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Cine de terror: más allá de sangre, sustos y vísceras

Anthony Perkins interpreta en Psicosis el papel de su vida.

Por Carmen Fernández. Lunes, 9 de noviembre de 2015

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Desde sus orígenes, el cine ha filmado el miedo del hombre y nos ha gustado verlo, tal vez por un sentimiento perverso de contemplar el terror en otros (aunque deseando un desenlace justiciero) o quizás porque disfrutamos con sensaciones límite que nos erizan la piel y nos dejan el corazón a doscientas pulsaciones por minuto, pero todo ello desde la seguridad de una butaca.

Haciendo una asociación mental rápida, pensamos en el cine de terror y se nos vienen a la cabeza asesinos en serie siniestros y desequilibrados, criaturas infernales, manadas de zombis sedientos de sangre, miembros descuartizados, espectaculares efectos visuales y sonoros, pero también hay un cine más allá de la sangre, vísceras y alaridos adolescentes, por eso hemos hecho una pequeña selección de algunas de nuestras películas favoritas del género.

Yo anduve con un zombi, 1943

Jacques Tourneur fue un director que se especializó en grandes films con bajo presupuesto. Hizo varias inmersiones en el cine de terror, La mujer pantera (1942) es una de esas llamadas películas de serie B que ha llegado a convertirse en un clásico imprescindible, y aunque sea de forma testimonial, también queremos incluirla aquí.

Yo anduve con un zombi es una adaptación de la novela Jane Eyre pero Tourneur le da un aire nuevo al situar la historia de amor en Haití, un ambiente sobrecogedor y por momentos asfixiante de extensos campos de cultivo, culturas ancestrales y extraños ritos. La película cuenta la historia de Betsy, una joven enfermera que se traslada a la isla del Caribe para cuidar a la esposa de un rico terrateniente aquejada de un extraño mal que la deja postrada en un estado casi catatónico, los nativos dicen que se ha convertido en un zombi. Para intentar curarla, la enfermera no duda en acudir a una ceremonia vudú.

Con ayuda de una excelente fotografía, el resultado es una película elegante y poética, donde se juega a la sugestión, y sin necesidad de usar grandes efectos especiales se logra inyectar terror en el espectador. Eso sí, los zombis de Jacques Tourneur poco tienen que ver con los pútridos muertos vivientes de George A. Romero.

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Magia negra, zombis, ceremonias vudú en la inquietante película de Jacques Tourneur.

Freaks, la parada de los monstruos, 1932

A pesar de haber dirigido a los míticos actores del cine de terror, Bela Lugosi en Drácula y Lon Chaney en Garras humanas, Tod Browning, pasará a la historia del cine por esta película, una impactante parábola donde lo verdaderamente monstruoso anida en los seres considerados “normales” y no en las extrañas criaturas aquejadas de defectos físicos. El preestreno fue un escándalo por la crudeza de algunas escenas y muchos críticos dijeron que era una película “aborrecible, obscena, grotesca y extravagante”, así que el director se vio obligado a recortar el metraje eliminando las partes más escabrosas.

El film es una adaptación del relato Espuelas de Tod Robbins. La acción transcurre en un circo donde trabajan un grupo de freaks. Hans, el enano, se enamora de la bella trapecista, pero ésta planea junto al forzudo Sebastián seducirle y quitarle todo su dinero. Unidos por un sentimiento de solidaridad ante el rechazo de la sociedad, las criaturas perpetrarán una terrible venganza para proteger a uno de los suyos.

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En España, la película Freaks no se estrenó hasta 1997.

Los freaks que trabajaron en la película no eran actores caracterizados sino seres reales, y para encontrarlos el director de casting Ben Piazza pasó más de un mes recorriendo circos y ferias de la Costa Este de Estados Unidos. Es quizás por esta razón que el film provoca una estremecedora inquietud, incluso al espectador actual, acostumbrado a increíbles efectos digitales. En 1980 David Lynch homenajeó la película en varias escenas de El hombre elefante, otro ejemplo de dignidad bajo una apariencia monstruosa.

Nosferatu, el vampiro, 1922

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El conde Orlok es un vampiro horrorizado de su fealdad.

Murnau, el maestro del expresionismo alemán, fascinado por el relato Drácula de Bram Stoker, quiso llevar el vampiro al cine, pero pese a realizar una versión muy fiel al original, los herederos del escritor se negaron a cederle los derechos y por tanto decidió recurrir a una artimaña para conseguir rodar la película: cambió el aspecto físico y el nombre del protagonista, así como los lugares donde ocurría la acción. A pesar de ello, la historia era tan similar a la novela que la viuda de Bram Stoker logró que confiscaran legalmente todas las copias y que fueran destruidas, aunque unas pocas se salvaron. El Nosferatu de Murnau no es un vampiro apuesto o seductor y sufre por su fealdad. Gran parte de la película se rodó en Eslovaquia, en los exteriores de un castillo, algo poco usual en la época y se aplicaron con maestría recursos de la corriente expresionista germana, como el uso de los juegos de luces y sombras, los ambientes sombríos y algunos efectos pioneros en la época. Para filmar la escena donde un carruaje sale al encuentro del conde Orlok entre tinieblas fantasmagóricas, se cubrió la carreta con sábanas blancas, y lo que se proyectó finalmente fue el negativo que adquiría así una intensidad especial.

Nosferatu se ha convertido en un film de culto. Algunas escenas son auténticos iconos del cine de terror, como esa sombra que se acerca a su víctima amenazante o el momento en el que el vampiro viaja en un barco rodeado de ratas. Para conseguir tantos animales, Murnau publicó un anuncio en un periódico local el 21 de julio de 1921 que decía: “Se necesitan 30 o 50 ratas vivas y bien alimentadas para una película. Se pagará generosamente”.

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La sombra del vampiro, uno de los iconos del cine de terror.

Ya desde su rodaje, el film estuvo rodeado de leyenda. Max Schreck, el actor que encarnaba al vampiro, profundizó tanto en el personaje que llegó a convertirse en una obsesión para él. Además, sus compañeros nunca le veían sin maquillaje, por lo que se llegó a extender el rumor de que en realidad era un “no muerto”. Esta idea sirvió de base para la película La sombra del vampiro que se estrenó en el año 2000.

Yotsuya kaidan, 1959

Es una de las historias más conocidas de Japón sobre fantasmas y se han hecho multitud de versiones para el cine y el teatro kabuki. Adapta un clásico de la literatura nipona escrito por Nanboku Tsuruya en 1825.

Ioman, un samurái malvado se casa con Oiwa después de haber asesinado al padre de ella que se oponía a la boda. Poco después conoce a Oume y queda rendido ante su belleza. Decide entonces matar a su esposa para conseguir a la otra mujer. Ioman lleva a cabo su criminal propósito, sin embargo, el espectro de la muerta regresa para cobrarse su venganza enloqueciendo al asesino. El suicidio será la única salida.

La primera película se hizo en 1912. Una versión destacable fue la del director Kinoshita Keisuke, en 1949, que situó la historia en la época coetánea para involucrar más al espectador.

En 1959, el director Nobuo Nakagawa hace una adaptación de La historia del fantasma Yotsuya, muy fiel al original, que tendrá una gran influencia en el cine posterior. La película tiene un ritmo pausado y mucho lirismo, siguiendo esa estética de Kenji Mizoguchi en sus Cuentos de la luna pálida de agosto. Puro terror japonés. Hay en el cine nipón una intuición especial, una increíble capacidad para tocar los mecanismos del miedo sin recurrir al efectismo. Quizás sea por esa cualidad de fundir lo insólito con la vida cotidiana mezclando con absoluta naturalidad el mundo de los espíritus vengativos con el de los vivos. Un rostro muy pálido, unos cabellos negros y largos y un tenaz sentimiento de justicia son elementos suficientes para sobrecogernos.

