Artsenal, Editoriales, Humor Gráfico, Número 43
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Editorial: Gana el PP, pero tendrá que buscar socios para gobernar

Ilustración: Artsenal. Lunes, 21 de diciembre de 2015

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   Editorial

El Partido Popular ha ganado las elecciones generales pero ha perdido la preciada mayoría absoluta, de forma que no podrá gobernar en solitario y tendrá que sentarse a negociar y a pactar con las demás fuerzas políticas si quiere seguir ostentando el poder en los próximos cuatro años. Han sido los peores resultados de los populares desde 1989 (123 representantes, muy lejos de los 186 diputados obtenidos en las elecciones de 2011 y de los 176 que dan la mayoría absoluta) una victoria pírrica a todas luces que deja a un PP inestable, débil, con muchas dificultades para formar un gobierno. A última hora de ayer, con el 93 por ciento de los votos escrutados, los semblantes de los populares eran de auténtica desolación en la sede del partido en Madrid y apenas 200 personas se habían congregado en la calle para celebrar una victoria que sabe a derrota. Muy lejos quedan aquellas noches gloriosas en las que los prebostes populares saltaban exultantes en un balcón de Génova 13 rodeado por miles de militantes enfervorecidos y enarbolando banderas españolas. Solo pactando con Ciudadanos, el recién estrenado partido de Albert Rivera, más un tercer o cuarto socio, podría Rajoy mantener el poder, pero ese acuerdo parece a esta hora más que improbable, ya que el propio Rivera se ha apresurado a negarlo. Sin duda, el descalabro que han sufrido los populares ha sido importante, quizá el más duro de toda su historia. Mariano Rajoy es un presidente en una difícil posición que tras estos comicios puede haber dicho adiós a su carrera política. Un presidente agotado, quemado, amortizado. A última hora de la noche de ayer salía al balcón de Génova, tratando de aparentar normalidad, para dirigirse a sus militantes y decirles que “este partido sigue siendo la primera fuerza política de España” y recordar que “más de siete millones de españoles han dado su confianza al PP”. El líder popular aseguró además que “quien gana las elecciones debe intentar formar gobierno”, por lo que trabajará para conseguir un gabinete estable. La crisis, los duros recortes y la corrupción han pasado factura al Gobierno, pero éste todavía cuenta con un granero de siete millones de votantes, no solo de las clases altas y pudientes, sino en buena medida trabajadores y pensionistas que parecen satisfechos con la actual situación, pese a las políticas de austeridad que han degradado el Estado de Bienestar.

Por su parte, el PSOE, el otro gran partido del bipartidismo en crisis, ha conseguido salvar los muebles, aunque también ha sufrido una sangría importante de votos, quedándose en 90 diputados (un 22 por ciento de los escaños) lejos de los 110 representantes obtenidos en las pasadas elecciones de 2011. Los primeros sondeos publicados nada más cerrarse los colegios electorales vaticinaban un terremoto político: que los socialistas pasaban a ser tercera fuerza en España en detrimento del emergente Podemos, la formación morada de Pablo Iglesias. Parecía inevitable el descalabro de un partido con 136 años de historia. La angustia se apoderaba por momentos de las filas socialistas, pero esta posibilidad se iba diluyendo conforme transcurría la noche y se cerraba el recuento de votos. Finalmente, el PSOE lograba recuperar posiciones hasta lograr 90 diputados, un resultado con cierto sabor agridulce, ya que si bien finalmente se alejaba la sombra del temido desastre, existía cierta desazón porque el mensaje lanzado por Pedro Sánchez no ha calado en el electorado ni ha sido suficiente para ganarle las elecciones al PP. Al PSOE solo le quedaría ahora el consuelo de pactar con Pablo Iglesias y con otras fuerzas minoritarias como Izquierda Unida o los nacionalistas vascos y catalanes con el fin de formar gobierno, una alianza que no será fácil de gestionar. De no lograrse ese acuerdo, y si PP y Ciudadanos tampoco pactan, como parece previsible, la ingobernabilidad del país sería un hecho y habría que volver a celebrar elecciones a corto plazo. Pedro Sánchez compareció anoche para decir que “en esta campaña ha habido una gran coalición de intereses para acabar con el Partido Socialista, pero no lo han conseguido. España quiere izquierda, quiere cambiar, pero los ciudadanos hoy han decidido con su voto que la primera fuerza sea el PP y quiero felicitar a Mariano Rajoy por su victoria”, añadió Sánchez en tono derrotista.

