Editoriales, El Arruga, El Koko Parrilla, Humor Gráfico, Número 41, Xipell
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Editorial: El difícil y tortuoso camino hacia la Moncloa

Ilustración: Xipell, El Koko Parrilla y Elarruga / Viernes, 13 de noviembre de 2015

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   Editorial

Las últimas encuestas del CIS de cara a las elecciones generales del próximo 20 de diciembre revelan que el bipartidismo no está tan herido de muerte como muchos se creían. Los dos partidos tradicionales, PP y PSOE, se mantienen en una posición privilegiada, mientras que caen sensiblemente las expectativas de voto de los partidos emergentes, sobre todo Podemos, y en menor medida Ciudadanos. La crisis en Cataluña surgida tras la declaración independentista impulsada por Artur Mas ha propiciado un pacto de Estado en materia territorial entre populares y socialistas. La unidad de España ha unido lo que parecía imposible, que el Gobierno y el principal partido de la oposición fueran juntos de la mano en algún asunto, aunque está por ver a quién beneficia más este acuerdo, si a Mariano Rajoy o a Pedro Sánchez.

Lejos de desmoronarse como todos los analistas políticos vaticinaban, los populares y los socialistas han aumentado algunas décimas en intención de voto. Así, el PP ganaría los comicios con el 29,1% de los sufragios, aumentando a un 3,8% su distancia con el PSOE, que se haría con el 25,3% y que incluso mejoraría sus datos en relación a encuestas anteriores que le pronosticaban unos resultados desastrosos. Hoy podemos decir que Rajoy está cada vez más cerca de revalidar su cargo como presidente del Gobierno y que Pedro Sánchez se consolida como principal líder de la oposición. Y mientras tanto, los dos partidos que se habían erigido como garantes del cambio y de la regeneración política en nuestro país, Ciudadanos y Podemos, se estancan prematuramente. El partido de Albert Rivera se situaría como la tercera fuerza parlamentaria al recabar el 14,7% de los votos, con lo que desbancaría a la de Pablo Iglesias, superando en apenas tres puntos los resultados de la anterior encuesta del CIS. Por su parte, Podemos regristraría un fuerte bajón en sus expectativas electorales al hacerse con el 10,8% de los sufragios (cifras comparables a las obtenidas por IU en sus mejores tiempos), casi cinco puntos menos que en el mes de julio. A continuación se situarían IU, (4,7%) y UPyD (1,2%).

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El desmoronamiento de Podemos es un hecho sociológico sin precedentes que debería ser bien estudiado en todas las universidades. Estamos ante una formación con un líder carismático que había logrado aglutinar las esperanzas de cambio de los indignados españoles y que en el mes de julio se postulaba como primera fuerza en intención de voto. Algunas encuestas daban ganador en las elecciones generales a Iglesias, al que ya se veía como próximo presidente del Gobierno. ¿Qué ha pasado entonces para que la fuerza vital de Podemos se haya desvanecido como por arte de magia en apenas tres meses? Varios son los factores que deberíamos tener en consideración. El primero, sin duda, el descalabro de Syriza en Grecia. La formación de Alexis Tsipras había emergido con fuerza como única opción capaz de plantar cara a las políticas austericidas de la troika. Su victoria aplastante en los comicios helenos le otorgaban legitimidad y respaldo popular suficientes para enfrentarse a los jerarcas de la UE y del Banco Central Europeo que estaban asfixiando al pueblo griego a fuerza de recortes y pérdida de derechos. Era tan grande el apoyo de los griegos a su líder carismático que si él hubiera decidido sacar a Grecia del euro por voluntad propia, la mayor parte del pueblo le hubiera apoyado y seguido sin rechistar. Sin embargo, tras una negociación agónica, Tsipras dio su brazo a torcer y perdió la partida, plegándose finalmente a las exigencias de la troika. Ahora las políticas de recortes no solo se seguirán aplicando con la misma o mayor dureza en los próximos años en Grecia, sino que llevarán todavía más sufrimiento al pueblo griego. Esta nefasta negociación de Tsipras ha hecho recapacitar a muchos españoles que veían en Podemos una continuación de Syriza y en Pablo Iglesias al Tsipras español. Miles de votantes que estaban dispuestos a confiar ciegamente en el profesor de la Universidad Complutense de Madrid se lo están pensando dos veces ante la posibilidad de que sus promesas de cambio, sus ideales elevados, no sean más que otra utopía pseudomarxista irrealizable que quedará en agua de borrajas, al igual que ha sucedido en Grecia. Además, el propio Iglesias, en su faceta personal, ha cometido errores estratégicos de bulto, como actuar como si ya hubiera ganado las elecciones -menospreciando por momentos al PP y al PSOE, a la llamada casta, como él calificaba a sus rivales políticos en un discurso repetitivo y machacón que al final se ha vuelto contra él mismo por manido- o cayendo en frivolidades mitineras impropias de un aspirante a estadista responsable que pretende gobernar un país complejo como España. Frivolidades como abusar de esas cancioncillas facilonas que tanto le gustan pero que son más propias de una sentada con botellón que de un aspirante serio a la Moncloa; regalarle películas al Rey Felipe VI para que se vaya preparando para la llegada de la República; soltar chascarrillos sin gracia en tertulias televisivas y hacer gala de un populismo exagerado por momentos desconcertante, confuso, contradictorio. Todos estos errores de cálculo, a los que habría que sumarse su apuesta decidida por el derecho a la autodeterminación de Cataluña (una medida sin duda coherente con su forma de pensar pero que a la mayoría de los españoles todavía les suena a anatema por lo que tendría de desestabilización del país) han terminado pasando factura no solo a la popularidad de Iglesias como líder político, sino también a Podemos, ya que buena parte de la ciudadanía ha percibido tales prácticas como meros juegos dicursivos utópicos cuando no radicales. Y todo ello por no hablar de la defenestración de Monedero, auténtico ideólogo fundacional del partido, o del descontento de los círculos ciudadanos y de las bases con la dirección de su partido. El militante de izquierdas en España, por muy indignado y cabreado que esté con las económicas del Gobierno del PP, es un votante formado, más bien centrado, de nivel cultural medio-alto y que sabe entender cuándo un político está sobreactuando. El éxito de Iglesias, el que le llevó por unos meses a ser considerado casi como un mesías y máximo aspirante a ganar las generales, fue mostrarse como un profesor seguro de sí mismo, joven, espontáneo, serio y preparado con ganas e ideas para cambiar el país. Pero con el tiempo, ese líder carismático que apuntaba Iglesias, quizá por un mal asesoramiento (qué daño hacen los malos asesores) ha perdido el aura ganadora y se ha vulgarizado en exceso. Hoy Podemos se ha despojado de parte de su fuerza primigenia como movimiento asambleario ciudadano, alternativo y forjado en las ideologías anticapitalistas y ya va pasando por el aro del sistema en un proceso de derechización y de conversión en un partido tradicional mucho más moderado, una transformación muy parecida a la que sufrió el PSOE en la década de los ochenta. Algunos de sus líderes hasta se han mostrado favorables a la permanencia de España en la OTAN. Habrá que ver cómo influyen los últimos fichajes como el del general del JEMAD en la recuperación de los votantes descontentos o indecisos.

