Antonio J. Gras, Gastronomía
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Desde la frontera: ¿Y si los turistas tuvieran razón?

Turistas orientales pasean por una calle de cualquier ciudad española.

Por Antonio J. Gras. Jueves, 3 de diciembre de 2015

Deportes

Gastronomía

“Cuando lo ficticio es real, lo real es ficticio.
Donde no hay nada, está todo”
Sueño en el pabellón rojo

Cuenta mi amigo Toni Manera que cuando la madre de su segunda mujer, también alemana como la hija, venía a visitarlos a la isla donde él reside, la buena señora le llevaba a sitios que ni él siquiera conocía y de los que no había oído hablar. Buscaba y rebuscaba, en libros, revistas y en la incipiente red, un catálogo de recomendaciones de otros viajeros que habían recorrido aquellos territorios con ahínco y dejaban sus experiencias para que otros pudieran disfrutar de ellas.

Si tuviéramos valor podríamos afirmar que el turista nunca se equivoca, quien se equivoca es el lugareño sedentario que cree conocer su entorno desde su sillón, desde su posición de señor de lo que le rodea, y que trata de dar gato por liebre a esos que vienen a ver lo que les supone extrañeza, sorpresa y admiración. Sin duda, el lugareño, la mayoría de las veces, juzga el mundo desde una panorámica limitada, y lo que no entra en su cotidianidad y en sus medidas carece de valor, y desde luego de un valor positivo. Los lugareños, por lo general, son muy malos viajeros, porque han supuesto que el mundo solo debe ser una extensión de la similitud que convive con ellos. Y que lo diferente carece del valor de lo propio. Es la miopía de quien no ha querido salir de su plaza con arbolitos y desde allí imagina un mundo siempre similar al que habita. Lo ajeno no se valora, porque no existe en su realidad.

Ahora vendrá el sabihondo de turno y querrá hacer la diferencia entre turista y viajero, entre el que mira la fachada principal del edificio, incluso oyendo una audio guía, y el que mira la espalda de todo desde su sabiduría ofrecida por su amplia experiencia vital y la de sus lecturas o recomendaciones. Pero ya hemos aprendido que lo absoluto es un logro al que solo algunos necios pretenden tener acceso. Los más mundanos preferimos quedarnos muchas veces con contemplar el mundo desde la esquina que da a dos calles, desde la que se ve la fachada, pero también la que nos muestra que hay más mundo detrás de ella.

Podríamos hacer un catálogo de diferentes turistas, viajeros, exploradores, aventureros, etc, según sea el interés final de quien emprende el camino. Pero hay en todos un motivo común de ponerse en movimiento, salir de su cotidianidad para poder dejar grabado en su memoria algo que les resulte memorable, imborrable o duradero. Algo que envidiar y les ayude a cambiar lo que son. El viajero que regresa para seguir siendo lo que fue antes de partir no es viajero, es entelequia.

Es cierto que unos lo plasmarán en selfies repetidos, en retazos egocéntricos de sus Facebook, otros más vanidosos lo elevarán a la categoría de blogs, inclusos hay quien escribe ensayos, y hasta quien se atreve con teorías antropológicas que dejan en plúmbeos libros de viajes que quieren convertirse en la voz del gurú de la tendencia. Pero todos van a la búsqueda de rellenar una parcela de su vida, ya sea participando en una atracción de Disneyland, adentrándose en un tablao flamenco, visitando la última novedad gastronómica que ha merecido reconocimiento a través de guías o artículos en publicaciones especializadas, visitando ese museo al que muy pocos caminantes acceden en la vieja Nápoles, o conviviendo unos días con poblaciones lacustres del Titicaca.

El turista tiene razón cuando se acerca hasta una taberna portuaria y quiere comer un plato de boquerones fritos o de mejillones en salsa marinera, pero se encuentra con que los boquerones son congelados y no vienen del mar cercano, ya que han viajado desde oriente hasta el centro comercial más próximo, donde la oferta del día le ha cuadrado al encargado de compras del chiringuito. O cuando quiere llevarse un recuerdo de los que venden en esos puestos que ocupan las calles de Venecia y no lee que en alguna parte del objeto adquirido está escrito en letras minúsculas “made in china”. El turista tiene una fe demasiado ciega en el lugareño, mientras que estos sólo lo ven como medio de engrosar la cartera.

El turista es un ser indefenso, crédulo, al que el mercantilismo y la falta de escrúpulos se empeña en estafar una y otra vez. Dándole lo semejante para saciar su hambre básica de recuerdo, y como las oleadas son cada vez mayores, los engaños son cada vez más manejados por redes que no tienen ningún recato en fabricar en la misma estancia máscaras venecianas, castañuelas flamencas o zuecos holandeses. El comercio arrasa con la verdad porque el turismo se ha convertido en un negocio que no respeta la verdad, y los lugareños prefieren dedicarse a contabilizar monedas que a elaborar verdades. Es más rentable y menos costoso.

Tal vez la verdades no sean absolutas y haya rebaños de turistas que siguen al señor del paraguas o al del letrero, almas sin más profundidad que la boca de metro a la que descienden los días que van al trabajo, pero aprecio a los viajeros no invasivos, los permeables, porque dan flujo a las economías, llenan paredes con artesanías que no lo son y tienen historias que contar, recomendaciones que hacer y sueños que perseguir. Y eso vale más que quedarse en la parte del tiburón, por muy provinciano que juegue a ser la figura popular y chabacana del lugareño. No nos gustan aquellos turistas a los que cantaba Vainica Doble, porque no olvidemos que:

Con un dátil por alimentación,
con un dátil yo inventé la democracia,
con un dátil yo te gano el maratón,
no me hace ninguna gracia
que me tengas compasión

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Antonio J. Gras

 

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