Podemos, el partido de los indignados, de las mareas ciudadanas y del movimiento ciudadano 15M, es la fuerza que sale más reforzada tras los comicios: partía de la nada y ha logrado 69 diputados, más de un 20 por ciento de los votos. Si bien es cierto que sus resultados no han sido tan buenos como se esperaban, pese a que hace algunos meses las encuestas le daban la victoria, se afianza como tercera fuerza política y recorta terreno respecto a los socialistas en su lucha por convertirse en el gran referente de la izquierda española. Hoy, una vez que los ciudadanos han hablado en las urnas, se ve lo importante que fue aquel minuto de oro de Pablo Iglesias en el debate televisivo de Atresmedia al que asistieron todos los candidatos menos Mariano Rajoy, que decidió quedarse en su casa de Doñana. El líder de Podemos supo dirigirse a los españoles y captar su atención con aquella invitación a soñar con el cambio que en su boca sonó algo más sincera que la de sus oponentes. A partir de ese momento, la formación morada ha ido recuperando puestos durante la campaña, haciendo realidad la remontada que pedía Iglesias. Podemos se ha convertido en árbitro de las decisiones que se tomen a partir de ahora en el Parlamento español. Tendrán que contar con los indignados, tendrán que escuchar la voz de esa parte del pueblo que hasta ahora no se sentía representada por nadie. Iglesias, en su primera comparecencia de anoche ante los medios de comunicación, adelantó sus condiciones de cara a futuros pactos con otras fuerzas: reforma constitucional, reforma de la ley electoral para dar cabida a partidos minoritarios y blindaje de los derechos sociales. “España ha votado un cambio de sistema”, dijo Iglesias, y esto tiene una implicación “inaplazable”, “irrenunciable” e “imprescindible”, que es la reforma constitucional.

Sin duda, la mayor decepción la ha protagonizado Ciudadanos. Aunque el partido de centro derecha de Albert Rivera se presentaba por primera vez a unas elecciones generales (al igual que Podemos) las encuestas le habían dado como alternativa seria de gobierno, de manera que ha quedado muy lejos de las expectativas iniciales. Ni siquiera en su feudo de Cataluña, donde Rivera se había autoproclamado como principal fuerza oponente contra el independentismo, ha obtenido unos buenos resultados, quedando como quinta fuerza en el espectro político catalán. Con todo, los 40 diputados obtenidos por Ciudadanos en estas elecciones generales, bien con su abstención o con su apoyo, tienen en sus manos buena parte de la llave que puede abrir la puerta de Moncloa al futuro presidente del Gobierno. “Estoy convencido de que vamos a trabajar esta legislatura por todos aquellos que han hecho posible esta democracia que tenemos que reformar”, dijo Rivera.

Lo que parece más que seguro es que se abre un tiempo nuevo marcado por la incertidumbre y la fragmentación del Parlamento, que a partir de ahora se convertirá en un puzle colorista necesitado de política con mayúsculas y de grandes acuerdos. La época de los recortes sociales por vía del decreto-ley, del autoritarismo por momentos antidemocrático, del rodillo aplastante de un Gobierno prepotente que ha gobernado durante la crisis con mano de hierro y con políticas durísimas causantes de grandes sufrimientos para buena parte de la población, sobre todo para las clases más desfavorecidas, ya es historia, y el mapa político con cuatro partidos importantes en liza supone la liquidación definitiva del bipartidismo, al menos durante los cuatro próximos años. Ésta será la legislatura del acuerdo, de los pactos y las negociaciones para hacer frente a los retos complejos que deberá afrontar el país en los próximos meses. La salida de la crisis económica y el desafío independentista catalán no podrán resolverse, como hasta ahora, con actitudes absolutistas y dogmáticas. Anoche, algunos medios de comunicación ya especulaban con la posibilidad de que PP y PSOE estén ultimando un acuerdo para firmar ese término tan temido y sospechoso, “la gran coalición”, una hipótesis que podría resultar letal para el futuro del Partido Socialista, cuyos votantes no quieren ni oír hablar de coaliciones con los populares. El fantasma de la ingobernabilidad planeará en las próximas semanas sobre España. Queda por ver cómo reaccionan mañana los mercados y la Bolsa, que odia la inestabilidad y sin duda presionará para que se forme un gobierno de gran coalición PP-PSOE cuanto antes. Todo pasa por los pactos. El supuesto bloque de izquierdas que podría formarse (PSOE-Podemos) sumaría 159 representantes en el Congreso. El de derechas (PP-Ciudadanos) llegaría a 163 diputados. Números todavía insuficientes para formar gobierno estable, pero un principio al menos al que podrían ir sumándose otras formaciones. A esta hora una cosa está clara: España se acuesta sin saber quién va a ser su próximo presidente del Gobierno. Un hecho inédito en la historia reciente del país. Más pluralidad, pero más inestabilidad; más democracia, pero más incertidumbre. Es el signo de los nuevos tiempos.

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