Artsenal, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 42, Opinión
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ProfilISIS

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Artsenal

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

¿En algún momento de nuestra mediática información han oído ustedes la palabra paz en boca de algún yihadista? ¿Ven ustedes algún gesto de humanidad en sus actos? ¿Han oído un discurso razonable que argumente sus injustificables acciones? ¿Creen que los “principios” que propugnan tienen algún valor humano y no digamos ya democrático? ¿Creen que es gente que lucha o trabaja por la paz? ¿Creen ustedes que somos herederos del pecado universal por ser hijos de Adán? ¿Piensan ustedes que nuestras familias pueden vivir en un régimen como el que propugnan y pretenden extender a sangre y fuego por el mundo entero? ¿Piensan, por un momento, que las atrocidades pasadas y futuras pueden quedar impunes?

El ISIS no quiere la paz. El ISIS quiere extender por el mundo su peculiar forma de entender la vida con una religión a su medida: el terror. El terror que les ha llevado al poder, el terror que les mantiene activos y el terror que utilizan, como tarjeta de visita, para intentar doblegar a los demás. El castigo como vara de medir y de vivir. El castigo exportable a todas las latitudes, fieles o infieles. El aniquilamiento masivo y el genocidio dogmático que les garantice un billete directo al paraíso. Con este discurso, ¿quién puede invocar a la paz para que cesen en su barbarie? Ante semejantes postulados, ¿con qué medios?, ¿de qué manera?, ¿cómo podemos alcanzar la paz sin derramar más sangre?

Pienso, con todo mi corazón, que la paz es el camino, pero también barajo una contradicción: que de nada sirven las medidas profilácticas cuando la enfermedad ha invadido el organismo. Cuando el mal, con una desfachatez tan abominable, alcanza proporciones hasta ahora desconocidas, es muy complicado administrar una terapia no invasiva. Las infecciones, desafortunadamente, no remiten con buenas palabras por mucho que nos empeñemos y por más que nos pese.

En este escenario, el pacifismo es un contrapeso que intenta evitar un mal mayor: que se desboque el caballo de la guerra. Pero ¿podemos decir no a una guerra que ya nos han declarado? Una guerra a golpe de cinturones explosivos, que amenaza vidas, libertades, usos y costumbres. A mi entender, el pacifismo es una actitud que celebra los valores de la vida, pero no una actitud que ponga en peligro la vida de quienes lo defienden sin defenderse. No en mi nombre. No, al menos, en aras del triunfo de asesinos irracionales, cuya única intención es cercenar el gaznate a todos aquellos que no comulguen con su teocrático califato. El sacrificio por la paz tiene que poseer un mínimo sentido. Tener, al menos, alguna posibilidad de éxito. El martirologio por el martirologio es un humanismo mal entendido.

Pero por desgracia, aun siendo fieles a la escolástica, no podemos invocar a la paz unilateralmente y que esta aparezca de repente en Oriente Medio por mucho que lo deseemos o por muy alto que entonemos el presunto mea culpa –que tampoco nos librará de los chalecos bomba–. En esta ocasión, la paz es una labor de años que se construye día a día con acuerdos, con solidaridad, pero que desdichadamente no surge de la nada por generación espontánea. Según los expertos, y en un escenario idílico, hay tarea, al menos, para los próximos 25 años.

Si la paz es una actitud moral o ética en el individuo, en la historia es una circunstancia cambiante. Cuando la situación viene dada, los antecedentes forman parte del pasado: las precauciones que no se adoptaron por error, o las acciones que se promovieron por interés, ya están descontadas. Y si el incendio se declara, solo resta sofocarlo con todos los medios disponibles. Luchar para que no se propague más allá de sus fronteras y abstenerse de alimentar, en el futuro, causas tan ardientes. Como comprenderán, a la vista está que con las llamas no se puede negociar aunque llevemos trajes ignífugos, pues son, por su propia naturaleza, devoradoras de oxígeno, siempre en combustión, mientras encuentren un cuerpo inflamable en el que seguir consumiéndose en su propio jugo. No obstante, hay dos formas posibles de sofocar un incendio: combatirlo activamente, o crear un cortafuego aislante que lo ahogue; esto último supone consentir que los inocentes pinos continúen alimentando las llamas hasta que se extingan por completo, mientras que los bomberos, a kilómetros de distancia, asisten impertérritos a tan dantesco espectáculo. Ninguna de las dos soluciones está exenta de sangre inocente, ni garantiza que los rescoldos no vuelvan a incendiar el bosque tarde o temprano. Cuál de las dos pretendidas soluciones es más ética: la intervención directa con mangueras o el cortafuego extenuante, es algo que usted tendrá que responder en la intimidad de su conciencia. Yo sigo con la duda, atenazado entre el deseo y la realidad, entre la esperanza y el instinto de conservación.

Es posible que justicia y paz no vayan siempre de la mano, pero ningún extremista, izquierdo, derecho, o retorcido, puede justificar su fe con la sangre por mucho que aspire a la supremacía. Si la inmolación garantiza a esta gente el paraíso, tengo claro que prefiero ir al infierno.

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