Humor Gráfico, L'Avi, Lidia Sanchis, Número 41, Opinión
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Tópicos que matan

Por Lidia Sanchis / Viñeta: L’Avi

LIDIA SANCHIS buena

Lidia Sanchis

“Deberías airearte un poco, le aconsejó su marido. Sofía obedeció. Escogió su traje de Armani negro, quizá no muy adecuado para esa hora de la tarde. Frente al espejo del tocador se maquilló concienzudamente, con mimo. Cogió el bolso, las gafas de sol, musitó un adiós, bajó las escaleras, esperó a que el portero le abriera y por fin salió a la calle. Un día más pasó frente a la comisaría. El policía la saludó con deferencia. Sofía esbozó una leve sonrisa y comprobó que no se le movía ningún diente. Toda una suerte porque mañana presidía un juicio y había que estar presentable”.

Esta historia mínima que escribí hace algún tiempo no es una invención. Sencillamente, es la constatación de que la lacra de la violencia machista golpea por igual a todas las víctimas, sin distinción de clase social ni credo. Como ejemplo valga la jueza de mi relato pero también la directora del museo de historia de Nerja, cuyo asesinato se juzga estos días. Su agresor, su novio, le asestó 131 puñaladas con un cuchillo de cocina, después de golpearla con una botella en la nuca. Es decir, primero la redujo cobardemente y después se ensañó con ella. Él ha declarado que no recuerda nada. Pronto nosotros también olvidaremos a Ana María Márquez, que pasará a ser un número más. Quizá, y con un poco de suerte, nos quedará alojado en el cerebro el vago recuerdo de una mujer alta, con el pelo rizado y un vestido de lunares. Pero será por poco tiempo. La olvidaremos igual que hemos olvidado a aquella primera víctima que se atrevió a denunciar a su agresor en televisión. Ana Orantes contó su calvario en Canal Sur y su marido, con el que convivía porque una orden judicial le obligaba a ello, no pudo soportar esa vergüenza. Porque una cosa es pegar, violar y vejar en la intimidad del hogar y otra verse expuesto ante la opinión pública. Al asesino de Ana Orantes no le daba vergüenza ni sentía ningún remordimiento la violencia con que trataba a su mujer sino el hecho de que los demás supieran.

La crónica del suceso es estremecedora: “La quemó a lo bonzo en el patio delantero de su domicilio. Y ante los ojos de un hijo del matrimonio de 14 años, que en ese momento volvía del colegio. Él es un hombre de 61 años. Ella, la víctima, era su ex mujer. El suceso tuvo lugar alrededor de las 14.00 horas de ayer, cuando Jose P.A. arrastró a su ex mujer, Ana Orantes Ruiz, hasta el patio exterior del domicilio familiar de la calle Serval, del barrio de El Ventorrillo, del municipio granadino de Cúllar Vega. Una vez fuera, el hombre golpeó a la víctima hasta dejarla casi inconsciente, la ató a una silla, la roció con gasolina y le prendió fuego, dándose inmediatamente a la fuga. Uno de los cuatro hijos que tenía la pareja, que en ese momento volvía del colegio, se encontró frente al macabro hecho y alertó a los vecinos y a la Guardia Civil de la localidad”. Creo que no es necesario añadir nada.

Me resulta llamativo que haya un recuento pormenorizado de otras víctimas (por ejemplo, los asesinados por ETA) y no lo haya de las muertas por el terrorismo machista. Al menos, no uno exhaustivo y fiable. La Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, que depende del Ministerio de Sanidad, cifraba estos días en 769 el número de víctimas contabilizadas desde que hay estadísticas sobre este asunto, es decir, desde el año 2003. Ignoro si las seis asesinadas de esta misma semana están incluidas en el registro, aunque en realidad tampoco importa porque las muertas a manos de machistas no son víctimas sino apariencia de víctimas, estadísticas, números. Y si no están de acuerdo conmigo, no tienen más que imaginar cuán diferente sería la percepción si fueran hombres las casi mil víctimas asesinadas en poco más de diez años a manos de sus parejas. Estoy segura de que habría medios, leyes, dinero y solidaridad todos los días, en todas las ocasiones, en cualquier circunstancia para rebajar esas cifras.

Ahora que están por llegar los idus de diciembre, y que ellos y ellas nos van a machacar pidiéndonos el voto, por favor, detengámonos un momento a pensar, reflexionemos, recemos si es necesario. ¿Vamos a dar nuestro voto –nuestro valor más preciado en estos momentos– a partidos que no han hecho nada por las víctimas de la violencia machista? ¿Vamos a consentir que esa terrible lacra social continúe sin estar en la agenda de los partidos políticos? ¿Vamos a tolerar que usen ese eufemismo, ese circunloquio, para no decir que les importan una mierda esas mujeres muertas, esos niños huérfanos, esas familias destrozadas y traumatizadas?

No quiero escribir sobre ese niño de cuatro años que presenció cómo su padre descerrajaba un tiro a su madre hace unos días en Llíria. Ni tampoco de ese adolescente que vio morir a su madre envuelta en llamas después de que su padre la rociara con gasolina. No quiero recordar (tampoco yo) tantos y tantos casos de muertas, de niños huérfanos, de bebés asesinados, ni siquiera de los que he tenido que informar cuando trabajaba en Ràdio 9. Hay demasiado dolor en esos pensamientos.

Quizá usted sea simpatizante de Vox y esté de acuerdo con esa consigna con la que irrumpieron en la marcha contra las violencias machistas que tuvo lugar en Madrid el pasado 7 de noviembre. “Ni machismo, ni feminismo”, fue su grito. Quizá usted crea que este artículo está plagado de lugares comunes, que hay una igualdad real entre mujeres y hombres y que por eso las primeras no necesitan protección. Quizá usted sea un buen hombre o una buena mujer y esté convencido de que esos clichés están superados, de que se trata de casos aislados a partir de los cuales no se pueden establecer reglas ni armar leyes. Quizá estas líneas no sean más que el eco de un tópico. Quizá. Pero es un tópico que mata.

Por cierto, el relato del que les hablaba al principio del artículo se titulaba ‘Asuntos internos’. Quizá porque esa violencia se ejerce en casa, al resguardo de las gruesas paredes del hogar y de los terroríficos tópicos de los que se alimentan.

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