcanzar algunas cotas resulta dificultoso por la vegetación tropical y lujuriosa. Conviene más alquilar un aluguer privado para alcanzar, al otro lado del valle, una playa de arenas negras. El lugar, festoneado de basalto gris oscuro, ofrece un inquietante aspecto de playa cósmica, más propia de la luna Titán. Desde esta praia de Cruzinha da Garca parte uno de los más duros senderos hasta Ponta do Sol. Es sin duda el plato fuerte de cualquier senderista pues dura unas seis horas y salva unos 600 metros de desnivel acumulado. Aquí, subir y bajar rampas adoquinadas es pura diversión. El itinerario va recorriendo los cabos, que se desploman en el mar, por caminos duros, con no pocos repechos. Todo el tiempo se tiene el mar a la vista.

A unos 45 minutos del final de la ruta se llega al pueblo “suspendido” de Fontainhas. La chiquillería me saluda al pasar por la única calle del pueblo. Latas vacías de aceite y flores rojas adornan los parterres. Ya a las afueras me acompaña una exuberante procesión de pitas descomunales. Desde un precario mirador se concede uno un alto para contemplar el océano a nuestros pies. Es un panorama de plenitud, de creación.

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Una imagen espectacular de Bahia das Gatas. Foto: Isa Z.

Es llegar a Ponta de Sol y, sin parar, acercarme al puerto pesquero. Junto a las coloridas barcas marineras sumerjo mis doloridos pies en las benditas aguas. Aquí termina la ruta, el placer del camino ha sido abrir brecha en el corazón de África.

A la noche, en un desganado paseo por el pueblo, a apenas dos manzanas del hostal, me encuentro caminando por la pista del aeródromo. Junto a la fantasmal torre de control yo me tumbo en el suelo. El insondable cielo estrellado me acoge en su seno y, abriendo los brazos en cruz, me fundo en las noches blancas de la isla.

28 de diciembre de 2015

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Francisco Ortiz

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