Becs, Editoriales, Humor Gráfico, Número 42
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Editorial: Cómo luchar contra el Daesh

Ilustración: Becs. Viernes, 27 de noviembre de 2015

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   Editorial

Tras el horror de los atentados de París que han costado la vida a 130 personas y heridas a más de 300, la población europea trata de recuperarse de un estado shock que no vivía desde los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. La psicosis se ha apoderado de los ciudadanos, que temen que una nueva masacre pueda volver a repetirse en cualquier momento y en cualquier lugar. Hoy ha sido París, pero mañana puede ser Bruselas, Londres o Madrid y ningún rincón del mundo parece un lugar seguro y a salvo de las alimañas yihadistas, como se ha demostrado hace unos días con el secuestro y ejecución de rehenes en un hotel turístico de Mali. Francia llora a sus muertos mientras sigue buscando a los terroristas que lograron escapar de la operación jaula, Bélgica se ha situado en el nivel de alerta máxima terrorista ante la sospecha de que los comandos del Daesh puedan iniciar una ofensiva apocalíptica con armas químicas y bacteriológicas y en España el Gobierno ha reforzado las medidas de seguridad en lugares sensibles como estaciones de trenes, metros, aeropuertos y centrales nucleares. Nos enfrentamos a un desafío sin precedentes. La OTAN se encuentra en alerta máxima (más aún después del derribo de un avión ruso por parte del Ejército turco, lo que agrava la situación en la zona, ya de por sí un auténtico polvorín) y la ONU ha autorizado el uso de todas las medidas de fuerza que sean necesarias en Siria para hacer frente a la barbarie del Daesh. En Occidente se ha abierto el debate semántico de si nos encontramos ante una guerra convencional o ante un grupo terrorista al que se debe hacer frente, no con el empleo de la fuerza militar, sino con más medidas policiales para prevenir atentados, con acciones diplomáticas para arrinconar a Estado Islámico y con actuaciones financieras para ahogar económicamente las fuentes de ingresos de los yihadistas. Las derechas y las izquierdas de Occidente se han enzarzado en una pugna dialéctica sobre cuáles son las mejores estrategias para combatir esta lacra. Europa se divide entre los beligerantes que apuestan por incrementar los bombardeos aéreos masivos contra las posiciones de Daesh en Siria e Irak, y los no intervencionistas y pacifistas, que opinan que con operaciones militares a gran escala no se conseguirá frenar a los terroristas sino echar aún más leña al fuego. ¿Qué hacer pues ante esta grave amenaza que se cierne sobre nosotros? ¿Cómo combatir a un embrión de estado tiránico y totalitario que continúa expandiéndose día tras día por todo Oriente Medio y buena parte de África y que se asienta sobre los cimientos de la barbarie, el fascismo religioso de corte teocrático y la exportación del terrorismo por cada rincón del mundo?

