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Conversación en la catedral: la última película de Philippe Garrel

Un fotograma de ‘Liberté, la nuit’ (1984) del director Philippe Garrel.

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Por Mario Vitale. Miércoles, 9 de diciembre de 2015

Amable y despreocupado lector que temerariamente has dado con estas líneas, abandónalas cuanto antes si lo que más te importa es el qué; pero si antepones el cómo porque prefieres la tramoya a la trama, puedes alargar la lectura todo lo que tu paciencia te permita.

Lo cierto es que hace un año que no se veían. Se habían separado. Él no quería. Ella tampoco, pero acabaron viviendo sus soledades solos. Pero ahora asistimos a su reencuentro en 3 planos, el más largo de los cuales dura poco más de dos minutos:

PLANO UNO: él llega y sube unas escaleras para llegar a la parroquia de Saint-Vicent-de Paul. Ella está esperando y lo mira desde arriba. Él asciende hacia ella. Cuando él llega a su lado se saludan y ella enfila sin demora las escaleras que acceden a la iglesia. El comienzo de este plano está brevemente comentado por una voz en off masculina que nos informa de la muerte de un “resistente” a la ocupación francesa nazi al que él había entrevistado con la ayuda de ella. Esta voz en off es la última vez que la oímos, pero merece un pequeño comentario. A lo largo de la película se ha encargado de comentar ciertos aspectos circunstanciales, accidentales, morales o psicológicos de la historia de él y ella. Esa voz en off inapelable, casi entomológica, que revelaba la superioridad moral de ella –que se sabía enamorada pero herida–, justo al contrario que él, ha sufrido una curiosa transformación hasta llegar a la neutralidad informativa de lo que ahora acontece. Esta transición se produce después de la separación y antes del reencuentro, cuando ambos habitan lugares diferentes. En una escena en que él aparece solo, surge por primera y única vez su propia voz en off para convocar un desgarrador sentimiento por ella. En otra escena, ella, en otra parte de la ciudad, escucha más conmovida que excitada, los gemidos de placer que se oyen por la ventana de una mujer que está haciendo el amor.

PLANO DOS: acceden a la iglesia y se quedan muy cerca de la entrada, contemplando, por tanto, la ceremonia desde una cierta distancia. No es que no estén acostumbrados a la muerte, es que no están demasiado familiarizados con los oficios religiosos. Sus miradas, al principio desacompasadas, prologan los comentarios. Él, como siempre, serio, concentrado, retenido. Ella, nerviosa pero discreta, elegante. El intercambio de palabras –las más decisivas y reveladoras que jamás se habrán dicho uno al otro– es tan conciso como preciso. Sin pretenderlo, pero sin retenerlo, combinan las dos memorias: la del “resistente” que acaba de fallecer y la de su propia relación. En Sunrise (Amanecer, F. W. Murnau), rodada casi 90 años antes, había otra pareja que asistía repentinamente a su nuevo casamiento en una iglesia sin recibir sacramento alguno. O’Brien y Gaynor, humildes granjeros casados desde los títulos de crédito, ya que figuran como the man y the wife, salían renovados de la iglesia donde se habían refugiado y donde se celebraba una boda de alto copete. El hombre se arrodillaba ante la mujer después de ver y oír algunas de las frases de la ceremonia nupcial de la boda. Para filmar esta metamorfosis de la ceremonia al sentimiento, Murnau componía una serie de planos/contraplanos que enlazan las dos situaciones. En L’ombre des femmes la ceremonia no es nupcial, sino funeral y, a diferencia de Sunrise, no despierta el más mínimo interés en ellos. La cámara les obedece, encuadrándolos juntos permanentemente y negando cualquier contraplano, aunque esa ceremonia cumplirá el mismo efecto que aquella otra de Sunrise: los sentimientos liberarán su nudo y ella querrá salir de la iglesia cuando no pueda más tras oír de labios de él: “Eres la mujer de mi vida.” Curioso: Sunrise apabulló con su modernidad reconciliando a una pareja 50 minutos antes de que acabase la película. L’ombre des femmes nos maravilla con su clasicismo reconciliando in extremis a Manon y Pierre.

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L’ombre des femmes (2015).

