Alaminos, Gil-Manuel Hernández, Humor Gráfico, Número 41, Número 42, Opinión
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Nuestra basura

Por Gil Manuel Hernández / Ilustración: Jorge Alaminos

Gil-Manuel Hernández

Gil-Manuel Hernández

La tenemos por todos lados, rodeándonos, precediéndonos, asfixiándonos, sin que apenas nos demos cuenta de su densidad, alcance y profundidad. La basura, nuestra basura, no sólo satura los vertederos legales e incontrolados donde las ciudades depositan sus excrecencias, sino que emponzoña nuestras mentes, envenenando las ideas y sus aplicaciones prácticas, con toda la retahíla de perversiones políticas y renuncias éticas que ello comporta. No resulta extraño que gran parte de los más abyectos casos de corrupción de los últimos tiempos tengan que ver con la gestión de las basuras. Toda una metáfora de una época sucia, tremendamente sucia.

Porque la basura que escupen los medios o la que generan políticos taimados, banqueros infames y toda suerte de rufianes togados, no es más que el reflejo de nuestra basura interior, de esa que se aferra entre los pliegues insondables de nuestra psique, donde se esconden montañas de deshechos que constantemente afloran conduciéndonos por la senda del caos destructivo y la inconsciencia más dañina. Una basura que explica ese tropel de envidias, celos, traiciones y puñaladas traperas que crónicamente desguazan a los partidos autoproclamados de izquierdas, cada vez más hundidos en sus propios complejos, que son los de sus dirigentes psíquicamente conservadores y casi muertos. La basura oscura de la mente late también tras los horribles crímenes sexuales de las iglesias presuntamente redentoras, las dogmáticas reacciones de la ciencia ortodoxa ante todo aquello que cuestione sus pilares, el sadismo social y económico de las derechas amorales, y hasta las violaciones diarias a los buenos sentimientos de esas personas que, quizás pecando de ingenuidad, todavía creen en las bondades del amor y la entrega incondicional.

La basura se acumula, eso es lo que tiene, y con su proliferación y estancamiento se pudre y los vapores que exhala intoxican nuestro entendimiento, nublan la razón y nos dejan pegados a un suelo quebradizo de incertidumbres, fantasías depredadoras y fatalismos vitales de todo cuño. Ni tan siquiera nos vemos con fuerzas para hacer del humus virtud, para ser capaces de reciclar parte del basurero y convertirlo en abono para crecer nosotros, pero no en cifras macroeconómicas o estadísticas oficiales, sino para crecer hacia abajo, hacia ese mundo inexplorado donde, con un poco de esfuerzo, es posible que encontremos algunos tesoros que nos iluminen, que nos devuelvan la ilusión, que nos hagan entender que la vida también puede ser limpia y hermosa.

Mientras, la basura sigue ahí, acrecentándose, aunque nosotros seguimos obsesionados con probar nuevas golosinas, con atiborrarnos de pastillas, con engañarnos una vez más… Algunas voces sensatas hace ya mucho tiempo que nos advirtieron de que este juego no puede seguir indefinidamente, de que los límites vienen a buscarnos, y de que no es posible seguir desentendiéndonos de la putrefacción que generamos, dentro y fuera. La basura es ya casi nuestro medio ambiente y las bolsas de basura ondeando al viento se han convertido en nuestras tristes banderas. ¿Hasta cuando? La respuesta no admite dilación.

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Jorge Alaminos

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