Artsenal, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 43, Opinión
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Los que no votan

Por Gil  Manuel Hernández / Ilustración: Artsenal

Gil-Manuel Hernández

Gil-Manuel Hernández

Son millones y ya no cuentan, y lo saben. Se reconocen como absolutamente prescindibles y probablemente lo sean, deambulando por las fronteras de un sistema que los ha ido excluyendo, especialmente a los más pobres. Son los que no votan. Las dificultades para ellos no han cesado de crecer, hay países en que deben inscribirse tras penosos trámites, otros, como España, donde a los emigrantes se les ponen todo tipo de trabas para votar, pero en general asistimos a todo un proceso de desposesión democrática que va dejando en la cuneta a los olvidados, a los relegados de una democracia progresivamente degradada.

En Occidente la media de la abstención ronda el 30 %, un tercio de la ciudadanía que parece ser que ha tirado la toalla, que se siente desengañada, desesperanzada, escéptica con el hecho de que votando se puedan cambiar las cosas. Una situación que a la derecha y las fuerzas del neoliberalismo les viene de maravilla, pues sus desmanes dependen en gran medida de que cunda el desencanto y esa idea tan thatcheriana de que no hay alternativa. Pero, como esos parados de larga duración que ya han renunciado a ver la luz al final del túnel, a los no votantes decepcionados ya todo les acaba dando igual y solo ven teatro y mangoneo donde otros todavía ven una ventana de oportunidad.

La desmovilización democrática roe sin piedad la médula del poco estado del bienestar que pueda quedar, hunde en el falso apoliticismo a los que ya nada esperan de la política salvo peores males, como el irrefrenable ascenso del nuevo fascismo, funde los plomos de la resistencia que se hace desde las urnas y aleja a los más jóvenes de un compromiso que se ve como abocado al fracaso. Tal vez en alguna parte en penumbra estén germinando las semillas de una democracia directa desde abajo, de un procomún integral que sabe que habrá de buscarse la vida por su cuenta, ajeno a los vaivenes de la oposición Estado-Mercado, pues a sus ojos tal oposición no es tal sino una obscena fusión corporativa de intereses particulares. Tal vez sea así, pero no se sabe a ciencia cierta cuántos de los que no votan estén moviéndose por estos incipientes territorios. Quizás sean todavía muy pocos y muchos los que se quedan en casa absorbidos por un fatalismo que los ancla a la impotencia y a la marginación.

No debemos engañarnos, a la inmensa mayoría de los políticos profesionales y grupos de presión los que no votan les traen sin cuidado, incluso les interesa que sean cada vez más porque así los que les incordian con demandas de transparencia, control y participación serán menos, y todo irá quedando en una suerte de gran simulacro de la fiesta de la democracia. Y mientras, los que permanecen en silencio, en la oscuridad estadística de las encuestas, los sondeos y los análisis electorales, se irán hundiendo un poco más en la soledad del exvotante sin horizonte, del mendigo de las urnas, del deshauciado constitucional. Es muy duro, pero hay que admitir que, cada vez más, nadie se acordará de ellos cuando hayamos votado.

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