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Todos nosotros, gobernantes, ciudadanos y expertos debemos sentarnos con serenidad para debatir y trazar las mejores estrategias si queremos ganar la batalla a unos desalmados que pretenden imponernos la ley islamista del Califato y de paso acabar con todo lo bueno de la democracia, la civilización occidental y los valores humanos. Lo primero que tenemos que tener en cuenta es que Daesh no es solo un grupo terrorista sin organización territorial, como en su día lo fue Al Qaeda, cuyos activistas liderados por Bin Laden se refugiaban donde podían, bien en las montañas de Afganistán o en las selvas tropicales africanas. Daesh es un estado en vías de construcción que domina un amplio territorio situado entre Siria e Irak. Sus legionarios controlan ciudades tan importantes en Oriente Medio como Mosul, Faluya o Al Raqa, donde han establecido la capital de su recién constituido califato, y en su desquiciado avance han llegado a situarse a pocos kilómetros de Bagdad. Disponen de un nutrido ejército formado por más de 30.000 combatientes, todos ellos soldados bien entrenados y adiestrados en la guerra santa, tropas que reciben un salario y que están dispuestas a inmolarse por Alá llegado el momento. Cuentan con un arsenal de armas superior al de algunos estados europeos, carros de combate que han comprado en el mercado negro (y que en buena medida les ha vendido Occidente) así como poderosas fuentes de financiación, sobre todo procedentes de la venta de petróleo barato a terceros países de África y Asia en su mayoría subdesarrollados. No se descarta que dispongan de laboratorios y material suficiente para fabricar bombas químicas y bacteriológicas, como lo demuestra el hecho de que algunos ingenieros del Daesh hayan sido detenidos en posesión de manuales para propagar la peste bubónica mediante el empleo de ratas y otros animales. En el territorio del Califato se han abierto los primeros centros médicos y madrasas para enseñar la ley islámica a los niños (a los que desde bien temprano se les enseña a manejar el kalashnikov y cómo colocarse un chaleco de explosivos) han organizado servicios de limpieza y mantenimiento de ciudades y empiezan a constituir embriones de municipios y ministerios que manejan presupuestos nada desdeñables. Trafican con órganos humanos, recaudan impuestos, realizan exacciones, explotan la industria del secuestro y el tráfico de obras de arte y de antigüedades. Controlan las redes sociales a través de Internet, desde donde lanzan sus mensajes incitando al odio y a la yihad contra Occidente y donde captan a jóvenes de todo el mundo convenciéndoles para que viajen a Siria a luchar en sus filas por la causa islamista. En todo el territorio del Califato se aplica la ley sharia, una interpretación extremista del Corán que ha provocado cientos de ejecuciones públicas, crucifixiones y decapitaciones masivas, no solo de cristianos que se niegan a la conversión a la fe yihadista, sino de musulmanes moderados que ven con horror cómo se expande esta aberración del islam. Los homosexuales son arrojados al vacío, los enemigos o disidentes quemados vivos, ahorcados, ahogados, arrastrados por el suelo con motocicletas y atropellados por tanques o vehículos ligeros, las mujeres adúlteras lapidadas, los niños que provienen de familias no afines al régimen cruelmente asesinados y todo ello es grabado en videos que se cuelgan en la redes sociales, películas horrendas de una alta calidad cinematográfica que hace sospechar que Estado Islámico cuenta con cualificados expertos en comunicación visual y un complejo aparato de propaganda. Es el horror máximo solo comparable a la ferocidad de los actos cometidos por la Alemania nazi. Ante esta situación, lamentablemente al mundo civilizado no le queda otra que combatir esta pesadilla con todas las armas a su alcance, por la vía militar bombardeando objetivos de Daesh en su propio territorio, día y noche, haciéndoles sentir el terror de los cazas sobrevolando sobre sus cabezas para que entiendan que el delirio de construir un Califato próspero y seguro es solo una quimera irrealizable; incrementando las medidas policiales para evitar posibles atentados; asfixiando económicamente sus fuentes de financiación, sobre todo dinamitando sus pozos petrolíferos y sus posibles vías de comercialización y bloqueando por tierra, mar y aire el envío de suministros y alimentos; y diplomáticamente, mediante la unidad de toda la comunidad internacional, también de los países árabes contrarios a la barbarie, que deben dar un paso al frente dejándose de tibiezas hipócritas y falsas alianzas. Al cáncer solo se le vence aislando el tumor con una potente quimioterapia. Daesh no es solo un grupo terrorista que trata de infundir terror en la población mundial para lograr unos objetivos políticos o abrir una vía de negociación con un Estado. Es un país en ciernes que también practica y financia el terrorismo, lo cual es muy distinto. Aquí no hay objetivos ni negociaciones que valgan, como pretendían los terroristas de ETA cuando asesinaban. Simplemente se trata de la expansión territorial del Califato (sus militantes y simpatizantes se cuentan por millares desde Marruecos hasta Indonesia) de la aniquilación de los pueblos democráticos, del exterminio total del adversario, como en los peores tiempos del fascismo. Lo de París no ha sido solo un acto terrorista tal como lo conocíamos hasta ahora. Ha sido un acto de guerra de un Estado diabólico en vías de creación. Mientras no entendamos esto no entenderemos nada.

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