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¿Es su vecino un yihadista?

Un combatiente del Daesh empuña su fusil de asalto. Foto: Huffington Post.

Por José Antequera. Domingo, 22 de noviembre de 2015

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El terrorismo yihadista ha encontrado un arma muy eficaz contra la que resulta casi imposible luchar: infiltrar a sus activistas entre la población civil, camuflarlos como honrados ciudadanos que van al trabajo, a la universidad, a los locales de ocio, como cualquier otro occidental, sin levantar sospecha alguna. Cada vez que se produce un atentado terrorista, como ha sucedido en los últimos horrendos ataques perpetrados en París, asistimos a la típica entrevista en la televisión en la que un reportero le pregunta a un vecino, amigo o familiar del islamista inmolado si había detectado algo extraño en su comportamiento. La respuesta casi siempre suele ser la misma: era una persona normal, nunca le notamos nada raro, bebía, fumaba, comía carne de cerdo, se divertía como uno más, como cualquier otra persona.

Los yihadistas de Daesh y Al Qaeda han aprendido en los manuales que se difunden por internet cómo deben comportarse para pasar desapercibidos entre la población de cualquier ciudad europea. Han desarrollado estrategias psicológicas y sociales muy similares a las del asesino psicópata. Por la mañana se relacionan con sus convecinos, alternan con sus compañeros de trabajo y van de bares con sus amigos. Muestran sus perfiles más afables y cordiales. Pero por la noche, cuando llegan a sus casas, se aleccionan en la yihad, leen los versículos del Corán y los reinterpretan y reorientan hacia la guerra santa, aprenden a fabricar bombas caseras y cinturones de explosivos, se ejercitan en la soledad de sus cuartos para convertirse en auténticas máquinas de matar. Tenemos al enemigo en casa, un enemigo invisible que puede ser cualquiera de nuestros vecinos o allegados. Los servicios de inteligencia creen que al menos diez yihadistas de nacionalidad española han viajado a Siria últimanente para luchar en las filas del Daesh y han retornado después a nuestro país, donde conviven entre nosotros sin que nadie sospeche las macabras intenciones que rondan por sus cabezas. Pueden estar casados o solteros, tener hijos o no tenerlos, ser trabajadores o desempleados. Pueden convertirse en lobos solitarios que no dependen de jefes ni superiores y que solo esperan el momento justo en que Alá les infunda la fuerza necesaria y suficiente para perpetrar una masacre o pueden ser integrantes de una célula terrorista durmiente perfectamente organizada y coordinada que se reúne periódicamente en algún piso franco de París, Madrid o Londres para ir preparando un atentado a gran escala. Estamos ante una guerra extraña, nunca vista hasta hoy. Los activistas del Estado Islámico (Daesh) hacen la guerra de guerrillas, una práctica militar que fue inventada por los españoles durante la guerra de independencia contra las tropas napoleónicas, pero al mismo tiempo se comportan como gentes civilizadas, como occidentales que en público pueden llegar a maldecir a los musulmanes y al mismísimo profeta, mientras que en privado no piensan en otra cosa que en matar al mayor número de personas en nombre de Alá. Porque esa es otra gran diferencia entre esta guerra, la más cruel de todas, y la guerra convencional: los ejércitos y las instalaciones militares ya no son el objetivo. Ahora el objetivo somos todos, la población civil, el mundo civilizado en general.

Los expertos en la lucha antiterrorista se devanan los sesos tratando de encontrar estrategias que permitan detectar dónde hay un potencial terrorista suicida. Tras los atentados del pasado viernes 13 en París, donde 130 personas murieron y 352 resultaron heridas, las autoridades francesas han difundido un listado sobre los comportamientos en los que pueden incurrir aquellas personas que han caído en la radicalización y fanatización del islamismo yihadista. La Gendarmería advierte de que no se trata de crear un Estado delator, pero sí de impartir una serie de pautas para luchar contra los terroristas. La campaña no pide de manera explícita que se delate a los “sospechosos”, sino que proporciona un teléfono gratuito para “las dudas de los ciudadanos”.

