Becs, Humor Gráfico, Jose Antequera, Número 45, Opinión
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Epidemia de estilismo en el Congreso

Por Jose Antequera / Viñeta: Becs

José Antequera

José Antequera

En solo unos años, la joven democracia española se nos ha quedado vieja de repente, sobre todo en lo político, aunque también en lo social y lo cultural. La llegada al Congreso de los 69 nuevos diputados de Podemos y sus grupos de confluencia, así como los 40 de Ciudadanos, parece haber resucitado la vida parlamentaria nacional, demasiado mustia y trasnochada tras las últimas legislaturas dominadas por la cómoda rutina y un bipartidismo conservador e inmovilista. La derecha tradicional representada por el PP, como es habitual en ella, se ha rasgado las vestiduras al ver entrar en el hemiciclo a unos jóvenes jipis de Lavapiés que se hacen llamar diputados de la nueva política. Cómo huelen los condenados, solo faltan los canutos rulando por los escaños, debieron pensar los más mojigatos. A algunos congresistas de la casta se les hincharon las venas del cuello, al extremo, cuando Carolina Bescansa apareció con su bebé de seis meses y le dio la teta honrada en medio de la sesión parlamentaria (¡qué desfachatez!, habrase visto) y otros estuvieron a punto de sufrir un síncope irreversible cuando el diputado Alberto Rodríguez exhibió sin pudor sus rastas raciales, frondosas y fértiles, al tomar posesión de su escaño. Una especie de ridícula fiebre por el estilismo, por la estética, parece haberse apoderado de la derechona en las Cortes, cuando al Parlamento debería irse a discutir sobre ideas, sobre programas e iniciativas legislativas, no a cotillear como una vieja enlutada sobre el look tan atrevido de fulano o mengano.

En pleno siglo XXI, cuando la moda y las costumbres se viven con entera naturalidad y libertad en la mayoría de los países de Occidente, sonrojarse porque alguien vista a su manera o lleve a cabo hábitos humanos normales en una sociedad moderna y avanzada, como es amamantar a su pequeño, resulta no solo talibán y retrógrado, sino inmaduro, ridículo, inconcebible. La temperamental y siempre peculiar Celia Villalobos, ex presidenta de la Cámara Baja, en unas polémicas declaraciones que han levantado gran polvareda mediática, ha asegurado que a ella los cabellos largos y las rastas no le importan lo más mínimo, salvo que supongan un peligro de contagio de “piojos”. A su vez, una conocida periodista conservadora que habitualmente cubre información parlamentaria ha llegado a sugerir que en el hemiciclo “huele mal” desde que han llegado los diputados de Podemos. Afirmaciones todas ellas que nos devuelven a edades pretéritas, quizá al siglo XIX y mucho antes, cuando las normas de la estética impedían a los hombres llevar el pelo largo o vestir fuera del supuesto canon de la elegencia, o a comienzos del siglo XX, cuando los blancos impedían a los negros copiar sus costumbres en un apartheid inhumano e intolerable. Es evidente que algunos parlamentarios viven sumergidos en un elitismo dandi y anecdótico que no dejaría de ser pintoresco si quedara ahí. Lo malo y realmente preocupante es que el episodio va mucho más allá y esas ideas intolerantes y hasta discriminatorias contra aquellos que se salen de la norma impregnan y contaminan su actuación diaria como políticos y padres de la patria.

