Alfredo Piermattei, Humor Gráfico, Número 43, Opinión, Tonino Guitián
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La importancia de resultar electo

Por Tonino Guitián / Ilustración: Alfredo Piermattei

Tonino Guitián

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El repetido eslogan de que éstas son las elecciones más importantes de la democracia implicaría, por poner dos ejemplos, que la del sexenio democrático en 1873 fue intranscendente (ganó la abstención y eso tuvo sus consecuencias) o que la que se hizo tras la dictadura de Primo de Rivera en 1931 y restauró la monarquía no fue realmente crucial para nosotros.

El interés de dar transcendencia al próximo plebiscito contrasta con las advertencias previas de Bruselas de que cualquier opción política deberá seguir desmantelando derechos. Y si bien los dos partidos que tradicionalmente se han repartido el poder y sus consecuencias son conscientes de la limitada capacidad de acción pública frente a la deuda contraída con la banca, tampoco parece que las otras opciones hayan escarmentado con Atenas. Si a eso sumamos la desaparición de Izquierda Unida del interés mediático, la balanza no se inclina hacia una opción política ganadora, sino hacia la canalización total de la política nacional y sus instrumentos democráticos hacia la banalidad de nuestras instituciones. La búsqueda de la felicidad absoluta y las grandes soluciones a todo en general y a nada concreto tiene estas consecuencias orwelianas.

Para entendernos de una vez por todas es necesario cambiar el lema de la importancia por el de la desconfianza: estas son las elecciones de la sospecha y la incredulidad. De manera general, si eliminamos el componente de la corrupción, que a la mayoría parece que no es importante castigar (grave error), los votantes creen que se debe a que las personas que ostentan cargos decisivos pueden cambiar radicalmente su discurso, como ha ocurrido últimamente, o a que su discurso es directamente una utopía. Asumimos así que es inviable la confianza en el ser humano y la infalibilidad de algo tan abstracto como la economía, que es un arte mágico hecho de cifras, probabilidades y apuestas imprevisibles de la Bolsa.

Como pasa con la corrupción, no parece importante a la mayoría castigar la labor psicópata de los economistas nacionales e internacionales que se han encargado de minar cualquier posibilidad de reacción desde todas las vías legales y que ha habido que confrontar por medio de asociaciones ciudadanas y peleas que han sido calificadas de radicales. La gente quiere cifras, y la gente recibe cifras: sesgadas, escamoteadas, medio verdades, en forma de esquemas, gráficos, cómputos, intenciones de voto que se suceden para dar la quiniela ganadora de los votos. Entre todo ello, ninguna reflexión. El problema del paro queda sepultado entre arquetipos y la reacción ante los ataques terroristas en Europa o la política de guerra como algo que ya se tomará en cuenta cuando toque, porque ahora son elecciones y esa cuestión que ha metido al mundo en una nueva crisis no transciende nuestras fronteras.

Muy sintomático es que las más profundas reflexiones se hayan hecho desde páginas de humor, habitualmente negro, como ocurrió durante nuestra última dictadura. Por eso esta columna no tiene ni un miligramo de gracia. Si alguien quería enterarse de lo que realmente duele en este país, fuera de la corrección política impuesta, no ha sido mediante la acción de una nueva Victoria Kent sino por la irrupción de nuevos y jóvenes Chummy Chúmenes que han dado siempre con la clave de la falta de iniciativa real reinante y sus circunloquios. Por eso nuestros grandes notables se han puesto a bailar, cantar, hacer chistes, jugar al futbolín o hacer footing en la televisión. Una imagen vale más que mil palabras, y ante el ascenso del humor gráfico han sacado su retorcida manera de hacerse humanos mediante ese odioso brazo del poder que es el humor blanco, también el humor favorito de los totalitarios, mientras que con el otro brazo, el de la severidad de las cifras más o menos reales o inventadas, mueven los hilos de nuestro mundo y nos dejan con la sonrisa helada.

Yo me he llegado a plantear cuánta gente lee o escucha lo que se dice frente a la gente que espía, pensando que todo es mentira, para hacer su próximo movimiento. Cuánta gente calcula que votará a tal partido mayoritario si ve crecer su opuesto minoritario. Y qué poca gente tiene a alguien sincero a quien votar, desde el punto de vista de que la economía se basa en trucos y artimañas y que su ley fundamental es fingir para conseguir cualquier ganancia. Y mientras todo ese circo de cifras se mueve a nuestro alrededor, los expertos y los sabios, los que saben lo que es la humanidad en el sentido de la compasión y el altruismo, quedan en un plano tan alejado de nosotros, tan involuntariamente aburrido, que nadie sabe ni que existen. Y no se preocupen: existen, basta con buscarlos, y algún día le tendremos que buscar entre esta confusión de valores en la que se nos ha inmerso, como ha ocurrido tantas otras veces, y volver a creer en que las instituciones puedan regular su posible y previsible locura de hacer el bien a cualquier coste.

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Alfredo Piermattei

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