El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 43
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Olvidar es un verbo conservador

Por Paco Cisterna / Ilustración: El Koko Parrilla

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Si los españoles somos o no un pueblo desmemoriado podremos comprobarlo el próximo 20D, cuando depositemos el voto para evitar lo pasado –que no el pasado– o para apuntalar lo sufrido. En ese minuto trascendente, y dada la acuciante situación, solo caben dos actitudes: invertir en cimientos de futuro o seguir retejando las goteras. Arriesgarse o ser conservador. Qué duda cabe que la valentía entraña sus riesgos, pero nunca se ha escrito nada bueno de un cobarde. Es más, de no haber sido por los valientes aventureros del pensamiento, seguiríamos en las cavernas muriéndonos de hambre, frío y miedo. Cosa, por cierto, que sigue sucediendo en muchas partes del planeta; metafóricamente, incluso en nuestro propio país.

Cabe la posibilidad de que los españoles seamos un pueblo olvidadizo al que no le importe el pasado ni el futuro, sino apenas el presente. Un pueblo unamuniano al que la condición trágica de su desgobierno, y la avaricia histórica de sus gobernantes, le impele a lo folclórico como catarsis de supervivencia mística. Un pueblo arrastrado al esperpento cañí y pintoresco de las estrellas Michelín y los comedores sociales. Arrojado a la pretendida modernidad de la elegancia barata y los artilugios digitales, los peinados poligoneros y los coches tuneados en el desguace. Un mundo de cáscara hueca que solo se acuerda del hambre cuando le zurren las tripas. También, un mundo de opulencia y lujo asiático, que barniza de cultura las paredes de sus mansiones. Un mundo que invita a cenar a su casa a la jet-set del corazón, la política o los fogones dorados. Un mundo feliz en el que no existe más desgracia que los accidentes fortuitos de la vida, y que cuando conecta el aire acondicionado despeina a los poligoneros que viven a diez kilómetros de distancia. Un país, en fin, cuya memoria está ocupada por las cotizaciones bursátiles o los resultados de la jornada liguera, la decoración de anticuario o los chismes y diretes de un corazón “partío” en canal en alguna TV del ramo. En un país así, es normal que haya llegado a presidente del Gobierno un registrador de la propiedad. No por creer que el país es una propiedad registrada a su nombre, sino porque para llegar a registrador se necesita mucha memoria. Facultad, a tenor de las encuestas, que no tenemos o no queremos poseer o, al menos, no atesoramos la suficiente como para conseguir registrar el país a nuestro nombre.

Es cierto que no todos poseemos la misma capacidad de retención mental pero, además, la desmemoria política a corto plazo puede ser inducida o voluntaria. Inducida por una aparente situación de mejoría, sin solución de continuidad, lograda a fuerza de retorcer y estrangular la estadística oficial. Las cifras de desempleados, de cotizaciones a la Seguridad Social o de contratos por días, horas o minutos, bailan más, de un día para otro, que El Bimbo de Georgie Dann o el reguetón de Maduro juntos. Esos dígitos impertinentes, que para el Gobierno suman y para la oposición restan, parecen tener vida propia y pertenecer al mundo de la mecánica cuántica, donde la mera presencia del observador altera los resultados del experimento. En conclusión, la supuesta creación de empleo es un pepino de temporada, y obedece más a la excelencia de la cosecha que a la racionalización de los cultivos. A esta política pasiva o errática del no hay mal que cien años dure, porque el tiempo todo lo borra, hay que sumarle las campañas de fumigación realizadas por cierto medios de comunicación herbicidas. Estos hortelanos, vigilantes del jardín de las delicias, se han encargado de enfriar los ánimos de los indignados ahondando en la descalificación continua de sus líderes. Incluso han investigado la talla de calzoncillo que usan por si fuera delito tenerla más grande que tu oponente. Les ha costado digerir el ascenso meteórico de los partidos emergentes, hasta darse cuenta de que están ahí para quedarse, y ellos no están para perder más lectores. Y qué podemos decir de la Navidad, fecha idílica para convocar unas elecciones. El ambiente navideño, el arbolito, las felicitaciones, la lotería…, todo dispuesto para desmontar el belén de la memoria, para mitigar el descontento del voto herido y desahuciado por la economía macrocigótica y favorecer, de paso, el voto de los bienaventurados con paga extra y realización de beneficios navideños en el Ibex 35 ¡Dale a la zambomba, que no tengo almirez!

El cambio, según los sondeos, está en manos de los indecisos, que esperemos guarden memoria del naufragio, y ojalá que las trompetas del cambio silencien a los clarines del olvido. El voto entraña muchos significados y encierra no menos intereses. Son los museos congeladores del olvido. Acudamos el domingo a ellos para rescatar la memoria plena, democrática y solidaria, sobre la que construir un cimiento de futuro sostenible. Que el sacrificio, al menos, sirva para legar a nuestros hijos un devenir más justo y solidario y no un remedo, parcheado por tramposos, de lo que un día pudimos construir.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

El Koko Parrilla

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