Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 44, Opinión
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El político enamorado

Por Lidia Sanchis / Ilustración: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Mi amigo R. se ha enamorado. Después de algunos años de travesía en el desierto sentimental, un día fue a comprar un bote de judías y allí estaba ella. Desde entonces no hay minuto de su tiempo ni espacio en su pensamiento que no esté ocupado por la imagen de M.: su voz, el tono de su pelo –entre el trigo maduro y la cerveza Pilsen–, sus manos pequeñas y las pecas de su rostro, que le dan un aspecto tan juvenil; todo en ella le parece armonioso y dispuesto de una manera perfecta. R. tiene una manera muy gráfica de describir ese fenómeno que lo ha atravesado de arriba abajo: dice de sí mismo que, desde que conoció a M., va andando como a un palmo del suelo. Flota.

R. es pobre (no conviene apostillar “como las ratas” para que ustedes no crean que les estoy endilgando otro artículo de Navidad y que de un momento a otro les voy a hablar de Dickens y todos esos) pero esta condición sobrevenida que hasta hace unos pocos días ocupaba toda su atención ha dejado de tener importancia. El amor que ha despertado en él esa muchacha –hasta hace nada, una perfecta desconocida– ha cambiado su perspectiva de las cosas y del mundo. A R. ya no le importa no tener dinero ni trabajo. Es más: la realidad ha pasado de ser gris a luminosa, y una inusitada fuerza interior le empuja hacia adelante, hasta el infinito y más allá. Y esa fuerza es buena, noble y positiva. Como lo es mi amigo. Como lo son las personas enamoradas.

Hagan la prueba. Intenten decirle a un enamorado que está equivocado, que en realidad el color del cabello de ella no pasa de “pajizo”, que esas pecas que salpican su rostro le dan un aspecto “lechoso” y que su voz se parece más al graznido de una urraca que a la de una dulce doncella. Ni R. ni cualquiera preso de la condición sobrevenida del amor les harán el más mínimo caso. Ni siquiera les escucharán y mucho menos les oirán. Recuerden que R. y tantos otros en su misma situación caminan un palmo por encima del suelo. Están alejados de la dura realidad y no pisan la calle sino que flotan por encima de ella.

Pero es que, además, R. no sólo ama, sino que también le aman. De entre tantos y tantos millones de hombres, tuvo que ser él quien se quedara sin reservas de botes de judías; tuvo que ser él el que entrara por primera vez en esa tienda pequeñita –total, por tan poca cosa, no hace falta ir al súper–; tuvo que ser él quien se fijara en esas manos pequeñas que le tendían el tíquet, él, quien levantó la vista y se fijó en las pecas, en el óvalo del rostro, en las orejas pequeñas y pegadas, en el pelo color trigueño; él, R. y no otro. Y fue M. y no otra la que descubrió todos esos sentimientos en sus ojos.

El Universo hizo que R. fuera el elegido. O eso dice él. Ahora vayan y díganle a R. que se deje de milongas y que todo continúa siendo gris, tirando a antracita. Que Rajoy, Sánchez, Iglesias, Rivera y Díaz, y todos esos, no son tan guapos. Que si lo creen es porque a su alrededor no hay más que aduladores que les alejan de la realidad como el enamoramiento aleja a los hombres del suelo. Que si flotan es porque un puñado de votos les han colocado ahí, quizá sin ellos merecerlo. Que quizá la próxima vez, M. les niegue hasta un bote de judías.

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