¿Pero cómo anticiparnos a ellos antes de que se inmolen en un estadio de fútbol o la emprendan a tiros contra los clientes en la terraza de un bar? ¿Cómo reconocerlos? ¿Existe alguna manera de identificarlos para denunciarlos a la Policía y prevenir los atentados? El Gobierno francés elaboró en enero un listado de comportamientos que a su juicio permiten detectar a un yihadista a partir de los cambios del comportamiento que experimenta cuando se encuentran en pleno proceso de radicalización. No es un manual cien por cien fiable, ya que luchamos contra un ejército de psicópatas que saben ocultar muy bien sus sentimientos, así como todos aquellos rasgos de carácter que pueden descubrirlos o hacerlos vulnerables ante los demás. Según este listado de seguridad preventiva, “en el momento de optar por el modo de vida yihadista, los terroristas cortan todo contacto con sus viejos amigos, rechazan a la familia, no ven la televisión, no van al cine, no escuchan música ni practican deporte, ya que todo ello representa una influencia negativa que los aparta del camino de su fe”. También se aclara que estos y otros signos deben alertar a la familia y a su entorno. Hasta aquí la teoría, pero en la práctica todo resulta mucho más complicado. Los yihadistas han aprendido que para no despertar sospechas en su comunidad y entre sus familias tienen que seguir los mismos patrones de comportamiento que cualquier otro occidental, aunque ello suponga incurrir en vicios o prácticas sociales que van contra la esencia misma del Islam. Si tienen que comer carne de cerdo lo harán, si tienen que beber alcohol e ir con mujeres “impuras”, también lo harán. Un soldado de Alá tiene que estar dispuesto a infringir algunos preceptos del Corán por el bien de la causa. Siempre habrá tiempo para depurar estos pecados con las abluciones y los rezos debidos.

Los jóvenes radicalizados en los barrios bajos de las grandes urbes europeas abandonan la escuela y la universidad porque consideran que el sistema de enseñanza es parte del complot contra su raza, no escuchan música porque les aparta de su misión religiosa o porque ser seguidor o fan de las estrellas del rock supone caer en la idolatría y dejan de ver la televisión y de ir al cine porque muestran imágenes prohibidas por el Islam. Se apartan del mundo real para entrar en un mundo virtual lleno de falsas promesas, armas sofisticadas y una causa por la que luchar, la de la religión que pretende hacerlos libres. En internet proliferan los manuales de fabricación de explosivos, las arengas religiosas y patrióticas y la promesa de una yihad o revolución mundial en nombre de Alá. Satán es Occidente. Sin embargo, una vez más, la teoría es solo relativa y no funciona al cien por cien a la hora de detectar a un yihadista. Los terroristas que volaron las Torres Gemelas el 11-S eran auténticos juerguistas a los que les encantaba el alcohol y las mujeres. Muchos se habían formado en grandes escuelas y universidades europeas. Tenían titulaciones superiores y provenían de buenas y adineradas familias. ¿Entonces existe alguna manera fiable de descubrir a un potencial suicida?

Redwane Hajaoui, a la izquierda, y Tarik Jadaoun, a la derecha, durante su estancia en Siria.

Redwane Hajaoui, a la izquierda, y Tarik Jadaoun, a la derecha, dos terroristas abatidos en Bélgica.

