Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 43, Opinión
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La vida de nadie

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

Cuando tenía cinco años le operaron de las amígdalas, concretamente, se las extirparon en una intervención que recuerda con horror porque la anestesia dejó de hacer efecto poco antes de que acabara aquello y pudo ver la cara del cirujano y su gesto de esfuerzo, como el de un sacamuelas de película del Far West (apostaría algo a que en sus manos blandía unas tenazas). El posoperatorio, sin embargo, fue maravilloso: para sus padres, porque durante unos cuantos días la pequeña charlatana que ella era permaneció muda; y para la niña, porque se atiborraba de helados que se supone que eran buenos para curar la garganta, y porque le colocaron la tele en la habitación para que pudiera ver cómodamente las dos horas de emisión de los Chiripitifláuticos. Además, la operación le proporcionó un tesoro: uno de esos días lluviosos de visita al médico en el que el doctor Canós decidió que había que operar; uno en que la madre empalideció al escuchar el diagnóstico; ése en que la niña sintió que algo malo iba a ocurrir; una de esas jornadas grises por dentro y por fuera, entraron padres e hija en una librería de Castellón –puede que fuera Armengot– porque los adultos creyeron que un libro sería un buen consuelo. Eligió la novela de Louise May Alcott Mujercitas, uno de aquellos clásicos ilustrados de Bruguera, Historias Selección, que combinaba una página de texto con otra de viñetas. La suerte estaba echada. Apenas había aprendido a leer pero con cinco años supo que quería ser como Josephine, Jo, la segunda de las hermanas March.

Cuarenta y tres años después, una mujer que es nadie acude un sábado por la noche a una sala de conciertos; pongamos que es La Rambleta, pongamos que está en Valencia. Esa mujer está disfrutando, después de muchos meses, de su primera salida nocturna tras una semana de trabajo ya que hace poco que ha conseguido un contrato y ha vuelto a formar parte de esa masa social, cada vez más menguada, de los que se ganan el pan con el sudor de la frente. Y en la oscuridad de la sala, mientras McEnroe ocupa el escenario y suena Coney Island, contempla las siluetas a contraluz de chicas con flores en el pelo y jóvenes con barba; gente anónima, vidas ligeras, sin importancia. Hace tiempo que asumió que nunca sería Jo pero también que la felicidad consiste en unas pocas horas disfrutando de la buena música; en tener un trabajo con el que poder comprar comida para sus hijos; en ocupar un espacio en el anónimo corazón de alguien tan anónimo como ella; en apreciar la mirada de los que saben mirar. Supo que la felicidad no es más que ser feliz sin saberlo. Es llevar esta vida de nadie.

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L'Avi

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