PLANO TRES: ellos caminan por las calle desde el fondo del encuadre, hasta detenerse más cerca de la cámara, que les espera. Él le habla de sus proyectos, ella escucha. Ella ríe por no llorar cuando hablan de su separación. Él se separa un par de metros de ella, como si tomara impulso para abrazarla. Ella ya llora y demanda el abrazo. Manon y Pierre se reúnen en el centro del plano en un abrazo febril, espasmódico, nervioso, urgente y necesario, que hace brotar en Pierre por fin una sonrisa de felicidad. ¿Qué cineasta hoy en día es tan valiente para acabar su película con un abrazo en el centro del encuadre? Voilà: Philippe Garrel. Puede que Garrel haya filmado todas las historias de amor entre hombres y mujeres, que haya dibujado azarosos triángulos y cuadrados, que haya trazado –con pulso cada vez más firme y rápido– los círculos más fatídicos (como pasaba en la estremecedora La frontière de l’aube, rodada hace ocho años), pero L’ombre des femmes es capaz, tras 40 años de carrera, de concluir con un liberador abrazo capaz de volver tibias las calles parisinas. Algo inaudito no sólo en su cine, sino en el cine a secas. Debemos remontarnos alguna que otra década para recordar un abrazo así. Y es que Garrel –como Allen, Kaurismäki, Gédiguian, Sang-Soo o Mouret, entre los vivos, y Rohmer y Oliveira, entre los muertos– sigue realizando incansables variaciones girando en torno dos o tres ideas fundamentales que, en su caso, son fáciles de resumir: amor y muerte, memoria y olvido, arte y vida. Con semejantes binomios Garrel no ha dejado de atronar con los cascos puestos, o de susurrar con un altavoz, da igual, tan sólo es necesario acercarse a alguna de sus películas, cuyo grado de estilización en las dos últimas décadas no es incompatible con un abrasador y “lastimado interior del ánimo”, que diría Quevedo.

L’ombre des femmes es, pues, la última onda expansiva que empezó allá a principios de los 80 del siglo pasado. En la era de internet y de los clics instantáneos, animo al personal a salir a navegar tan lejos, tan cerca, para hallar sus orígenes. Manon y Pierre (y Elizabeth, la amante de Pierre) son los verdaderos resistentes en L’ombre des femmes, registran, bucean y custodian la memoria; habitan casas desnudas, prestadas o compartidas; viven los sentimientos con la angustia de la opacidad (Pierre), de la reciprocidad (Manon) o de la fragilidad (Elizabeth). Ellas llevan todas las emociones en el rostro, él cuando las libera convulsiona todo su cuerpo. Tal vez los padres de todos fueron la mirada abierta, la sonrisa cómplice, los silencios respirados, los rostros gastados pero hermosos de Emmanuelle Riva y Maurice Garrel en otra crónica de una separación: Liberté, la nuit, que Garrel rodó en 1984. Ahora que Chantal Akerman se ha despedido tan garrelianamente, sola en su angustia, poco después de que su madre –el ser que más amaba (otra resistente)– se fuera para siempre, es difícil no hermanarla con Philippe Garrel en su devoción filial.

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Dos momentos de Liberté, la nuit (1984).

Este primer plano de Maurice Garrel –¿posiblemente el ser que más amó Philippe Garrel?– condensa toda una filosofía, hecha de profecía y memoria, y es uno de los homenajes más hermosos que yo he visto al amor y al cine. El cineasta filma y proyecta al mismo tiempo a su padre, lo lanza al futuro y lo preserva para siempre. La absoluta belleza de este plano está en la luz casi mágica, el magnético rostro de Maurice y el sonido de esa máquina de coser que tanto se parece al de un proyector… Hay que ver a este hombre hablar, callarse, sonreír, fumar, andar, llorar, dormir y mirar para darse cuenta de la infinita admiración que Garrel tenía por ese ejemplar de esa generación, una admiración que lo sitúan indefectiblemente en otra esfera, la de la alegría ¿sometida?, ¿trastornada?, ¿irrecuperable? No lo sé, pero qué más da, es una alegría que ya no conocerían el propio Garrel y muchos de sus personajes, incluido el último, Pierre, que apenas puede balbucear cuando menciona a su padre. Maurice Garrel ya lo dijo en la más lejana y muy morosa Un ange passe (1975): “¿Angustia? No la conozco”.

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2 Kommentare

  1. TOMÀS dicen

    També jo pense idènticament a Rodrigo, és necessaria una visualització prèvia del film per a poder copsar el significat de l’article.

    TOMÀS SERRA

  2. Rodrigo Dueñas dicen

    Como me interesa tanto el qué como el cómo, interrumpo al comienzo la lectura del artículo, aplazándola hasta ver la película. Con disgusto pues, echando una ojeada al texto, se ve que promete.

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