Artsenal, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 45, Opinión
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Grupo salvaje

Por Paco Cisterna / Ilustración: Artsenal

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Los grupos, por regla general, no acaban bien: ni los musicales ni los de Wasap, y mucho menos los políticos. Sólo los grupos sectarios han pervivido más de lo deseable a lo largo de la historia porque de casta le viene al galgo: religiones que son sectas y sectas que son partidos. Al inicio del famoso western Grupo Salvaje, de Sam Peckinpah, unos niños juegan a contemplar como dos escorpiones, encerrados en un palenque, son devorados por miles de hormigas. Cuando los escorpiones resultan vencidos, los niños prenden fuego a las victoriosas hormigas.

El citado western se estrenó en 1969, cuando no existía el PP, ni Ciudadanos, ni Podemos, ni Compromis; cuando Las Mareas eran una marejadilla; la Izquierda Plural, dogmática y la Derecha Singular, una y trina. Los independentistas-soberanistas-plebiscitarios, si existían, se lo tenían bien callado por la cuenta que les traía. Sí preexistía, históricamente, el PSOE, pero era otro cantar el del Mío Cid, otro PSOE.

Llegado a este punto, no sé si la escena inicial o la esencia final de Grupo Salvaje era una premonición de la actual situación por la que atraviesa no solo España, sino buena parte de un lugar llamado Mundo. Un lugar con más puntos calientes que una despedida de solter@. Un Mundo que se precipita en los lujosos abismos de la Bolsa sin fondo –no hay nada más cobarde que el dinero– mientras los amantes del crack bursátil huyen con los dividendos. Un grupo que se complace en la xenofobia rosaventera de los cuatro puntos cardinales, que no virtudes teologales. Un Mundo de banderas, turbantes y burkas petroleados. Una región que acelera la maquinaria productiva hasta agotarla para huir de la miseria maoísta. Un Cono Sur trufado de carteles y economías emergentes sumergidas en la inflación. Un continente africano que navega a la deriva de pateras fletadas por los señores de la guerra. Una Rusia de Putin y muy señor nuestro. Y uno y otro grupo que se empecinan en mantener o conseguir el poder a cualquier precio. Un poder que de mano en mano va pero, al contrario que en la copla, “toitos se lo quean”.

Matan, pactan, cospiran, engañan… sin comprender que el poder es cooperaración y no imposición. Mienten porque sus principios están por encima de los hombres; de esos hombres por los que demuestran y se muestran tan preocupados, tan entristecidos, tan solidarizados, tan nacionalistas, tan patriotas, tan bailarines, tan cantarines, y hasta tan chistosos, cuando llega la hora de actualizar la libreta electoral en el cajero de cualquier circunscripción. Son políticos de pro o de anti, de corta y pega, y póngale usted el apellido: pronazi, anticapitalista, proabortista, antiabortista, pronacionalista, antipatriota… Son grupos que ven en la política un medio de vida, de buena vida, o un entretenimiento para privilegiados que juegan a reeditar lo aprendido con empeño en los libros de historia. Y no vayamos a confundirnos, que lo mismo lloran los oficiales nazis que los camaradas Vladimires. Todo esto resultaría aburrido si de vez en cuando no apareciese algún iluminado que, más allá de su interés personal o lúdico –o a pesar de ellos–, sueña con pasar a la Historia porque desde pequeñito tenía un perro que se llamaba Trotski o devoraba los tebeos de El Jabato entre vaso y vaso de Cola-Cao. O simplemente porque le hervía la juventud en las venas. Y ya se sabe: quien no es revolucionario a los 20 no tiene corazón y quien lo es a los 50 tiene un par de cojones –aunque me figuro que los tendrá desde que nació–. Y hasta aquí puedo leer, no sea que me engrupen por la espalda o me pique un escorpión.

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