Hasta hoy las mezquitas eran lugares considerados calientes, ya que se suponía que era allí donde algunos musulmanes iniciaban su camino hacia la radicalización, pero ahora se está viendo que esto no es del todo cierto. Es en internet, y sobre todo en las redes sociales, donde los yihadistas intercambian ideas y experiencias antes de lanzarse a la guerra santa en Oriente Medio y al martirio contra los infieles en Occidente. El terrorista islámico ha cambiado la realidad y el futuro que le ha dado la espalda en los barrios pobres y marginales de Marsella, Barcelona o París por la realidad virtual, mucho más sugerente y prometedora. La mayoría son jóvenes parados de larga duración, delincuentes aplastados por el sistema económico injusto. Daesh les promete convertirlos en héroes si deciden ir a luchar a Siria, y no solo eso, sino un sueldo nada desdeñable, reconocimiento entre la comunidad islamista, ayuda para su familia en el caso de que caigan en batalla e incluso un trozo del paraíso lleno de huríes. El proselitismo de Daesh en las redes sociales mueve ya millones de adeptos y es el movimiento social que genera más entusiasmo en todo el mundo oriental, sobre todo entre los jóvenes. Cada día son más los que se alistan en el Ejército Islámico, ante el estupor de Occidente, que no sabe cómo detener este fenómeno.

Daniel Esquibel es un psicólogo de la Universidad de la República Oriental de Uruguay que ha escrito sobre el perfil del islamista radicalizado hasta el extremo. “La psicología del terrorista suicida es aún una zona oscura en las ciencias humanas y sociales”, asegura. En un reciente estudio, Esquibel afirma que el punto de partida debe ser identificar las cualidades esenciales que caracterizan a todo terrorista suicida. El método consiste en dejar entre paréntesis todo lo accesorio para encontrar unos pocos elementos psicológicos que forman parte del mundo mental común de estas personas. Así, la esencia de todo terrorista suicida se concentraría en unos cuantos rasgos que siempre se repiten, como una fascinación por el homicidio individual o masivo, la inmolación y el suicidio como forma de alcanzar el martirio, la destrucción de bienes materiales, la explicación religiosa y política de sus actos violentos, la pertenencia a una comunidad de yihadistas real o virtual, las prácticas militares y la jerarquización de sus actividades terroristas, la planificación minuciosa de los atentados, la búsqueda de la mayor espectacularidad posible del acto terrorista, la explotación del factor sorpresa y la primacía absoluta de la violencia sobre los demás lenguajes humanos. Siguiendo estas pautas sería posible deconstruir la mente enferma de un terrorista suicida y elaborar un modelo explicativo de su conducta atroz. “Contamos con una dificultad metodológica añadida y por lo demás obvia, que es que no podemos realizar entrevistas personales con estas personas porque mueren tras cometer sus actos. Pero sí podemos aplicar el instrumental teórico-técnico a sus biografías, a sus vidas pasadas, para explicar el acto terrorista en sí y predecir posibles comportamientos futuros”, explica Esquibel.

De modo que ya hemos dado el primer paso. Para detectar si una persona es un yihadista primero tenemos que saber cómo piensa. Hace algunas décadas, el neurocientífico Paul McLean dio a conocer algunas conclusiones básicas sobre conductas humanas y animales difíciles de entender. MacLean elaboró un modelo acerca de la estructura y el funcionamiento del cerebro humano, al que concibió como tres ordenadores biológicos interconectados entre sí con su propio sistema operativo. Cada uno de estos tres cerebros que todos llevamos dentro se correspondería con una etapa trascendente de la evolución de las especies. El ordenador más primitivo es el complejo R, compartido por reptiles y mamíferos y constituido por la médula, el cerebro posterior y zonas del cerebro medio. El complejo R es vital en la determinación de la conducta agresiva, la territorialidad, los actos rituales y las jerarquías sociales. Si analizáramos esta región en las conductas de los terroristas suicidas las encontraríamos altamente reforzadas y exacerbadas. Rodeando al complejo R se encuentra el sistema límbico, que en sus aspectos más desarrollados es característico de los mamíferos. Y el tercer ordenador, el más típicamente humano y el de más moderna evolución, es el neocórtex. En suma, y simplificando: la conducta del ser humano es programada desde tres computadoras biológicas con sistemas operativos altamente diferenciados. Una de ellas opera con bases racionales y capacidad de abstracción (neocórtex); otra lo hace con las intensas emociones de los mamíferos (sistema límbico); y la otra con el comportamiento ritual de los reptiles (complejo R). Es el modelo del “cerebro trino”, según MacLean. La hipótesis de Esquibel es que en el terrorista suicida se registra un predominio funcional del complejo R. La agresividad no es adecuadamente contenida y canalizada, sino que se desborda y estalla en violencia contra otras personas, contra objetos materiales y contra sí mismo. La territorialidad adquiere un peso enorme: trazar fronteras infranqueables entre los territorios reales y virtuales de “ellos” y “nosotros”, defender su territorio (la propia religión es el culmen de la territorialidad, el Estado Islámico) atacar el país de los otros, explorar la zona del ataque y planificar las acciones desde lugares protegidos o clandestinos que les brinden seguridad.

La vida cotidiana del terrorista suicida no difiere demasiado de la nuestra. Rajib Karim, un experto informático de la compañía aérea British Airways, llevaba una vida aparentemente normal hasta que fue detenido y condenado en el Reino Unido a treinta años de cárcel por planear atentados contra aviones comerciales. El tribunal consideró probado que Karim, de 31 años, utilizó su empleo en la aerolínea británica para intentar derribar en pleno vuelo aviones con destino a Estados Unidos. Nadie sospechó de él. De manera que los yihadistas suelen llevar una vida que de cara a la sociedad puede resultar normal, y hasta trivial, pero que en la intimidad, en la vida privada, está llena de rituales: pensamiento fanatizado por factores religioso-políticos que imponen rezos y ceremonias repetitivas y rígidas, estrictos entrenamientos físicos y militares, vida monástica, por momentos clandestina, ceremoniales burocráticos impuestos por los jefes de la organización y por último el atentado, ritual que lo “purifica” y lo “salva” desde la primitiva ceremonia del sacrificio humano. El establecimiento de jerarquías estrictas es otro de los nudos de su personalidad, en la medida que la disciplina, la verticalidad del mando, el cumplimiento de las órdenes y el respeto a la autoridad de los jefes del grupo o comando son factores casi siempre presentes en un yihadista. El orden y la disciplina del mando elimina toda duda y capacidad crítica de los activistas que tienen que cometer los atentados. Es decir, mediante estos severos rituales, los elementos límbicos y corticales son anulados en la personalidad del terrorista suicida y se impone el complejo R reptiliano, hasta llegar a una falta absoluta de empatía emocional con las personas que van a morir en el atentado, al desprecio ante la idea de la propia muerte, a la ausencia de compasión por las víctimas, a obviar cualquier tipo de pensamiento racional, intelectual o cultural (la cultura obliga a pensar con la propia cabeza) a dar por asumida la ausencia total de libertad personal para decidir, a la negación del amor hacia los seres queridos y del deseo de compartir la existencia con ellos y hasta la sublimación de los impulsos sexuales. El hecho de que los jefes de Daesh les prometan un paraíso en el cielo lleno de vírgenes y ellos se lo crean a pies juntillas demostraría que el elemento sexual reprimido también puede estar muy presente en la conducta de estos individuos.

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Numerosos yihadistas son captados a través de las redes sociales.

En el terrorista que puede vivir en la casa de al lado, como un vecino más, predomina otro factor crucial: el inconsciente. Es esa región psíquica que no solo es desconocida para cada uno de nosotros sino que además y fundamentalmente es ajena y distinta a lo consciente. Se piensa que jugaría un papel fundamental en la psique del terrorista suicida. “El inconsciente es una forma de organizar la vida psíquica y sus contenidos en base a patrones muy peculiares. Allí no rige la lógica clásica sino otra lógica que asocia imágenes, palabras y afectos con insólita y desconcertante libertad. En el mundo inconsciente, que apenas podemos atisbar a través de los sueños, no rigen las leyes habituales que ordenan el espacio y el tiempo. Es el reino absoluto de los más desmedidos impulsos sexuales y agresivos, que pugnan por la satisfacción inmediata sin otro criterio que la búsqueda irracional del placer”, asegura el psicólogo. “El terrorista suicida dramatiza con sus actos una problemática inconsciente que no logra manejar en su mundo interno y que ni siquiera puede poner en palabras”, añade el experto. Lo que ocurre en la profundidad de la psique del yihadista es tan lejano y extraño a su consciencia que carece del lenguaje capaz de vehiculizarlo. Ese núcleo que no puede nombrar ni decir trabaja como un topo en su interior para construir un camino que le permita emerger a la superficie. Y emerge en forma de acto terrorista. Un acto que, aunque a veces pueda estar fría y conscientemente planificado, en su desarrollo despliega esa irracionalidad inconsciente que le resulta inaccesible e innombrable. Todas las explicaciones políticas, sociales, históricas o religiosas que el terrorista suicida y su organización puedan ofrecer como coartada para justificar el atentado son racionalizaciones que encubren las raíces psicopatológicas del hecho.

Además, el terrorista suicida externaliza con sus actos un inmenso terror que lo acompaña desde etapas muy tempranas de su vida. Una parte de su personalidad crece y se desarrolla en contacto con la realidad, aprende y se integra de algún modo en la vida social (inclusive con la posibilidad de alcanzar logros afectivos, intelectuales, interpersonales y económicos). Pero otra parte queda anclada en vivencias terroríficas primitivas que seguramente han sido experimentadas durante los primeros meses de su vida. Aquí es donde entraría el terror de la guerra que muchas de estas personas han sufrido desde su más tierna infancia. La mayoría de los yihadistas vivieron su niñez en países en guerra, guerras crueles que les obligaron a convivir con el terror y la muerte desde bien pequeños. Ese embrutecimiento, esa cultura del terror, de la violencia y de la guerra, ha hecho mella en ellos hasta convertirlos en auténticos psicópatas amantes del mal. La fascinación por la inmolación, por saltar en pedazos con un cinturón de explosivos, por el cuerpo fragmentado, sería la consecuencia de la fragmentación de la personalidad. El niño de pocos meses todavía no se vive a sí mismo como una unidad, como un todo con identidad propia. Su personalidad aún no está integrada y los contenidos psíquicos constituyen trozos débilmente conectados unos con otros. Tampoco las distintas partes de su cuerpo están en un funcionamiento coordinado, todo lo cual contribuye a que su mundo sea formado por impulsos y objetos parciales donde ni siquiera hay una línea clara que distinga lo interior de lo exterior. Desde este punto de vista, el terrorista suicida es una persona no culminada, desfragmentada. Lorenzo Díaz-Mataix, neurólogo que investiga los mecanismos del miedo en el Center for Neural Science de la Universidad de New York, asegura que los terroristas suicidas también tienen miedo a morir. “Estoy seguro de que miedo a morir y miedo al dolor tienen, pero esto lo sobrepasa un ideal o una certeza en la que ellos creen. Y luego también hay otras cuestiones: el musulmán rico, Bin Laden, no va y se suicida él, manda a la gente pobre para que se inmole porque les han dicho que si lo hacen sus hijos van a tener una vida estupenda. En ratas es mucho más fácil estudiar el miedo, pero en humanos es complicadísimo porque entran en juego muchos factores”, asegura.

Junto a todos estos rasgos operan poderosas tendencias antisociales que se manifiestan también en los primeros años de la infancia (conductas de robo, mentira, destrucción, ataques contra la madre) y un carácter paranoide o delirante, donde priman las ideas religiosas. Los pensamientos delirantes del terrorista suicida van construyendo un mundo ficticio que es como un puente fallido entre las realidades interna y externa, y que le permite escapar de los aspectos más intolerables de ambas dimensiones. En ese mundo el yihadista se considera un ser perseguido, victimizado, aplastado por el sistema. Todo eso le lleva a una escisión de la personalidad, que se debate entre la realidad y la fantasía convertida en delirio.

Con el atentado final, el terrorista suicida busca ciegamente una redención en un mundo del que se siente excluido, una autoafirmación personal sobre la sociedad de la que se siente injustamente marginado. De ahí, quizá, la fascinación de los yihadistas por Facebook, Twitter y otras redes sociales que les permiten mantener la idea de pertenencia a un grupo, aunque virtual o digital. El yihadista vive su cotidianeidad en un ámbito oculto y clandestino, probablemente pegado al ordenador, en comunicación con otros fanáticos que sienten el mismo vacío que él. Internet es para ellos el gran oráculo que les va transmitiendo las órdenes a cumplir en cada momento. La mentira y el disimulo con la que tienen que manejarse día a día los yihadistas que viven camuflados entre nosotros les llevan a una vida social secreta e invisible mucho más auténtica para ellos. El mundo real del potencial suicida, su contacto real con el resto de la gente, con sus vecinos y familiares, es pura ficción; su auténtica realidad aflora a la luz de la computadora que le conecta con otros yihadistas y que dirige cada paso de su vida. Desaparece de la convivencia social debido a que no ha podido integrarse en ella, o porque no es aceptado por ese grupo, pero resucita en las redes sociales cibernéticas, donde adquiere una poderosa fuerza y estímulo. Se trataría, pues, de un individuo desarraigado, que no ha aprendido a ser parte de su grupo social de origen. Finalmente se aparta de la sociedad y solo reaparece para llevar a cabo el acto terrorista que reafirma su existencia y da sentido a todo.

Si queremos detectar a un posible yihadista busquemos entre personas frías que han roto los vínculos afectivos con todo. El terrorista suicida destruye, junto con su vida, el sentimiento del amor. Sus jefes le marcan las pautas a seguir y las normas de conducta militar, muy alejadas de cualquier sentimentalismo humano. “Si la resistencia al amor que opera en su interior es potente, entonces el deseo de destrucción se multiplica por la explosiva combinación de amor, odio y culpa. Cuanto más ama, más culpable se siente. Y cuando el sentimiento de amor es vencido, el terrorista debe destruirse a sí mismo por la doble culpa que significa amar lo que debería solo odiar y también destruir lo que en el fondo ama”, asegura Esquibel. Su acto final, el atentado masivo contra cientos de inocentes, acaba con el círculo vicioso, pero principalmente pone punto final a una zozobra personal, a un sufrimiento, a una ambivalencia diabólica que su psique ya no tolera.

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El yihadista vive una tensión interna insoportable que en el fondo no obedece a grandes ideas teóricas, políticas, filosóficas o religiosas. El origen de sus tensiones internas está en su vida cotidiana y en los procesos de cambio que afectan a su existencia. Si queremos saber dónde hay un terrorista suicida examinemos primero si una persona cría a sus hijos en valores éticos, si su relación de pareja es de igual a igual o de sometimiento (cosificación de la mujer) si vive en una estructura familiar sólida o está desestructurado, si trata con la sexualidad de una forma reprimida o aberrante, qué opina de los roles masculinos y femeninos, cuáles son sus personajes históricos referentes, si se refugia y aísla en la tecnología y en las redes sociales, cómo encara la resolución de los problemas básicos de la vida, sus opiniones sobre la religión, la política, la sociedad, la cultura y el arte, y en última instancia si mantiene estrechos vínculos con su comunidad y su entorno familiar. La mayoría de las veces resultará complicado, por no decir imposible, detectar comportamientos anómalos en estas personas porque, como ya hemos dicho anteriormente, son militares severamente adiestrados en la represión de las emociones, fríos psicópatas capaces de controlar al máximo sus sentimientos. Pero en otras ocasiones, el terrorista, que suele cometer pocos errores en su comportamiento y en su relación con los demás, puede sufrir un momento de flaqueza, un desliz, y quedar delatado por un simple comentario de odio político o religioso o contra el estilo de vida occidental o contra algo tan trivial e inocente como la forma de vestir de las mujeres. Un chispazo apenas que puede dejar al descubierto un mundo lleno de odio, un fogonazo imperceptible que puede hacernos sospechar que estamos ante un monstruo implacable.

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José Antequera

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