Artsenal, Francisco Cisterna, Humor Gráfico, Número 41, Opinión
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¿España está cansada!

Por Francisco Cisterna / Ilustración: Artsenal

Francisco Cisterna

Francisco Cisterna

Tengo la percepción de que el fuelle político se desinfla a medida que la corrupción y el desempleo se erigen en telón de fondo permanente de una crisis que apunta a endémica. Durante demasiados años de nuestra reciente historia, hemos vivido y padecido al vaivén de las burbujas económicas. Una fase ciclotímica de episodios financieros, maniaco-depresivos, caracterizada por las falsas bonanzas piramidales y los acuciantes desplomes de vidas y haciendas. Vivir bajo el influjo de estas situaciones bipolares, que zarandean la economía cada 15 años como el que sacude una alfombra, no puede ser sano, ni hay dios que lo resista sin quejarse. Y son los más jóvenes, huérfanos de horizontes y de oportunidades, quienes sufren las primeras consecuencias al ingresar en la edad adulta; otros, adultos en medianía, no atinan a mantener casa y familia en el alambre sin precipitarse al vacío, mientras que los mayores, congelados en sus exiguas pensiones, ven cómo su descendencia choca contra el muro de la macroeconomía en aras de la microeconomía. Todo esto se repite cada 15 años. No hay edad a salvo del rigor, ni etapa de la vida que no pague su peaje al Ibex 35.

En los peores momentos de esta certidumbre, me asalta la inquietante sensación de que España está cansada: hastiada de este viaje sonámbulo a ninguna parte, que nos sumerge en las tinieblas del proletariado tecnológico. Es más, sin salir de casa, tengo la desagradable sensación de que vivo en la planta de oportunidades de una gran superficie comercial, emboscado detrás de los escaparates, o en la cola del paro, esperando la gran oportunidad que me regrese al mundo de los vivos. Pero, España, pese a su desgobierno, es un zombi que se mueve por la inercia del Ibex 35. Siempre al abordaje de la barrera de los 11.000 puntos para terminar varado en el banco de arena de los 10.000 puntos de viaje submarino. No hay profundidad para la singladura. Algo no acaba de cuajar, de consolidarse, en esta España de rebajas sociales y despidos “black friday”, convertida en un ir y venir de Eres, con salvavidas de plomo, que flotan a costa de la mano de obra más barata. La macroeconomía es tan interpretable como el superhombre de Nietzsche. La operación ha salido bien, pero el ojo lo pierde. Y casi cinco millones de españoles caminan ciegos por las aceras en su particular concierto de San Ovidio.

Dicen que España huele a queso, a que te le dan con queso, a enriquecimiento “democrático” y a beneficio exprés de titiriteros que llevan la zanahoria de la burbuja atada al palo y de vez en cuando la sacuden –y que me perdonen los titiriteros–. Para ellos, la ciudadanía se ha convertido en un problema: la economía especulativa, cuna del capitalismo virtual, no tiene más respuesta que centrifugar los excedentes de mano de obra hacia los extrarradios de la marginación. Y la publicidad, en otro tiempo paño de lágrimas, ya no es consuelo ni referente de un sistema deslegitimado por los desahucios y la pobreza latente y potencial. Atrás quedaron los viajes al Caribe y las vacaciones de Pancho, el Cobi de la Once, perro naif y picassiano, cuyo dueño nos advierte hoy que las crisis no entienden de lírica, sino de golpes bajos. Por eso estamos todos en un ¡ay! y padecemos a diario ardores estomacales.

Mas este desasosiego, este desencanto, viene de lejos: desde la última legislatura de Felipe González, abrazado en su jubilación a las puertas giratorias, hasta el final de “el milagro soy yo”, pronunciado por un Aznar tejano, mesiánico y culturista, que asentó los cimientos inmobiliarios de esos mundos de ladrillo ingrávidos y gentiles como pompas de jabón. Zapatero administró los remanentes de caja con la ceja y la sonrisa perpleja del que sonó la flauta por casualidad. Rajoy, que ganó la sucesión en dura pugna con Rato y con Oreja, ha presidido la subasta del espolio, los desahucios, los fondos buitres, los recortes toreros y los cortes de manga sociales. Visto lo visto, lo que tenemos que agradecerle a Aznar es que no posara su dedo elector sobre la conspicua cabeza de Rodrigo Rato, porque el trago, todavía, hubiese podido ser peor.

España, las tierras de España, los pueblos de España (galopa, caballo cuatralbo, / jinete del pueblo, / que la tierra es tuya), o lo que sea España y sus naciones, me atrevo a decir, con escaso margen de error, que están cansados. Cansados de mecerse en la tela de araña de los recortes sin fin, que ya peinan canas –y vienen más, seguro–. Cansados del vuelva usted mañana o dentro de cuatro años, que ahora no hay fondos, ni partidas, ni dotaciones, ni presupuestos. Cansados de resistir como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie. Cansados de que los vientos de la vida soplen fuerte. Fuerte no, ciclogénesis. Cansado, en fin, de la dichosa cancioncita del Dúo Dinámico –¡y mira que me gusta!–, que la veo, cada vez más, como la puta zanahoria que pende del palo de los embaucadores, fulleros y petardistas, que lo han empuñado durante muchos, demasiados años.

Me figuro que todo esto son los efectos secundarios de la crisis, porque últimamente me pasa lo mismito que a Camilo Sesto: “algo de mí se va muriendo”. Y eso, compañeros, no hay crisis que lo valga.

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Artsenal

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