Pero es que además, la diversidad en el vestuario es algo que está extendido ya por toda la sociedad y no hace falta ir con traje y corbata para ser una persona honorable. ¿Hay alguien que se eche las manos a la cabeza a estas alturas cuando futbolistas como Dani Alves o Sergio Ramos aparecen en un campo de fútbol tatuados, rapados al cero, con una cresta en la cabeza o coronados con una trenzada coleta? ¿Quién se ruboriza ya cuando un actor o actriz de cine famoso, un artista o un intelectual se pone un piercing en la boca, se planta un extravagante sombrero por montera o se deja una poblada barba de hípster? Nuestra cultura occidental, poseída ya por el culto a la imagen pop, hace tiempo que superó este tipo de controversias bizantinas. Ideologías como el movimiento hippie, el rock, la contracultura, el feminismo, el movimiento gay o el ecologismo han terminado por enterrar los viejos principios impuestos por una derecha rampante y esnob que tras el pretexto de las buenas maneras y costumbres esconde una visión del mundo anacrónica, enfermiza, artrítica. El ejemplo más claro nos lo ha dado el recientemente fallecido David Bowie, un hombre que empezó dando saltos en calzoncillos por los escenarios del mundo, levantando críticas ponzoñosas entre los sectores más conservadores, y cuyas canciones, hoy día, son idolatradas y escuchadas en las recepciones de etiqueta y en los palacios reales de medio mundo. Y qué decir de los Beatles, aquellos jóvenes melenudos que eran condenados por la Iglesia y que hoy se escuchan en las bodas y bautizos más beatos, o de los grupos legendarios de la movida madrileña, tratados como delincuentes por la derecha en los años ochenta y hoy escuchados y bailados hasta la extenuación por los diputados más horteras. Los Rolling, cuando empezaron a cantar en leotardos femeninos, hacían música del diablo, y ahora no hay nadie que discuta su arte y su contribución a las transformación de la sociedad.  La derecha de este país siempre actuó así: oponiéndose a los cambios frontalmente, como cuando votaron no a la ley del divorcio. Hoy hay más divorciados entre las filas populares que entre los peligrosos antisistema y comunistas, esos a los que tachan de piojosos pero cuyos postulados políticos acabarán imponiéndose a la larga. Las sociedades cambian, las ideas permanecen.

Con todo, lo peor de vivir en una concepción anticuada y carca de la realidad no es que impida avanzar culturalmente a una sociedad, sino que trate de coartar la libertad de expresión del que no piensa como uno mismo. Si cada uno de nosotros viera la vida como la contempla la señora Villalobos, a estas alturas todos vestiríamos de la misma guisa en una especie de gran dictadura monolítica de la estética, con mono de obrero gris melancólico, al más puro estilo norcoreano. Si todos pensáramos como sus señorías de la bancada popular, a la maniera puritana, victoriana y calvinista, el mundo sería, por los siglos de los siglos, un triste y aburrido lienzo en blanco y negro donde no cabrían más ideas y más variedad cultural que la que ellos nos quisieran imponer a los demás. El manual del buen gusto es algo propio de cada época y lugar pero parece que algunos se empeñan en hacérnoslo tragar como aceite de ricino, como una Biblia perpetua, al igual que otras tantas cosas. El ruido, la controversia y el escándalo que ha montado la derecha gamberra solo porque unos diputados jóvenes hayan llegado con aires renovadores a la vida pública española no tiene parangón en ningún otro país civilizado. Decía Oscar Wilde que la moda es una forma de fealdad tan intolerable que tenemos que alterarla cada seis meses. Por eso ellos, con sus corbatas y trajes hipócritas de siempre, con sus peinados de raya monaguillescos pringosos de pachuli, con sus colonias ácidas y corrosivas, no son más honrados ni menos corruptos que aquellos que visten a su aire, con tejanos salvajes y desafiando lo peor del ser humano: la falta de sensibilidad y de imaginación. Porque a fin de cuentas las apariencias engañan. Ya lo dijo aquel.

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Becs

2 Kommentare

  1. parvez dicen

    Lo que realmente me parece “carca” es que haya gente que se pone a escribir y criticar a unos y otros, porque critican a otros.
    Si tan poca importancia tiene el tema, ¿Por que dedicarle ni un minuto? ¡Es que nos gusta lo rosa! Con la de cosas interesantes hay para escribir

  2. Esta impresentable derechona son los descendientes del Duque de Lerma; grandioso ladrón de la corte del Rey Felipe IV. Tanto robó que para que no lo ahorcaran se metió de Cardenal y hubo un dicho de la época que decía: “para no morir ahorcado, el mayor ladrón de España se vistió de colorado” que es el color de la túnica de cardenal.
    Ahora el dicho prodría ser: “para que no sean juzgados, los grandísimos ladrones se meten de diputados”.

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