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El fantasma de Yotsuya busca venganza.

Ojos sin rostro, 1959

Dirigida por Georges Franju, debió suponer para Pedro Almodóvar mucho más que una simple inspiración para La piel que habito, obra que el director manchego estrenó en 2011 e incluso vemos algo de ella en Abre los ojos de Alejandro Amenábar.

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Ojos sin rostro, una película premonitoria de La piel que habito.

Esta película francesa reflexiona sobre la belleza, la muerte, y la fuerza del rostro como centro de la personalidad del individuo pero también como máscara. Cuenta la historia de un médico neurocirujano, el doctor Genessier, al que avisan de que su hija Christiane ha sufrido un accidente que la ha dejado terriblemente desfigurada y es por ello que esconde su rostro bajo una máscara.  El cirujano planea devolver la belleza a su hija preparando un nuevo rostro para ella con la piel de una hermosa joven aunque para eso tenga que asesinarla.

Destacan las interpretaciones del trío protagonista y la música de Maurice Jarre que tiene una gran fuerza evocadora; y la máscara, que otorga al rostro una total ausencia de expresión pero una gran fuerza icónica. Inicialmente no tuvo muy buena acogida entre la crítica de la época aunque hoy nadie duda en calificarla de obra maestra.

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La máscara confiere a la joven Christiane un siniestro aspecto carente de expresión.

El fotógrafo del pánico, 1960

Michael Powell se encarga de dirigir esta película que es un viaje al interior de una mente perturbada. El título original, Peeping Tom, hace referencia al mirón, al que necesita de forma enfermiza espiar y hurgar en los secretos de los demás. El protagonista, Mark Lewis, lo hace a través del objetivo de su cámara, que siempre lleva escondida bajo el abrigo. Un día, graba a una prostituta mientras la mata y más tarde, ya en su casa, siente algo muy intenso al contemplar la proyección y ya no puede parar de asesinar mujeres. Al mismo tiempo entabla una relación amorosa con su vecina en un intento vano de alternar sus actos de psicópata con una vida normal. La escena donde la madre de su novia, que es ciega, está ante la película en la que asesina a su primera víctima se reproduce de forma similar en El dragón rojo (2002).
La cinta de Michael Powell logra acercarnos a la personalidad del asesino y con unos simples trazos nos describe su infancia atormentada, que es el origen de su trastorno.

 

8 El fotógrafo del panico o Peeping Tom

El fotógrafo del pánico se sumerje en la mente de un asesino.

Psicosis, 1960

Llenaríamos este artículo con películas de Hitchcock. En este caso hablamos de Psicosis. Un film de terror pero también un thriller psicológico y una profunda reflexión de la condición humana. A partir de una novela sin muchas pretensiones de Robert Bloch que se inspira en los crímenes de un asesino en serie de Wisconsin, Hitchcock realiza una obra maestra, una lección de cine, una magistral dirección de los personajes, manipulación de sentimientos, incluso se permite el lujo de asesinar a mitad de la película a la protagonista descolocando con ello al público, que cambia de pronto de punto de vista sin perder un ápice de tensión. La secuencia del asesinato en la ducha es una de las más famosas de la historia del cine, apenas dura 45 segundos pero está filmada desde 60 posiciones de cámara distintas y tarda en rodarse seis días. La música de Bernard Herrmann acompaña perfectamente esa atmósfera amenazante y opresiva. Anthony Perkins y Janet Leigh encarnan los papeles de sus vidas.

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A partir de Psicosis, ya nadie pudo ducharse a gusto.

No están (ni mucho menos) todas las películas que son, pero sí son las que están. Hacer una selección es una labor desagradecida, significa dejarse en el tintero ejemplos que algunos considerarán más importantes, o mejores o más representativos. Lo cierto es que, aunque en algunos momentos de la historia del cine el terror fue considerado un género menor, hay grandes obras maestras para pasar miedo.

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Carmen Fernández

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