Artsenal, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 45, Opinión
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El yo y la Revolución

 Por Gil  Manuel Hernández / Ilustración: Artsenal

Gil-Manuel Hernández

Gil-Manuel Hernández

Una sola palabra de dos letras nos coloca justo al borde de la gran utopía: la Revolución. Escribir esta con mayúsculas tiene mucho que ver con su trascendencia, con su religiosidad, con esa numinosidad que se adhiere a las grandes cosas de la vida, trufadas de misterio, henchidas de encanto. La Revolución se imagina grandiosa, total, integral, transformadora en todos los órdenes de la trama social. Pero la otra palabra, la de las dos letras, parece lejana y hasta hostil a la causa revolucionaria de masas. Y sin embargo ahí está, desafiante, señalando una frontera, delimitando un abismo, demarcando un insondable enigma: el yo.

Y qué es el yo sino consciencia aparentemente indivisa, delineadora del individuo, que es ese átomo fulgurante de la sociedad compleja. Pero un átomo equívoco y falaz, que como todos los átomos del universo esconde partículas elementales que a su vez se dividen en otras que al final se disuelven en un mar ondulatorio de energía preñada de información. ¿Y dónde queda entonces el yo del capitalismo liberal, el yo del individualismo antropológico o de los mercados, el yo consumista y egoísta que se dice a sí mismo, totalmente imbuido del sino de los tiempos, que su destino es competir para devenir una marca?

La Revolución, sea del signo que sea si se escribe así, fracasa cuando promete liberar a un yo que solo resultará con ella más atrapado, y más lejano a ese otro territorio que es el de la revolución en minúsculas, la que tiene por protagonista a esa consciencia de “ser yo” descubriendo que el yo es solo la punta del iceberg de algo más universal, de algo que solo se transforma bajo la ecuación que suma la voluntad a la interpretación de las señales que el mundo sincrónico envía desde lo inconsciente. Es entonces cuando el yo debe admitir que el abismo no es la Revolución sino la revolución, y que el dolor de este “darse cuenta” anticipa el discreto goce de la autorredención.

Tras el colapso llega la intuición de que las luces de neón de los medios, los centros comerciales, las bolsas y las flamantes promesas políticas palidecen ante la negrura del yo asomado a sus profundidades, una negrura donde el propio yo no tiene más remedio que reverenciar su desconocimiento y admirarse de cuan grande es la consciencia del mundo. La Revolución, paradójicamente, solo es posible cuando la revolución lleva tiempo haciendo su camino, y el yo se acepta como una ilusión que tomamos por verdad temporal para saber que somos consciencia conociendo y conociéndose.

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Artsenal

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