Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 45, Opinión
Deje un comentario

Microrrelatos para leer en el tren

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Sábado

En cuanto despierta sabe que no es un día como otro cualquiera. Primero, por la hora (se ha levantado un poquito más tarde); luego, por el vestido: hoy no es necesario ponerse ese feo uniforme del colegio como quien se pone un hábito. Su madre ha abierto las ventanas y anda con el plumero quitando todas las motas de polvo, reales o imaginarias, que encuentra en su camino. La niña sabe que esa luz de principio de invierno que se cuela por los ventanales será única y que tendrá que retenerla en su memoria para revivirla. El padre ha ido a almorzar al bar con los vecinos, esa costumbre tan nuestra que ese día especial también se prolonga un rato más. Madre o hija irán al mercado (no tienen más que cruzar la calle), un lugar que todavía tiene algún sentido. Probablemente, la madre cocinará macarrones o asará un pollo en el horno. Alguien compró el viernes una tableta de chocolate y ella y sus hermanas la devorarán en cuanto acaben de comer, sentadas frente al televisor viendo alguna película de Danny Kaye. Aún no tienen edad para salir a tomar café con sus amigas. O quizá sí. Pero no lo hacen. Hay una luz violeta que se cuela por la claraboya de la casa, una casa cerrada, construida con tan poca luz que ella ha ido avanzando a tientas hasta aquí, apenas iluminada por el recuerdo de aquel sábado de invierno.

Ella tenía los ojos de Ana Torrent

El puñetero ojo de la cerradura era demasiado pequeño para conseguir ver nada. O quizá el miedo de Vivian era mayor que la curiosidad por descubrir lo que pasaba en esa habitación donde su madre se encerraba, cada día, durante un par de horas. Cuando los ruidos cesaban y la puerta se abría, la niña sabía que ya era hora de comer.

Ley de vida

Salen sigilosamente de las habitaciones de sus hijos después de haberles arropado y de haberles dado un beso, la tibieza de la piel sonrosada todavía en los labios, el tacto sedoso del cabello infantil aún en los dedos. Todas ellas tienen una sonrisa triste porque saben que esta es la última noche que arropan, besan y tocan: mañana ellos ya serán hombres que huyen de sus madres.

Una de dos

Las besa con suma conciencia para no equivocarse aunque ni siquiera el café doble que se acaba de tomar logra disipar en su cabeza la bruma de la noche. Olivia y Joan, Joan y Olivia. Últimamente, sus sueños eróticos son tan reales…

La sorprendente historia de dos viejos al fin realizados

Van a ir a comprarse un vestido nuevo y un helado. El helado es para ella. El vestido, para él.

Indicios o esperanzas

Pero nunca, sin saber bien por qué, dejarán de mirar hacia arriba. Porque era de noche cuando desapareció todo: primero, las plantas y las flores; después, los animales. Desde entonces ya no se escucha a las vacas mugir ni a los perros ladrar. El silencio se adueñó de las calles y un viento helado se coló por cada rendija de las casas. La gente se acostumbró a caminar entre la niebla, con la espalda encorvada. Se fueron encogiendo, disminuyendo, diluyendo. Aunque no pueden evitar seguir escudriñando el cielo en busca de una señal.

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

L'Avi

L’Avi

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *