Jesús Cruz Álvarez, Viajes
Deje un comentario

Doñana y el espejismo del tiempo

Un bello atardecer en el parque natural de Doñana. Foto: Jesús Cruz Álvarez

Por Jesús Cruz Álvarez. Sábado, 24 de enero de 2016

Deportes

     Viajes

Pretender captar la complejidad y belleza de Doñana en una sola visita es como tomar una instantánea del tiempo en su eterno discurrir. Sencillamente no es posible. Como dicen los grandes conocedores del parque, no existe una sola Doñana, sino 365 muestras de una realidad cambiante, de un ser vivo que muda su piel con cada jornada que pasa, que se camufla al amparo de la luz tornadiza de los días y las noches. Sería necesario pasar todo un año contemplando cómo el lento fluir de las estaciones matiza los rasgos de los diferentes ecosistemas que la integran para al menos esbozar un dibujo aproximado de la vida que encierra en sus límites. Pero el tiempo siempre juega en nuestra contra.

Un primer paso es acudir al Centro de Interpretación del Acebuche y contratar una visita de cuatro horas en un minibús todoterreno que recorre los distintos ecosistemas del parque (la cooperativa Marismas del Rocío es la única empresa con acceso a todos ellos). Teniendo en cuenta que el Parque Nacional comprende un área de más de 50.000 hectáreas que se extienden entre los más de 30 kilómetros de playa virgen onubense y el intrincado sistema de humedales de tierra adentro, el paseo constituye apenas una panorámica exploratoria en cinco etapas (playa, dunas, bosque, vera y marisma) de la riqueza medioambiental de un lugar único en España. Otra cuestión es seleccionar la época en la que viajar al destino, pues de ella dependerá el paisaje que allí encontraremos.

Para entender el frágil equilibrio que sustenta Doñana y los cuatro grandes ecosistemas que lo componen, un factor clave es reconocer la importancia del agua en el ciclo natural de la vida en el parque. En verano, las extensiones de marismas y lagunas muestran fondos cuarteados y arcillosos por la acción del calor que parece instalado en densas ondas a ras de suelo, mientras la vera y los cotos se tiñen de colores pajizos de la hierba quemada entre la que rebuscan gamos y ciervos las exiguas briznas frescas del amanecer. El tiempo se detiene, amodorrado, en busca de una sombra esquiva bajo el implacable sol estival.

El Guadalquivir desde el Muelle de la Plancha. Foto: J.A.

El Guadalquivir desde el Muelle de la Plancha. Foto: J. C. A.

Con el otoño y las primeras lluvias, sin embargo, la actividad vuelve a brotar al ritmo que la tierra trasiega el agua y la marisma se vuelve a inundar poco a poco. Tras los tractores que surcan los verdes arrozales en plena cosecha se agolpan las aves para rescatar las lombrices y moluscos guarecidos entre el lodo. El cielo se oscurece por las bandadas de ánades, flamencos, gaviotas y fochas que comienzan a llegar desde el norte del continente europeo y que invernarán en las lagunas hasta la primavera antes de reemprender su camino hacia el sur. Es entonces cuando el ganado se retira a lugares más secos, pues la tierra firme por la que antes discurrían caminos ahora se torna en islas dispersas que desde el cielo componen fractales y figuras geométricas que parecen obedecer a una concienzuda planificación. La fuerza del agua, una vez más regidora de la sostenibilidad del parque, devuelve al mar la arena que durante todo el año las dunas móviles han arrastrado hacia el interior, peinadas por el viento en una acción lenta pero certera que las hace desplazarse entre 3 y 6 metros arrollando los bosques de pinos que crecen entre ellas y que reciben el nombre de corrales.

En primavera, el incremento de las horas de luz y las temperaturas más cálidas provoca una explosión de color que cubre de amarillo el monte, siembra de clavellinas las dunas y enebrales, pincelan con tonalidades malvas la vera, y hace surgir de la superficie de las marismas las flores de los ranúnculos. El alimento para la fauna nunca es tan abundante. El flujo de aves que van y vienen no cesa; por aquí pasan más de medio millón de 150 especies censadas diferentes, a las que se puede observar desde las pequeñas chozas emplazadas a lo largo del encantador sendero que parte del Centro de Visitantes de la Rocina. Los grupos de ciervos y jabalíes se dejan ver sin dificultad, incluso con suerte se puede atisbar algún tejón, zorros, nutrias, erizos y parejas de águilas imperial. Más inusual es toparse con un lince ibérico, el felino más amenazado del planeta, que ha encontrado en Doñana al hombre como improbable aliado en su lucha contra la extinción.

PalacioAcebrón-ElRocío

Una panorámica del hermoso Palacio del Acebrón. Foto: J. C. A.

No siempre fue así. El extenso territorio que abarca Doñana, principalmente en la provincia de Huelva, nunca ha estado poblado por asentamientos numerosos y estables, entre otras razones por lo aislado del lugar y la imposibilidad de desarrollar la agricultura en sus suelos arenosos (en el siglo XVIII el poblado de la Plancha llegó a tener casi 400 habitantes dedicados al carboneo, la pesca y otros trabajos forestales). En contrapartida, la principal finalidad que le han dado sus propietarios a lo largo de la historia ha sido la caza. Desde que en 1294 Fernando IV le regalase las tierras al duque de Medina Sidonia y conde de Niebla por su participación en la defensa de Tarifa, por Doñana, que curiosamente recibe su nombre de la mujer de este, doña Ana Gómez de Mendoza y Silva, hija de la princesa de Éboli, han pasado grandes personalidades del país con gran afición a la actividad cinegética o, simplemente, a la buena vida; Felipe IV, Felipe V, Eugenia de Montijo, Alfonso XIII, Goya, Franco… En 1900, el conde de Garvey compraría Doñana y construiría el palacio de las Marismillas, residencia vacacional de los presidentes del gobierno desde Felipe González. En otro palacio, el del Acebrón, un bonito edificio neoclásico y hoy también centro de interpretación, es posible ver los linces disecados que su dueño, Luis Espinosa Fondevilla, se dedicaba a cazar en una época donde no existía demasiado respeto por este bello felino. Suerte que en 1969 se creara el Parque Nacional y en 1994, en un alarde sensatez, la UNESCO lo catalogara como Patrimonio de la Humanidad.

Quizás aquellos que por proximidad geográfica lo podemos disfrutar de forma más sosegada, no seamos conscientes de su auténtico valor medioambiental y, por qué no, estético. Pero para ello tan sólo hace falta dedicar unas horas a contemplar cómo la vida se desarrolla sin artificios ante nuestros ojos, o pasear por kilómetros de playas vírgenes que con la marea baja se despliegan en horizontes infinitos, tan sólo acompañados por las gaviotas y correlimos que persiguen las olas en su incesante batir en la orilla despejada. Aunque con la certeza de que, al día siguiente, o unas horas más tarde, la experiencia sería diferente, el paisaje habría mutado. Doñana es un espejismo determinado por el tiempo. El tiempo que todo lo altera y que hace el momento, bello.

Dice Juan Ramón Jiménez: “El paraje es conocido, pero el momento lo transforma y lo hace extraño, ruidoso y monumental. Se dijera, a cada instante que vamos a descubrir un palacio abandonado… La tarde se prolonga más allá de sí misma, y la hora, contagiada de eternidad, es infinita, pacífica, insondable…”

22 de enero de 2016

*****

Si te ha gustado puedes visitar nuestra página oficial de Facebook o Twitter.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *