Editoriales, Humor Gráfico, Número 43, Zumbador
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Editorial: Todo por decidir

Ilustración: Zumbador. Viernes, 11 de diciembre de 2015

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   Editorial

A solo nueve días del 20D nos encontramos ante las elecciones generales más abiertas de la historia de la democracia española y hasta el último minuto no sabremos quién será el próximo presidente del Gobierno. Aunque las encuestas dan la victoria al PP de Mariano Rajoy por un estrecho margen de papeletas, todo es posible aún, según coinciden expertos analistas y politólogos, ya que al menos un 40 por ciento del electorado aún no tiene decidido su voto. Está por ver cómo va a afectar al proceso electoral el apasionante debate a cuatro que los líderes de los principales partidos mantuvieron el pasado lunes en el plató de Atresmedia. Según buena parte de las encuestas, Pablo Iglesias fue el ganador, ya que supo aprovechar su amplia experiencia en televisión para comunicar mejor y conectar con el electorado. Con todo, esta vez, más que nunca, la llave del Gobierno la tendrán los indecisos, entre los que hay un buen puñado de rebotados del Partido Popular que se plantean votar a Ciudadanos y otro granero de desencantados del PSOE que reflexionan si dar su confianza a Podemos. Los cuatro partidos con posibilidades reales de ganar los comicios (PP, PSOE, Ciudadanos y Podemos) compiten a estas horas, puerta a puerta, pueblo a pueblo, por arañar unas papeletas que podrían antojarse decisivas.

El Partido Popular, bajo el eslogan ‘España en serio’, se presenta como la baza de la estabilidad y la experiencia en un contexto de cierta recuperación económica. Los populares están insistiendo hasta la saciedad en su discurso triunfalista que pese a estar fundamentado en algunos datos objetivos parece excesivo. Según Rajoy y los suyos, las políticas económicas del Gobierno –sobre todo la reforma laboral y el control del gasto público a base de fuertes recortes– están dando sus frutos, ya que han evitado el rescate financiero y están contribuyendo a generar empleo. Lo del rescate no es del todo cierto, ya que más de 88.000 millones de euros de los fondos públicos, es decir de todos los contribuyentes, han ido a parar al saneamiento de los bancos para evitar un crack financiero. El Gobierno todavía debe explicar si esa monstruosidad de dinero será recuperado algún día por el Estado o se donó a los banqueros a fondo perdido. En cuanto al paro, es cierto que en los últimos meses ha repuntado algo el empleo, pero tampoco debe sacar pecho el Gobierno, ya que según todas las estadísticas las cifras están disminuyendo por la influencia de los contratos temporales y precarios (sobre todo minijobs en condiciones poco menos que esclavistas para los trabajadores) por la salida al extranjero de miles de españoles que se ven obligados a emigrar en busca de trabajo y porque muchos desempleados, desencantados y hastiados de la burocracia inútil, han dejado de apuntarse ya al Inem, al considerar que no sirve para nada. Por si fuera poco, Rajoy aún no ha explicado convincentemente a los españoles por qué decenas de cargos públicos de su partido en toda España están en la cárcel o figuran como imputados en graves casos de corrupción que han supuesto un agujero de miles de millones de euros a las arcas públicas mientras a los ciudadanos se les castigaba con duros recortes en Sanidad, Educación y Servicios Sociales. Caso Gurtel, Caso Bárcenas, Caso Púnica, Caso Blesa, Caso Bankia, Caso Rato, Caso Fabra, Caso Matas, Caso Noos, Caso Brugal, Caso de la sede de Génova 13, entre otros muchos, son solo algunos ejemplos de la larga lista de asuntos sucios que han salpicado al partido en el Gobierno en esta legislatura sin que el presidente Rajoy haya dado aún otra respuesta que un insuficiente “ya hemos pedido perdón, no volverá a pasar”. Por si fuera poco, en medio de la campaña ha saltado el enésimo escándalo, el caso Arístegui que promete dar nuevas tardes de bochorno al PP. La responsabilidad política está para asumirla, no vale con pedir perdón, y han sido demasiados asuntos oscuros y demasiado bochornosos como para que Rajoy pase de puntillas sobre ellos. Que el presidente no haya asumido su responsabilidad presentando su dimisión por asuntos tan turbios es algo que podría pasarle factura al PP en las urnas el próximo 20D. Los populares concurren a las elecciones con un líder lastrado por la corrupción que se esconde en Doñana para no dar la cara cuando hay debates en televisión. En los últimos días, el jefe del Ejecutivo ha evitado los debates cuerpo a cuerpo con los otros tres candidatos, pero ha querido limpiar su imagen acudiendo a programas casposos como el de Bertín Osborne, donde al calor de unas partidillas de futbolín, de unos chistes malos y de una plácida botella de Rioja ha encontrado un cálido clima de complicidad con el cantante, un escenario cómodo muy alejado de las preguntas comprometidas de los periodistas de verdad. Al esconderse detrás de su vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, que está dando la cara por él en todo momento, ejerciendo casi como candidata a la Moncloa, ha quedado como un líder poco valiente que huye de su pueblo y que tiene mucho que esconder. Y esta dimisión de los debates es un mal negocio en cualquier campaña electoral.

