Becs, Humor Gráfico, Juanma Velasco, Número 44, Opinión
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Feliz cumpleaños, amado líder

Por Juanma Velasco / Ilustración: Becs

Juanma Velasco

Juanma Velasco

Ofrece pocas dudas el juicio de que Corea del Norte es el país más tragicómico del planeta. Sonroja de vergüenza ajena la sarta de maravillas que se le atribuyen a su anterior líder supremo, Kim Jong II, capaz de hacer once hoyos de golf en un sólo golpe, según recoge su biografía oficial, de escribir 1.500 libros en tres años, de componer, en ese mismo periodo, las seis mejores óperas de la historia de la música y docenas de gestas más que dejan en ridículo a los Cuatro Fantásticos y Supermán aliados. Un hombre que jamás defecó y cuyo cumpleaños, hicieron creer a los desgraciados norcoreanos, se celebraba en todo el mundo.

Ni las religiones más adictas a los mitos llegaron tan lejos en la atribución de poderes a sus dioses. Quizá sí, si reflexiono lo suficiente, el hecho de que exista, para las monoteístas, un Dios omnímodo que construyera el mundo en seis días o que es capaz de escuchar las oraciones de todos y cada uno de sus miles de millones de fieles, haga palidecer las proezas del antiguo dictador norcoreano. Los lisérgicos asesores de Kim el viejo se quedaron cortos en sus loas.

Su sucesor, el orondo Kim Jong-un, a quien todavía no se le ha fabricado un libro de maravillas a su medida, ha adoptado la línea continuista de un hermetismo político, económico, informativo e institucional que le permite sostener la fantasmagoría del régimen ante los suyos, desconocedores de que el mundo va más allá del Show de Truman, hambrientos, temerosos y represaliables ante la más mínima desafección al culto al líder supremo y a los valores de una patria esperpéntica y marginada.

La pérdida de la razón que concede la retroalimentación de una misma ideología (algo similar a lo que ocurrió con el nazismo al que su líder y sus prosélitos creyeron como único itinerario político y social posible), ha llevado a Corea a proseguir con la escalada de barbarie interna que ha desembocado en una presunta prueba, presuntamente también exitosa, de una bomba de hidrógeno, una de las formas más virulentas de domesticación de la energía nuclear por parte del ser humano.

También es sabido que la propaganda constituye uno de los puntos fuertes del régimen de Pyongyang y que quizá haya podido aprovechar un terremoto natural para fabricarse un experimento a medida. La sofisticación de los sismógrafos y la lectura del sismograma presentan dudas a la comunidad científica internacional de que el artefacto fuera de etiología puramente termonuclear y más dudas les sugiere que, como anuncia el régimen en modo acojonante, sean capaces de miniaturizar la bomba y acoplarla en un misil balístico intercontinental y dotarlo, además, de precisión en el impacto.

No resulta sencillo desarrollar una tecnología tan feroz sin recurrir a sinergias exteriores. La ciencia también se ha globalizado, se necesita del intercambio del conocimiento para mejorar cualquier tecnología, máxime si es tan de última generación como la nuclear. O copiar sin rubor. Pero dado el secretismo que de ordinario ha envuelto a los ensayos termonucleares, no parece factible, y menos a los norcoreanos, acceder a los nichos no solo de conocimiento sino de sus detalles de ejecución.

Pero hoy, ocho de enero, es el cumple de Kim y los suyos decidieron en vez de regalarte una scort que emergiese de una tarta de cartón piedra, ofrecerle una bombita de hidrógeno con la que lucirse ante sus siervos y ante el resto de terráqueos a quienes si les preguntasen qué país está más loco, sin duda responderían que Corea, Corea del Norte.

Particularmente el modo hemorragia cerebral permanente en el que parecen vivir Kim y los suyos no me provoca ningún desasosiego, sólo la curiosidad de ir comprobando hasta qué punto serán capaces de hacer llegar su megalomanía, hasta cuándo van a prorrogar sus ansias por convertirse en elefante siendo tan solo oso hormiguero.

Feliz cumple, Kim, que cuando soples las velitas radiactivas te exploten en la cara.

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BECS

Becs

 

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