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La Valeta y la emoción de imaginarse un templario por un día

La Valeta es hoy una ciudad abierta, concebida para el visitante.

Por Jesús Cruz Alvárez. Sábado, 28 de noviembre de 2015

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Desde primeras horas de la mañana, las hileras desordenadas de turistas comienzan a franquear la puerta de la ciudad. Todos los autobuses procedentes de distintos puntos de la isla depositan a la entusiasta mercancía multinacional en torno a la Fuente del Tritón, desde donde parte una bulliciosa fila de puestos de comida y bebidas que conduce hasta los muros del que fuera uno de los privilegiados fortines de la cristiandad en el Mediterráneo, cuando la fe se defendía con mandoble y la doctrina se confundía con la hegemonía de las grandes potencias militantes y religiosas.

A pesar de su aspecto inexpugnable y aguerrido, La Valeta es hoy una ciudad abierta, concebida para ser transitada por los miles de visitantes que acuden cada jornada para recorrer, como si de un circuito de balizas se tratase, sus calles empedradas y monumentos históricos más atractivos. La calle de La República funciona como arteria principal de una urbe cuyo trazado abigarrado y defensivo apenas puede disimular la razón primordial para la que fue construida a mediados del siglo XVI por el hombre que le legó su propio nombre.

Jean Parisot de La Vallete, gran maestre de la Orden de San Juan (renombrada en 1530 como Orden de Malta), puso solemnemente la primera piedra de la ciudad el 28 de marzo de 1566 en el lugar donde aún hoy se asienta la iglesia de Nuestra Señora de la Victoria. Algunos años antes, los caballeros de la Orden, descendientes de aquellos míticos templarios que lucharon crucifijo en mano en las Cruzadas del siglo XI, habían desembarcado en la isla, un regalo del magnánimo emperador Carlos V, con el objetivo de combatir las embestidas del Turco y de paso controlar las rutas comerciales de los mercantes cristianos por el Mediterráneo.

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La ubicación era inmejorable; a medio camino entre las costas italianas y el norte de África en el plano vertical, el archipiélago de Malta era (y es) una torre de vigilancia privilegiada en el que destacaba su principal baluarte, La Valeta. De hecho, recorriendo las estrechas calles de la ciudad, cuya cuadrícula mira hacia un mar que parece abrazarla formando una península flanqueada por el puerto Marsamxett y el Gran Puerto, no es difícil sentir el aire marcial de su historia e incluso oler el fuerte aroma de la pólvora tras explosionar en la multitud de cañones que jalonan sus muros defensivos y protegen el célebre fuerte de San Elmo. Desde esta imponente fortificación situada en el extremo de la península de Sciberras, al final de la ciudad de La Valeta, unos seiscientos hombres, entre caballeros y soldados, defendieron en 1565 durante algo más de un mes las embestidas de un ejército de casi 50.000 hombres bajo el mando de El Gran Turco. El fuerte quedó destruido y la mayor parte de sus defensores murieron (además de unos 6.000 jenízaros otomanos), pero la lucha allí escenificada sirvió para nutrir el mito bélico del Sitio de Malta y el triunfo de las fuerzas cristianas tras meses de combate.

Tanto fue el júbilo desatado en las Cortes de las monarquías europeas por tamaña muestra de coraje y abnegación cristiana, que el dinero comenzó a llegar casi de inmediato a la isla, y al año siguiente se iniciaba la construcción de La Valeta, en claro reconocimiento al Gran Maestre responsable del éxito militar. Fue, sin duda, una época de esplendor que aún hoy día permanece visible. Lo que podría haber llegado a ser la plaza militar de un atolón perdido en el Mediterráneo, se convirtió en una bella ciudad fortificada repleta de hermosas catedrales y edificios civiles. No en vano, La Valeta, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1980, es una de las áreas históricas con más monumentos en menos espacio del mundo, concretamente en 0,8 kilómetros cuadrados.

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Suficientes, eso sí, para dar cabida a 25 iglesias, entre las que destaca la Concatedral de San Juan, construida por los caballeros de la Orden, quienes además reposan bajo sus cimientos, entre ellos Jean Parisot de La Vallete, o edificios seculares como el Parlamento de Malta, antiguo Palacio del Gran Maestre, también edificado en los años de la fundación de la ciudad. La amplia oferta para el turismo contemporáneo se complementa con museos de cierto interés como el Museo Nacional de Arqueología (dada la riqueza de yacimientos de la isla, donde pasaron la mayor parte de las civilizaciones del Mediterráneo), el Museo de la Guerra, con un buen número de reliquias de las guerras mundiales; y con el espectáculo audiovisual The Malta Experience, un recorrido por los 7.000 años de historia de la ciudad.

Más barato y de igual (o mayor) interés es deambular sin mapa por las calles en tiralíneas de la ciudad contemplando la ropa tendida en decrépitas fachadas terreras y descubriendo fantásticos miradores desde los que otear los barcos que surcan los entrantes y salientes del intenso azul del mar. En tan poco espacio hay incluso lugar para unos fantásticos jardines del siglo XVII, los Upper Barrakka, desde los que fotografiar el Gran Puerto a vista de cañón, o los Lower Barrakka, desde los que se puede divisar el monumento a los caídos malteses en la Segunda Guerra Mundial. Sin duda, las mejores instantáneas desde el núcleo mismo de la ciudad-fortaleza.

A la caída de la tarde, el flujo de personas que a primeras horas de la mañana cruzaban en tropel la Puerta de la Ciudad, se invierte y la calle de La República presencia la inexorable marcha de esa población efímera que a la mañana siguiente volverá, con otros rostros y otra inefable indumentaria de turista, a quebrar la quietud de la plaza. Por ello, es aconsejable permanecer en alguna casa particular u hostal de La Valeta (evitando así el ambiente decadente de las zonas costeras), para sentir cómo el jaleo de la mañana se disuelve en una noche tranquila, casi en plena soledad, en el ambiente de una ciudad de poco más de 6.000 habitantes emparedada entre muros defensivos. Una fortaleza durante siglos que ahora se abre cada día para ser transitada en un breve viaje de ida y vuelta para, al anochecer, volver a ser tan inexpugnable como siempre.

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