El bajón del PP será sin duda aprovechado por el partido emergente de la derecha, Ciudadanos, que prosigue su ascenso meteórico en todas las encuestas. La formación de Albert Rivera ha hecho una política inteligente y sensata que está erosionando gravemente al PP. Su apuesta por la regeneración democrática y contra la corrupción, la propuesta de un contrato único para luchar contra el paro que no desagrada a la patronal, sin dejar de lado los aspectos sociales, le convierten en una alternativa sugerente para muchos votantes hartos de votar al PP y para otros muchos que habían caído en la abstención. De todos modos, la lucha por el centro, en la que no solo están inmersos PP y Ciudadanos, sino también el PSOE, se antoja fundamental a la hora de decidir el voto de los indecisos y la victoria final. Aquel partido que logre aglutinar el voto centrista ganará sin duda los comicios y por eso no es de extrañar que tanto Rajoy como Rivera hayan tratado de apropiarse, sin rubor, de la imagen de Adolfo Suárez durante esta campaña. Ciudadanos concurre a estas elecciones como un partido que se supone de centro derecha, renovador, moderno y moderado, con aspiraciones serias de gobernar, pero antes Rivera debe romper unos cuantos mitos y tabúes que le han colgado sus enemigos políticos, como esa imagen populista que transmite (ya se le compara con José Antonio el falangista). Habrá que ver qué hay de cierto en la acusación de que Ciudadanos no es más que una simple operación de marketing que bajo la apariencia de modernidad no esconde sino a la derecha española tradicional de toda la vida. Por si fuera poco, ciertas frivolidades como el desnudo en Interviu de su concejala Carmen López no benefician a la imagen de seriedad que pretende transmitir la formación naranja. Y las últimas declaraciones de su número 3, Marta Rivera, sobre la violencia de género han dejado un cierto tufo machista en ese partido. De cualquier manera, Ciudadanos puede que no llegue a gobernar nunca, pero será la llave de gobierno. No es UPyD. Ha llegado para quedarse.

Mientras la derecha se fractura, también la izquierda sufre un proceso de fragmentación similar. Pedro Sánchez trata de recomponer las maltrechas filas del PSOE y en cierta manera la labor de campaña que está realizando el líder socialista se puede calificar de digna (pese a la imagen insustancial que transmitió en el debate a cuatro) mostrándose como líder de un partido con experiencia de Gobierno que apuesta por la estabilidad y la moderación, sin olvidar las reformas que como la de la Constitución y el avance hacia el Estado Federal necesita el país. Hasta el día del debate, Sánchez estaba consiguiendo remontar puestos en las encuestas, recuperando la confianza de buena parte de su electorado desencantado tras la etapa de Zapatero. Su actuación en el plató ha sembrado dudas sobre su capacidad de liderazgo. El PSOE tiene un enemigo principal: el propio PSOE. Juega con un importante lastre en su contra: fue el partido que gobernaba cuando estalló la crisis económica y muchos votantes españoles auténticamente de izquierdas le reprochan que cuando al partido le llega la hora de asumir las riendas del poder y gobernar, sus políticas siempre acaban siendo demasiado conservadoras, demasiado parecidas a las del PP. Por mucho que Sánchez se empeñe en acudir a programas juveniles de televisión como El Hormiguero para demostrar sus dotes de jugador de baloncesto o se organice un día de montañismo con Calleja, las siglas PSOE siguen oliendo a más de lo mismo, a vieja política, y su programa lleno de supuestas promesas progresistas suele quedar en la práctica en un elenco de políticas económicas poco menos que neoliberales y financieras. Contra ese estigma están luchando los socialistas. Tampoco ayuda demasiado que Felipe González, el gran patriarca que se ha enriquecido merced a unas amistades poco recomendables, salga dando lecciones de lucha de clases en sus apariciones públicas tan esporádicas como mediáticas. Es innegable que los últimos grandes avances en derechos civiles de este país se deben apuntar siempre en el haber del PSOE (ley de matrimonio homosexual, ley del aborto, ley de dependencia, cheque bebé, cobertura sanitaria universal, ley de memoria histórica) pero cuando estos logros se colocan en el otro lado de la balanza, junto a una política económica más propia de la derecha que de la izquierda, vuelve a planear la sombra de la duda sobre miles de indecisos.

Y finalmente nos queda Podemos, el partido de Pablo Iglesias. Su líder ha cometido graves errores durante los meses previos a la campaña electoral. Ha jugado descaradamente al populismo y ha incurrido en espectáculos poco serios como regalar películas de video al Rey Felipe o cantar como un indio Coleta Morada en mítines de barrio. Sin embargo, durante el debate a cuatro se mostró firme y coherente en sus postulados y ha conseguido transmitir la idea de que no solo es brillante en su oratoria (pese a ciertos tics demagógicos) sino que tiene un programa y está dispuesto a aplicarlo, mayormente en lo económico, donde millones de españoles esperan que un partido con sensibilidad social llegue al poder por fin para que se ocupe de los problemas reales de la gente, no solo de las cifras macroeconómicas. No debemos dar por perdedor a Podemos. Ganó el debate a cuatro y lo ganó con claridad. Aún queda mucha campaña y el ciudadano no olvida ni la corrupción ni los sufrimientos que ha tenido que soportar durante los años duros de los recortes del PP. Que nadie entierre a Iglesias, porque está más vivo que nunca.

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