Caso contrario es el del Albert Rivera, que tras unos inicios titubeantes e inciertos en Ciudadanos, con el tiempo parece haber ganado puntos y simpatías entre los electores. Nada queda ya de aquel político casi adolescente que decidió fotografiarse en cueros para un póster de propaganda electoral.

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Hoy Rivera, guste o no, es un líder sólido que parece decir cosas que mucha gente descontenta, sobre todo de las clases medias, quiere oír. Sus detractores lo comparan con José Antonio Primo de Rivera mientras que sus simpatizantes, en otro ejercicio también exagerado, quieren ver en él a un nuevo Adolfo Suárez. Comparaciones más o menos afortunadas aparte, es indudable que Ciudadanos ha ido ganándole terreno al PP por el centro, que es donde se ganan las elecciones, aunque su gran éxito en las pasadas autonómicas catalanas deberá ser corroborado en las generales, donde se verá si finalmente es una alternativa seria de Gobierno o un experimento fallido más. Sus últimas propuestas electorales, como hacer desaparecer el Consejo General del Poder Judicial y las diputaciones provinciales, convertir el Senado en cámara de representación territorial y lanzar un plan integral contra la corrupción son muy del gusto general de la opinión pública. Con todo, han aparecido tics sospechosos en Ciudadanos que comprometen su imagen como partido realmente centrista. Así, las últimas declaraciones de Rivera en las que aseguró que la ley de memoria histórica es innecesaria porque contribuye a reabrir viejas heridas demuestran que por momentos afloran en Rivera ideas de la derecha más rancia. Además, el descubrimiento del pasado turbio de algunos líderes secundarios de la formación, antaño demasiado ligados al PP e incluso a otras formaciones nada democráticas, pueden frenar el ascenso de Ciudadanos en las semanas previas a la cita electoral.Ya se le aprecian los primeros síntomas de haber tocado techo en las encuestas.

De aquí al 20D las espadas seguirán en todo lo alto y en un escenario político inestable y volátil como el que vivimos todo puede suceder. El conflicto en Cataluña y la forma como cada partido lo gestione marcará decisivamente al electorado, que ve con mucha preocupación cómo la democracia española se encuentra ante el reto más grave en sus 40 años de existencia. Lo que ocurre es que, hoy por hoy, ese vuelco que muchos vaticinaban, esa quiebra del sistema bipartidista, ese giro republicano que algunos creían no solo posible sino inminente, parece hoy tan lejos como siempre. Y todo parece cambiar para que nada cambie.

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PEDRO EL KOKO PARRILLA

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